La ropa sucia a la tintorería
Pensamientos de ozono; y había un aire a Nietzsche, allá en las alturas de Sils Maria, dejando escapar entre los dientes un silbido helado.
«Quitamanchas» aspira a una inmersión en la piscina probática, un nuevo bautismo, un contrabautismo secular. A veces claramente, a veces no, Echeverry repudia algunas herencias. Es posible que haya aventado la religión; pero es más claro su afán de libertad de la manía psicoanalítica, otra religión. Menos psicología; más canto y baile. Hay bastante baile, y no siempre nos enteramos de su relación con la trama; pero, precisamente se trata de bailar, y así Dionisos regresa, impensadamente, al teatro.
Podemos agregar que hay en «Quitamanchas» suficiente diversión para el espectador. Echeverry demuestra saber que el teatro es, primero que nada, diversión. Si un actor en escena no logra lo que el vendedor de gilettes («¡Diez filos perfectos!») o lo que el hombre de la víbora conseguían en la feria, ya puede bajarse del escenario.
Tanta desenvoltura tiene su precio, y Echeverry no se ha ocupado mucho de atar cabos, refinar una trama, organizar personajes, armar con esmero escenas. Tampoco se ha ocupado, a Dios gracias, del manifiesto joven. Actúa gente joven, y con buenos conocimientos del oficio; no nos parece casual la presencia de Cristina Velásquez, la coautora de «Oximoron», donde aparecían algunos temas semejantes a los de Echeverry. La autora se ha ocupado de poco; a veces parecería que escribió con la punta de los dedos; pero, como sin quererlo, esos dedos han dado con gracia en más de una tecla. *
QUITAMANCHAS, de Sofía Echeverry, con Natalia Chiarelli, Rodrigo Garmendia, Cristina Velázquez, Leonor Chavarría y Jujola Bossio. Escenografía de Juma Fodde, luces de Lil Cetraro, vestuario de Cecilia Prigue, selección musical y dirección de Sofía Echeverry. En teatro del Museo Torres García, Peatonal Sarandí.
Compartí tu opinión con toda la comunidad