El profeta imperfecto
En «El profeta imperfecto», una de las diez títulos finalistas del Premio Planeta Casamérica 2007, el periodista y narrador Fernando Butazzoni construye una novela que mixtura la sátira con la reflexión, en torno a algunos de los temores y dilemas más inquietantes de nuestro tiempo.
El escritor, que nació en 1953 en Montevideo, es sin dudas, una de las plumas más relevantes de la narrativa uruguaya contemporánea.
Exiliado durante los oscuros años del autoritarismo liberticida que persiguió, reprimió y expulsó a miles de compatriotas, trabajó como corresponsal de guerra en América Central y Oriente.
Sus reportajes han sido publicados en prestigiosos medios internacionales, como «Uno más uno» (México), «Barricada» (Nicaragua), «Tricontinental» (La Habana) y «Perspectiva mundial» (Estados Unidos).
Su primer libro, «Los días de nuestra sangre», obtuvo el Premio Casa de las Américas, en 1979. Por su parte, «La noche abierta», la novela inaugural de su producción narrativa, fue galardonada, en 1981, en el Certamen Latinoamericano de la Editorial Universitaria Centro- americana de Costa Rica.
El trabajo literario de Butazzoni, de sesgo claramente testimonial, tuvo un hito fundamental con la edición de «El tigre y la niebla» (1986), que relata la historia ficcionada de una sobreviviente del campo de exterminio La Perla, en Córdoba, Argentina, durante la terrible dictadura que asoló al vecino país.
Asimismo, publicó «La danza de los perdidos», «El príncipe de la muerte», «La noche que Gardel lloró en mi alcoba», «Mendoza miente», «Libro de brujas», el ensayo «Alabanza de los reinos imaginarios» y el reportaje «Seregni y Rosencof, mano a mano».
«El profeta imperfecto» es una original fábula alegórica, que narra las peripecias de un excéntrico cajero de un banco extranjero radicado en nuestro país, quien padece un extraño delirio de grandeza que le permite una inverosímil comunicación con Dios, a través de la gigantesca pantalla plana de un televisor ubicado en el escaparate de un concurrido comercio.
La divinidad, a quien sólo él logra ver como si fuera una suerte de Jesucristo redivivo o el mismísimo Moisés, le encomienda seleccionar una hembra de su misma especie y construir un arca como la del mítico Noé.
El presunto supremo creador le advierte que se avecina un nuevo diluvio universal y que ha sido elegido para salvar a los justos y mansos que heredarán la Tierra.
Imprimiendo a su novela este inusual rumbo argumental, Butazzoni construye un relato que mixtura la sátira con el retrato costumbrista de una sociedad contemporánea alienada.
En esta disfrutable farsa de dimensiones épicas, el protagonista -que se llama Nicolás Otón Estrella (NOE) -es un cajero sorprendentemente eficiente en su trabajo, capaz de contar dinero más rápidamente que una máquina.
Sin embargo, detrás de esa envidiable imagen funcional que le permite gozar de un sólido prestigio y del reconocimiento de sus superiores jerárquicos, se oculta un ser humano solitario y escéptico, que le rinde una suerte de pleitesía al silencio.
En sus ratos de ocio, este ignoto personaje -que es divorciado y no tiene a nadie en el mundo a miles de kilómetros de distancia- consume considerables volúmenes de vodka, se pasa muchas horas frente al receptor de televisión y lee con una avidez compulsiva.
Esa obsesión cuasi enfermiza por acumular información lo transforma en una suerte de biblioteca humana, capaz de memorizar abundantes acontecimientos históricos, cifras, fechas, nombres de países y de animales y todo aquello susceptible de ser aprendido.
Su contacto con la sociedad es un mal necesario que limita a la mínima expresión, al punto que casi no sale a la calle, excepto para concurrir al banco y cumplir, cotidianamente, con la rutina de contar dinero, pagar retiros o recibir depósitos.
Manipulando sabiamente algunas de las patologías individuales y colectivas más recurrentes de nuestro tiempo histórico, el autor elabora una narración de tono deliberadamente paródico, que reflexiona en torno a las más inquietantes incertidumbres contemporáneas.
