ARTE

Todo lo sólido se disuelve en la luz

La última exposición de Pedro Blanes Viale en Montevideo transcurrió en un hotel céntrico en 1990. Cuarenta y cuatro cuadros seleccionados por Raquel Pereda en ocasión de la publicación de una extensa monografía sobre el artista. La más importante, aunque reducido el número de cuadros a 28, la organizó Angel Kalenberg en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Menos obras pero el montaje de los especialistas del museo y una iluminación especial, lograron el milagro de redescubrir al pintor en toda su dimensión, hasta ahora desconocida. Porque allí estaban las piezas capitales de producción: el expresionismo vangohiano de El molino de Cala Rayà, 1914 , de extraña coincidencia con el mismo talante del primer Piet Mondrian, el manetiano Retrato del pintor José Pedro Montero Bustamante, 1902, el lirismo impresionista de La primavera, 1915, las ondulaciones del Art Nouveau y alguna referencia a Munch, del soberbio Retrato de Ema de Castro de Figari, 1907, los admirables Recuerdo de la isla de Madeira y Las Manolas, 1914, que pudo competir, con enorme ventaja, con el cuadro similar Los mantones de Manila del argentino Fernando Fader en el mismo museo y pintado el mismo año, el enorme friso de La garganta del diablo (Cataratas del Iguazú). Pero además estaban la extraña geometría de Los techos de Bruselas y el misterioso encanto de La reja, c. 1912, esa extraña, magnética tela, con su espacio onírico y en parte, por la estructura ortogonal y rítmica, otra vez merodea a Mondrian, pero a su enrejado neoplasticista, en una casi coincidencia temporal, en la firmeza compositiva, en los contrastes netos de color, entre otras obras memorables como Las glicinas, 1923, que parecen desplomarse sobre edificación como Van Gogh en La Iglesia de Auvers- sur- Oise. Curiosos acercamientos entre estos artistas, a los que sin duda conoció Blanes Viale y que todavía no se ha hecho una investigación profunda sobre esas relaciones y vínculos.

De la misma manera, hubo un maestro de Blanes Viale, en la madrileña Academia de Bellas Artes de San Fernando, que ahora resurge, una vez conocida su obra en la gran retrospectiva de Madrid en 1995 y de su obra en los museos de Valencia, donde nació. Se llamó Antonio Muñoz Degraín (1840-1924), excelente pintor orientalista y anecdótico pero también con poderío cromático iluminista, el primer orientador de Picasso en Málaga. El Círculo de Bellas Artes de Madrid, en su cafetería, cuelga un enorme paisaje que da cuenta de su imaginación. Es otra línea a investigar, esos vínculos sutiles que han pasado inadvertidos entre los investigadores más atentos a la teorización que a la observación atenta de obras y autores que coincidieron en el tiempo.

Intérprete de una sociedad burguesa y optimista en un país con un proyecto nacional liberal que preanunciaba la sociedad de consumo y el cambio de costumbres en la emergente clase media, como fueron los felices años veinte, el errante viajero, el cosmopolita elegante Blanes Viale, el admirador de Whistler, Vermeer, Van Gogh, Manet, Monet, Renoir, supo encontrar en su más largo período de residencia en Uruguay, casi diez años continuos, como docente en la Escuela de Artes y Oficios y en el Círculo de Bellas Artes esa rara unidad creadora, surcada de afirmativa energía, sensualidad y erotismo que supo contener en una cautelosa posición racional, por momentos quebrada en hilos de secreto dramatismo interior, apaciguando la fiesta visual con una paleta sombría de alucinantes azules verdosos.

En el Museo Zorrilla renace el esplendor cromático de Blanes Viale. No como debiera. Aunque hay telas de primer orden provenientes de colecciones particulares que rara vez acceden al conocimiento público ( La reja, bien observada por Raquel Pontet, el perfecto acabado de Cerro de Arequita, El Parc Monceau, muy a la manera de Renoir, el planista Paisaje de Mallorca, diáfano, construido con rigor), el montaje convencional no logra potenciar, ausente un firme guión curatorial, la grandeza y grandiosidad del paisajista Blanes Viale. Lo cual no impide, por cierto, disfrutar la hermosura de una producción que debería difundirse con mayor asiduidad, pues este antecedente indudable de Figari (entre otros), es un celebrante de la vida, de la naturaleza en todo su vigor táctil y acariciable, en esas pinceladas trabajadas con precisión que dejan transparecer la luz que disuelve la opulenta materialidad del cuadro, siempre cercano y disfrutable en su restallante colorido desmintiendo, como el enorme Carlos A. Castellanos, otro pionero del color y del exuberante paisaje sudamericano, la supuesta grisura dominante del país y de la por un tiempo dominante escuela pictórica torresgarciana. La muestra de Blanes Viale en el Museo Zorrilla es una cita inevitable que no hay que dejar de ver, ver y mirar, mirar, con la misma contagiante seducción de uno de los mayores coloristas del arte. *

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