La cantante calva: la "astracanada" no murió
En la época del estreno de «La cantante calva» (1950) se daban las obras de Jean Paul Sartre («Huis clos»), quien además de defender a Ionesco había concluido un ensayo con una frase tan temeraria como «El hombre es una pasión inútil»; Albert Camus hablaba largo y tendido sobre el absurdo, la consciencia inalterada de «una fractura entre el mundo y mi espíritu». «Para un espíritu absurdo», escribió, «la razón es vana y no hay nada más allá de la razón». Todo esto, «sin expectativas ni desesperación» como acuñaría más tarde la expresión, más feliz, de Heiner Müller, se había escrito en los «Ensayos» de Montaigne, que escribía mejor; la diferencia es que Montaigne, siempre preocupado porque no creamos que él se considera autor de nada, nos enfila a los escépticos y a los estoicos como sus meras fuentes. Ionesco, en aquel momento, pareció a los existencialistas y a un André Breton a la deriva un alma gemela, un semejante, por lo menos un aliado; llegó a considerársele, sin que él tuviera parte, un autor de «vanguardia».
Cuando Ionesco estrenó «Rinocerontes» en 1957, la pieza pareció, para los que así quisieron verla, un repudio al chauvinismo francés en la guerra de Argelia, y también sin quererlo, pasó a ser rebelde y contestatario.
Los nebulosos temas de la «incomunicación», que de niños habíamos conocido con el juego de los teléfonos y del «absurdo», fueron reciclados como novedad en revistas de la Rive Gauche, siempre necesitadas de novedades, exhumaciones, vanguardias y retaguardias, y esotéricas acusaciones de fascismo (que también le llegaron a Ionesco), todo ello para mayor gloria de la industria cultural francesa.
Ionesco, protegido por cierta natural reticencia, pasó de inquerido líder del teatro a ser comparado y apareado con Beckett, lo que es un disparate digno de una pieza del mismo Ionesco.
Todavía pudimos oír a las vanguardias perpetuas de esta Montevideo confesar su desilusión y rasgarse las vestiduras cuando Ionesco, en 1971, vistió el uniforme verde de los inmortales de la Académie Française en el lugar que dejó Jean Paulhan.
Los despropósitos del diálogo entre los Smith y los Martin, con su efecto cómico, muestran hoy su carácter mecánico.
La chocante contradicción entre el porte serio de los Smith y sus insensatas frases equivalen, en palabras, a los gags del cine mudo: un puntapié en el trasero de un hombre de frac, la torta de crema en la cara y las solapas; gags que hacen las delicias de los especialistas pero que también son artefactos mecánicos.
En el teatro español, tan afecto a la comicidad aparatosa, Muñoz Seca, más modesto, no nos parece indigno de Ionesco. Los diálogos de «La cantante calva» son también su caricatura y la obra parece, por momentos, parodiarse a sí misma, sobre todo hacia el final, omitido prudentemente en otras puestas en escena, donde el disparate corrido sugiere que todos los personajes se esfuerzan en alcanzar una misma meta de demencia.
La puesta en escena de Daniel Spinno Lara, cuidadosa y precisa como es, nos plantea algunas dudas. Claudia Rossi cumplió una marcación deliberadamente sobreactuada; tal vez se ha querido, sin que ello resulte del todo claro, contrastar su conducta, aparentemente anormal pero lógica, con la de sus patronos, tan aparentemente normales como irracionales y casi dementes en el fondo. El final, donde todos los personajes se lanzan a una especie de cantata sin sentido con «El papa se empapa», etcétera, está dado en un tono de exaltación que, por las acotaciones de Ionesco, creemos correcto, pero que nos trajo, irresistible, el recuerdo de las carreritas en círculo, hoy archivadas, que cerraban las piezas de Eduardo D’Angelo y Cacho de la Cruz.
Las interpretaciones no fueron homogéneas, aunque este efecto de desemejanza o desarmonía pudo también ser deliberado. Las actuaciones de Jorge Bolani como Mr. Smith y de Levón como Mr. Watson, sobre todo en la primera parte, daban la sensación misma que nos da la lectura de la pieza original; la última escena, en la que los Watson recomienzan la pieza con el mismo diálogo y la misma actitud que los Smith, tiene un tono distinto, más moderado, posiblemente mejor; pero, para nuestra percepción, menos Ionesco. Lucio Hernández, Estela Medina y Andrea Davidovics cumplieron a satisfacción sus partes. *
LA CANTANTE CALVA, de Eugène Ionesco, en traducción de Eduardo Schinca, por la Comedia Nacional. Con Estela Medina, Jorge Bolani, Andrea Davidovics, Levón, Claudia Rossi y Lucio Hernández. Escenografía de Claudio Goeckler, vestuario de Cristina Cruzado, iluminación de Juan Ferragut, música de Jorge Schellemberg y Daniel López, dirección de Daniel Spinno Lara. En el Teatro del Notariado.
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