Edipo Rey

El riesgo de la actualización

El coro usa máscaras, la «persona» necesaria para que la voz llegue rotunda a gran distancia, los movimientos de actores y coro son definidos y predeterminados, el ritmo de la dicción y de la acción es uniforme y tiende a aludir a las procesiones que antecedieron al teatro y al culto religioso de Dionisos del que hoy no quedan más vestigios que la misa.

Un elenco griego puesto a representar una tragedia clásica no puede dejar de referirse a cómo se la hacía en el mundo antiguo. Está en una peligrosa encrucijada –Scylla y Caribdis– entre una realización arqueológica, una nueva lección de anatomía, todo lo didáctica que se quiera pero confinada a un público académico y una puesta al día que puede ser para el noble texto de Sófocles tan dolorosa y deformante como el lecho de Procusto.

El Teatro Nacional de Grecia esboza una actualización con los maniquíes del coro vestidos con trajes contemporáneos, con una breve rampa donde se mueven los agonistas, con una adaptación del texto al griego actual y a un lenguaje modernizado y, finalmente, con un estilo de actuación en el que podemos fácilmente reconocernos.

Más si el coro de maniquíes es intrascendente, la rampa tiene muy pocas virtudes y defectos y el lenguaje actual en su relación con el clásico nos es inverificable, la modernización de la actuación, quizás ineludible, deja una sensación incongruente. Estamos acostumbrados a suponer, tal vez por una larga frecuentación del teatro, que los personajes nobles o reales deben moverse muy poco.

La autoridad es concentración, y al rey van las miradas y los gestos de los cuerpos; el rey está inmóvil, en el centro del mundo adonde todo fluye. El rey (o el tirano, según sabemos ahora) Edipo es, en esta versión, demasiado humano desde el comienzo.

Hubiera sido razonable que se humanizara al fin, cuando descubre que está muy lejos de ser un dios; pero hay aquí un contraste, perfectamente legítimo como efecto teatral, que se ha perdido.

Naturalmente, este detalle, para el que pueden caber muchas explicaciones, probablemente válidas, no empaña el brillo de la versión de Edipo Rey.

La gran tragedia, con su héroe, tan contemporáneo como para ser víctima de un exceso en la búsqueda de la información, que padece por un pecado de ‘hubris’ en su voluntad de saber más allá de lo prudente, con su texto pulido y sólido como el mármol, sus frases lapidarias, translúcidas, y misteriosas, está allí de pie, y los siglos, que no la han deteriorado, realzan su eterna grandeza.

Edipo Rey, de Sófocles, por el Teatro Nacional de Grecia, en versión al griego moderno de Vassilis Papavassiliou, con Grigoris Valtinos, Manos Stalakis, Kostas Galanakis, Tzeni Gaitanopoulou, Yannis Rozakis Iakovos Psarras, Themis Panou, Efstathios Nikolaidis, Emilia Vassilaki y Olga Liatizi. Vestuario de Yorgos Ziakas, música de Dimitri Kamarotos, iluminación de Antonis Pnayatopoulos, coreografía de Vasso Barboussi, escultura de Tina Parali, dirección de Vassilis Papavassiliou. En Sala Brunet, los días 3, 4 y 5 de noviembre a las 20 horas.

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