LA REPUBLICA EN EL FESTIVAL DE TEATRO DE BUENOS AIRES

Manifiesto por (o contra) el pasado

Como para entrar en calor, los siete intérpretes, por turno, narran breves cuentos, independientes los unos de los otros; no hay más vínculo entre ellos que el micrófono, que pasa de mano en mano. Son cuentos elementales: algunos podrían haber sido escritos por Landriscina o Fontanarrosa; otros recuerdan los cuentos de la Mala Strana, de Ian Neruda; retengamos que en los siete cuentos se trata de judíos, sus particulares usos, costumbres y religión. Sigue la primera historia del primer «dybbuk»: Janan, un hombre extraño e incómodo, muere pero logra entrar en el cuerpo de su novia y residir en él. Aparece aquí la ilusión del amor perpetuo, de la pareja inescindible. En el mejor estilo de «El exorcista», y entre repasos históricos y sociales, que incluyen una disertación sobre Jerusalem y un matrimonio por el rito judío, los allegados al muerto y a su novia convocan a una anciana que lanza severas exhortaciones al espíritu maligno: estas órdenes son rigurosamente ignoradas por el «dybbuk». Esta segunda parte nos abruma con datos sobre la vida y costumbres del pueblo judío, que no son de fácil acceso al espectador común, por momentos segregado y distante, falto de conocimientos en profundidad sobre libros, palabras, ritos y costumbres que se mencionan sin ninguna explicación.

Pero sobreviene la tercera parte. Aparece de sopetón el tema majestuoso del Holocausto y advienen nuevos personajes, pero lo más notable es un cambio radical de atmósfera, tono y escenario. Hay un nuevo «dybbuk», Abraham, un hermano menor del nuevo protagonista, donde vive o quiere vivir. El poseído acepta llevar a cuestas al «dybbuk», no sin cierta indiferencia.

El hermano mayor es un judío del Bronx, que no practica la religión; sigue los consejos de un comunista alemán y se vincula al budismo. Recorre el mundo y en las palabras de un monje parapléjico encontrará la solución a sus dudas, conflictos y perplejidades; se oye una crítica a los aspectos más negativos del Dios de Israel, que el protagonista, aunque sigue llevando al «dybbuk» parece aceptar.

\Al fin, el judío heterodoxo del Bronx corre sobre una cinta en el gimnasio de la Asociación Cristiana de Jóvenes. El protagonista se aproxima a Woody Allen; el tono es tan humorístico, distendido y occidental como fue grave y solemne el del primer «dybbuk».

Dice el director Warlikowski que el dybbuk es, hoy, «…la encarnación de la memoria de la que no nos queremos librar…la memoria que tiene el poder de salvarnos». Y en efecto, la obra parece un ensayo en acción sobre el sentido del pasado, la lucha entre la tradición y la innovación, entre la estabilidad que se sueña y el cambio al que no nos resignamos. Esto es sólo una parte del problema, porque, como escribió Borges, nosotros somos los antiguos, no los contemporáneos de Homero.

De esa dificultad de asimilar un legado cada vez más difícil de cumplir vienen las ilusiones de nacer de nuevo, de empezar de cero, de no temerle a Virginia Woolf ni a Jean Paul Sartre. Pero todo esto es mucho más razonamiento que arte; y «The Dybbuk», pese a sus subrayados contactos con una tradición, es mucho más un ensayo, bastante superficial, o una conferencia ilustrada, que teatro. *

THE DYBBUK, por la compañía TR Warszawa (Polonia), basado en obras de Simón Anski y Hanna Krall, adaptación de Krzysztof Warlikowski, con Magdalena Cielecka, Ewa Dalkowska, Renate Jett, María Maj, Andrzej Chyra, Redbad Klijnstra, Zygmunt Malanowicz, Jacek Poniedzialek, Jerzy Senador, Maciej Tomaszewski y Tomasz Tyndyk. Escenografía de Malgorzata Szczeniak, luces de Felice Ross, música de Pawel Mykietyn, dirección de Krzysztof Warlikowski. En teatro Presidente Alvear, Buenos Aires.

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