ARTE

La lección de un maestro

La sorpresa es doble: para quienes frecuentaron durante decenios su obra y para las generaciones jóvenes que hasta ahora lo ignoraron. Es una antológica de excepcional calidad, elegida y presentada cuidadosamente por Pilar González, con trabajos provenientes de museos municipales, nacionales y de colecciones particulares. Una visión retroperspectiva que arranca de 1930 y se extiende hasta fines de los ochenta: pinturas, dibujos, esculturas, tapices, documentación variada de algunos elementos que lo singularizaron, como la pipa y el sombrero gris, que muchas fotografías registraron. Esa elegancia en el vestir se extendió con naturalidad a toda su producción. Que fue algo más que elegancia y refinamiento formal. Pues el legado de Oscar García Reino es el legado de un maestro del arte moderno uruguayo cuando las vanguardias, siempre atemperadas de acuerdo a la idiosincrasia criolla, hicieron su eclosión al promediar la mitad del siglo XX.

Su vocación primera fue la de escultor, algo que pocos sospechan o saben. Al igual que José Cuneo. Porque si bien estudió con los escultores Severino Pose (dejó un retrato del pintor) y Cecilia Markovich y realizó algunos bustos bien resueltos pero convencionales que son exhibidos en la muestra del MAC, entendió, desde su juventud, que estaba mejor dotado para la pintura. Esa condición no deja ninguna duda en las pinturas de su primera madurez: la influencia de Guillermo Laborde, su profesor en la Escuela Nacional de Bellas Artes, es muy notoria en El fútbol, óleo sobre madera fechado en 1949, en el que el vibrante cromatismo acusa esa relación pero al mismo tiempo lo alejan del planismo labordiano por la multiplicación y fragmentación dinámica de las figuras en pequeños planos de procedencia cubista y la firmeza del tratamiento matérico, con pinceladas orientadas en diversos sentidos. Un capolavoro de inventiva, de irradiante entusiasmo pictórico Algo más cercano a Laborde se advierte en la enérgica Naturaleza muerta, óleo de 1940, casi diez años antes. Empero, no será la intensidad cromática que lo caracterizará, salvo en algún caso aislado posterior como Abstracto, 1966, un esmalte sobre madera que trasmite una rara y espléndida alegría de vivir.

La línea personal e identificable, aún en sus variaciones temáticas (retratos, naturalezas muertas, desnudos, barcas) es la de grises y azules dominantes que van conformando planos seudogeométricos, abiertos y movedizos (a veces en coincidencia con los de su amigo Vicente Martín, como Picasso y Braque en el período del cubismo analítico) de una intensidad expresiva de poderoso voltaje, hasta alcanzar en Abstracto tenebrista, 1962, en el período áureo del informalismo nacional, su obra mayor, de compleja estructura interna, al igual que Abstracto en gris, 1964. En ambas obras la materia arenada se encrespa y adquiere resonancias orgánicas, mientras la superficie aparece surcada de rayas hechas posiblemente con el cabo del pincel mientras tenues grafismos negros se disparan en todas direcciones en una apasionante aventura del acto de pintar. Pocas veces la pintura uruguaya alcanzó la profundidad emotiva de estos cuadros, escasamente conocidos, opacados por sus colegas contemporáneos de mayor visibilidad mediática. Esas dos obras habría que compararlas con las de la misma época de Hilda López, Sposito, Ventayol, Espínola Gómez, Alamán, los representantes tradicionales del informalismo y acaso, por la fuerza interior de la composición, la poderosa autenticidad que comunican, se conviertan en el paradigma emblemático de ese período.

Esa densidad lírica, si no se prolonga en las obras posteriores, más cercanas a la construcción de talante expresionista y más atentas a la figuración, mantienen la nobleza de un maestro como se advierte en los retratos y barcas de 1974, Perfil de mujer, 1972, encantador retrato de alusiones renacentistas, el cuadro notable La Familia, 1977, única pieza de tres personajes en un pintor que siempre prefirió la figura única y aislada. Por esos cuadros circula, en otro período feliz del artista, en delicada impregnación, las conmociones sociales de la época. No son los únicos cuadros a tener en cuenta. Los tapices juveniles en la Manufactura de los Gobelinos, pequeños pero explosivos en el color, herencia de Laborde pero también de Robert Delaunay, como sucede en los collages sobre cajas o el biombo de tres hojas, tres músicos que mentan en clave personal, la temática similar de Picasso. Quedan aún, para regocijo del receptor, los dibujos acuarelados, de trazo limpio, resueltos en arabescos para afirmar el dominio magistral del lenguaje visual. Una exposición para ver y ver en su inagotable dádiva del placer de pintar. *

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