No en vano el protagonista de esta historia es un ateo devenido en fanático religioso, que en un momento de mesianismo irracional- se autoproclama como elegido para salvar a la humanidad de un trágico e inexorable destino.
Este personaje es obviamente un émulo de los apócrifos predicadores que pululan como una plaga bíblica en nuestra laica sociedad, cuyo discurso se ha apropiado incluso de espacios radiales y televisivos.
Su obsesión por la lectura, los crucigramas y la antojadiza interpretación de las sagradas escrituras que extrapola con los acontecimientos contemporáneos, alimenta recurrentemente su presunto proyecto redentor.
Cada actitud de este mítico Nicolás Otón Estrella es un síntoma de demencia galopante, que lo transforma en un desocupado, en una suerte de paria social y hasta en un caso clínico de personalidad disociada que haría las delicias del mismísimo Freud.
El colofón de estos exacerbados delirios es la imposible pretensión de construir un arca igual a la del legendario Noé, en la azotea de un abandonado edificio en construcción.
Contrariamente a lo que se podría suponer, el material seleccionado para fabricar la embarcación que debería padecer los embates del segundo diluvio, es plástico.
Esta referencia se mofa, naturalmente, de la insólita tendencia contemporánea por construir objetos de uso cotidiano empleando dicho material desechable, lo cual, como es evidente, ha originado un acuciante problema ambiental para las sociedades fuertemente consumistas.
El escritor enriquece la anécdota con otras alusiones, que se han transformado en razonables motivos de inquietud en torno al cada vez más incierto destino de la humanidad.
Es el caso del notorio cambio climático o calentamiento global, que, más allá de eventuales sensaciones térmicas, furiosos huracanes, ciclones, sequías e inundaciones, genera permanentes controversias internacionales entre meteorólogos.
Otro tanto sucede con el circo mediática sensacionalista que suele montarse en torno a acontecimientos insólitos de alto consumo comercial, que habitualmente desvían el interés del público de los temas realmente sustanciales que atañen a nuestra cotidianidad.
El narrador explora el ángulo más surrealista del tema, que asocia obviamente a la enajenación fatalista del protagonista y a su pronóstico de inminente Apocalipsis acuático.
Fernando Butazzoni ensaya otras miradas tan o más agudas en torno a las conductas humanas, a través de personajes bastante arquetípicos: el inmoral abogado, la poco confiable operadora inmobiliaria, los oscuros banqueros acostumbrados a comprar silencios y ocultar prácticas dolosas, el inefable alguacil y los cantinflescos policías que pretenden desalojar al profeta de su desolada azotea.
La pluma del narrador se ensaña con todas las criaturas literarias, incluyendo a esa joven de origen japonés que deviene en pareja del predicador, un ser enigmático que suele aparecer y desaparecer, y que aporta el toque de erotismo que requiere la narración.
En el marco de ese discurrir deliberadamente irónico que el autor le imprime a su obra, sobresalen algunos jugosos dialogados que asumen una estatura realmente antológica, como la tensa conversación entre el profeta y el alguacil y la entrevista con el psiquiatra.
Ambas situaciones marcan dos momentos cumbre de esta brillante parodia, transformándose, a la sazón, en disfrutables viñetas que retratan a una sociedad cada vez más divorciada de la razón y la cordura.
Mediante una prosa de trazo elocuente y su particular sensibilidad y poder descriptivo para retratar ambientes y situaciones a menudo desopilantes, Fernando Butazzoni elabora un relato cargado de humor de tono deliberadamente sardónico.
De algún modo, Nicolás Otón Estrella, que es un psicótico enfermo de so
ledad y desencanto, representa la suma de todas las patologías de un mundo cada vez más desenfrenado, errático y paranoico.
Más allá de esa pátina radicalmente desenfadada, «El profeta imperfecto» es una suerte de alegoría que critica ácidamente a una sociedad con instintos autodestructivos.
Fernando Butazzoni trabaja la trama novelesca con su reconocido oficio y esmero narrativo, construyendo una historia de sesgo tragicómico y surrealista, que interpela a la realidad en torno a lo miedos, las incertidumbres y las más desaforadas locuras. *
(Editorial Planeta)
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