Nuevo disco de los Irlandeses U2

El regreso a las fuentes

Parece que Bono y los suyos decidieron dejar al costado o, al menos momentáneamente, los trazos experimentales de sus dos últimos trabajos discográficos, tales como Zooropa y Pop. Esa modernidad exasperada que habían decidido tal vez un nuevo rumbo estético en el proyecto de los U2 con un uso de alta tecnología y megaespectáculos como respuesta masiva y final, posee ahora el All That Can’t leave Behind (Todo lo que no puede dejarse atrás) una serenidad y una madurez compositiva realmente gratificantes y una recuperación notable de las señales estilísticas más profundas de la banda y que, ciertamente, ya se sugiere desde su título.

Hay una sensación inmediata, desde el propio arranque del compacto con «Beautiful Day» (cuyo video-clip se viene difundiendo full-time) hasta el cierre con la excepcional y subida de emotividad «Grace», que los irlandeses regresaron a esa línea de creación que los liga a lo que ha sido su memoria y también su mejor disco hasta la fecha: The Joshua Tree.

Básicamente los productores Daniel Lanois y Brian Eno, quienes han venido trabajando con fortuna con la banda, transparentaron el escenario ejecutivo para que las canciones fluyan desde la propia tradición de la cultura rock.

Suma de once materiales donde las inflexiones baladísticas y la métrica de rocanrol con un Bono no abusando de sus dotes expresivas sino potenciándolas al máximo, un guitarrista como The Edge (cocompositor y compositor de algunos de los tracks) siempre fascinante y sorprendente en sus coloraciones y en sus texturas o en la forma como viejo a través, por encima y por debajo de las voces del primero, son de alguna manera el agente movilizante de este disco que no oferta novedades pero sí una nobleza y una solvencia fuera de cuestionamientos.

El cuarteto opera musicalmente con esa fortaleza y esa personalidad que lo situaron entre los iconos fundamentales de la década del ochenta y del propio suceder del rock. Hay canciones de una precisión extraordinarias, tales como «Elevation» y acaso «New York» en donde Bono –cuando ataca vocalmente la primera estrofa– colorea de gravedad su decir, como para guiñar al maestro Lou Reed y luego lanzarse a esos topes expresivos que transcurren entre lo lírico y lo épico, mientras el contrapunto de cuerdas es lisa y llanamente delicioso. Correctísimo el tributo a Marvin Gaye. Uno podría preguntarse qué sería de U2 sin alguien de la creatividad de The Edge. Marcó el sonido de la época de los ochenta y, veinte años más tarde, su refinamiento y el control que posee sobre su instrumento es asombroso.

Es quien le otorga el sello, el brillo a toda la forma y contenido que viene a ser esta apuesta sonora de los U2: el guitarrista literalmente hechiza con sus intervenciones en canciones como «Kite» o «Wild Honey», por citar dos ejemplos, y coloca apuntes con un virtuosismo impar en el resto.

El nuevo disco de los U2 es una sana, auténtica respuesta a la hegemonía de la estética hip-hip.

Bono ha declarado en los mejores términos que hay que dar la batalla, pero no será precisamente este puñado de canciones que cambien la posición en la preferencia de las actuales audiencias.

Pero el disco marca un regreso más que loable. Hay que escuchar una canción como «Walk On», para comprender las virtudes de Bono, compositor y cantante. Merece escucharse.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje