Gran retrospectiva de Robert Gober
La exposición se inauguró en mayo y continúa hasta el 14 de octubre y es la más completa del artista desde la última en 1990 /91, conocida en el Jeu de Paume y el Museo Reina Sofía. Gober nació en Wallingdorf, Connecticut, en el año optimista de 1954. Uno de los efectos más perniciosos de esa edad de oro, afirmó Thomas Pynchon, fue el de convencer a los que habían nacido en ese período que iba a durar para siempre. No por cierto le sucedió a Robert Gober. Formado en el seno de una familia estrictamente católica, su padre era un obrero entusiasta de los trabajos artesanales en la típica modalidad de «hágalo usted mismo» y su madre, enfermera. De niño fue ayudante frecuente en la misa y decidió ser pintor. Lo logró y en la actualidad es uno de los referentes insoslayables del arte actual, aunque poco conocido o popular. Su notoriedad empieza en los años ochenta en la galería Paula Cooper de Nueva York en su primera individual Se oponía a la saturación del regreso de la pintura neoexpresionista, neofigurativa, neoanalfabeta y neooportunista como anotó un crítico.
La muestra estaba compuesta por lavabos, piletas, sanitarios, urinales inmaculadamente blancos, el material que habitualmente venden las casas de artículos para la construcción. Eran objetos de falsa porcelana, de yeso y madera pintada, que remitían directamente al celebérrimo urinal masculino dado vuelta y convertido en Fuente de Marcel Duchamp. Esa blancura impoluta proyectaba el mundo puritano dominante en su vida. Porque todos esos objetos sanitarios, tan blancos, sirven para depositar las suciedades externas e internas del cuerpo y ese diseño abstracto, sin narrativa, acepta las transformaciones decisivas de todos los días.
El minimalismo del montaje está directamente vinculado a la represión familiar que desde la infancia soportó. No es por casualidad de una cama de niño con barrotes torcidos se transforma en metáfora de la ruptura del aislamiento como una prisión. Son cuarenta esculturas, cinco instalaciones y tres series de dibujos distribuido en dieciocho compartimentos fluidamente articulados. El clima es similar al de una película de suspenso a la espera de algo siniestro o perturbador. Es el desdoblamiento de una conciencia neurótica que se manifiesta en acto. El recorrido va descubriendo puertas entreabiertas de baños, cuerpos y piernas segmentados, cortados por una pared o un paisaje (curiosamente basada en un detalle de El jardín de las delicias de El Bosco) pero también aluden a las amputaciones del hospital en que trabajó su madre como enfermera, la represión sexual y política son , esos objetos, las cuentas de un rosario cargadas de afecto y de trauma, una escenografía autobiográfica como ese maniquí descabezado con traje de novia rodeado de paredes con dibujos de sexos masculinos y femeninos como ángeles que revolotean alrededor, en un ambiente, y en otro, hombres negros ahorcados de un árbol y hombres blancos durmiendo.
Obras inclasificables y sacudidoras, de un visionario que dramatiza los objetos cotidianos, irreductibles a los códigos normales de los medias y sus modelos, como escribió Catherine David.
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