LA REPUBLICA EN EL FESTIVAL DE TEATRO DE PORTO ALEGRE

El enigma de los contenidos ausentes

No podemos reconstruir una escena, que no las hay, ni conjeturar el propósito de la autora, que diversos indicios sugieren que existió. Teníamos la curiosidad de saber qué había hecho el director argentino Cristian Drut con ese material; pensábamos comparar, sacar conclusiones; pero esta versión no difiere de la montevideana y el enigma persiste.

Así como el físico y filósofo alemán Georg Christoph Lichtenberg (1742­1799) describió 64 maneras de apoyar la cabeza en la mano, los bailarines de «Kagemi» muestran un no menor número de maneras diferentes de mover los brazos, el torso, las manos y los dedos. Proceden con estudiada lentitud: en cada mínimo movimiento está todo el bailarín, los ojos como en trance, como si en todo el mundo no tuviera otra cosa que hacer. El resultado es solemne, se muere de importancia, sugiere interiores psíquicos; requiere, sin duda, un entrenamiento especial, pero no muy diferente al de cualquier buen bailarín occidental.

Los integrantes de la compañía Sankai Juku se desplazan bajo un hermoso conjunto de flores de loto, suspendido en el aire, que sugiere estabilidad, elevación, armonía. Con las cabezas rapadas, cuerpos y vestidos están cubiertos de talco; bajo la luz blanquísima adquieren el relieve, la textura y la grandiosidad del mármol. Los bailarines actúan sobre un fondo negro; en el extremo derecho del escenario y al fondo, el piso parece levantarse, como una hoja de papel que se despega y se curva. Al promediar la obra los oficiantes comienzan a actuar con la boca abierta, bocas que realzan con tinta roja y que recuerdan al célebre cuadro expresionista de Munch «El grito». El vestuario se ciñe al cuerpo, con variedad de diseños, en particular uno muy sugestivo con cintas móviles, siempre bajo el imperio del blanco.

La danza «butoh», género al que pertenece «Kagemi», nació en Japón, donde es poco conocida, después de la segunda guerra mundial; la música que se oye es muy occidental, incluso con algunos pasajes «tecno». Se puede admirar la destreza de movimientos de la compañía Sankai Juku; esta admiración nos duró quince minutos. Pasado ese lapso, las leves tramas que más que apreciar habría que adivinar, no colman las expectativas. El espectador aguarda algo distinto de la repetición, ad nauseam, de breves, elegantes y lentísimos movimientos, individuales o de conjunto; pero ese algo nunca llega. *

CRAVE, de Sarah Kane, dramaturgia y traducción de Jaime Arrambide, con Javier Acuña, Carolina Adamowsky, Gaby Ferrero y Javier Lorenzo. Ambientación digital de Andrés Colubri, Fabricio Costa Alisedo y Esteban Ulrich, vestuario de Mariela Berenbaum, banda sonora de Javier Cano, dirección de Cristian Drut. En teatro Carlos Carvalho, Casa de la Cultura Mário Quintana, Porto Alegre.

Kagemi (ballet, Japón) por la compañía Sankai Juku, coreografía y dirección de Ushiu Amagatsu, con Ushio Amagatsu, Seminaru, Sho Takeuchi, Akihito Ichihara, Taiyio Tochiaki, Ichiro Hasegawa y Dai Matsuoka (bailarines). Vestuario de Masayo Izuka, música de Takashi Kako y Yoichiro Yoshikawa. En teatro SESI, Porto Alegre.

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