Trágico sino de un espía y sus espiados
La película ‘La vida de los otros’ (Das leben der anderen, Alemania, 2006), ganadora del Oscar a Mejor filme extranjero en la última ceremonia de la Academia de Hollywood, acaba de ampliar sus salas de exhibición por la respuesta de público, y ofrece una promoción que la vuelve más accesible. Es una buena noticia dado que está en cartel en Uruguay desde hace diecisiete semanas proyectándose en tres salas, y a partir de este viernes se podrá ver en total en cinco salas del circuito. Los distribuidores decidieron establecer durante dos semanas un precio especial de $ 60 para todas las funciones, en cualquier día y cualquier horario, dentro del circuito del complejo MovieCenter (Montevideo Shopping, Punta Carretas Shopping y Portones) y el cine Plaza. Además, ‘La vida de los otros’ se exhibe también (aunque allí no entra la promo) en el cine Casablanca.
El film arrasó con más de cuarenta y dos premios y nominaciones, incluidos galardones de los European Film Awards, y se convirtió en el más distinguido en la historia del cine alemán. El director Florian Henckel-Donnersmarck, graduado en filosofía en la Universidad de Oxford, es un debutante y muy joven talento nacido hace treinta y tres años en Cologne. Tenía 16 años cuando cayó a picos y martillazos el muro de Berlín y con él, el régimen socialista alemán.
Durante su vida de estudiante de cine en la Hochschule fuer Fernsehen und Film de Munich rompió todos los récords de premios ganados por cortometrajes en festivales. Para su tesis de egreso, como muchos estudiantes cabe recordar el caso idéntico de los uruguayos Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, decidió hacer un largometraje. Trabajó cinco años en este proyecto. El resultado, con el que se graduó en 2001, fue un filme que ganaría nada menos que el Oscar: ‘La vida de los otros’.
Henckel-Donnersmarck eligió contar una historia situada en los años ’80, en los últimos tiempos del comunismo alemán. Una historia con aristas morales, emotivas y políticas, al fin, correspondientes a su formación intelectual, a su vida personal y a su sensibilidad de cineasta.
El Captain Wiesler (magistralmente interpretado por Ulrich Muhe) es un experto en pinchar teléfonos que trabaja bajo las órdenes de la Stasi, policía secreta de la República Democrática Alemana. Su última misión es investigar a un dramaturgo llamado Georg Dreyman (Sebastian Koch), de quien se sospecha insurgencia intelectual conspirativa en contra del régimen. El dramaturgo está en pareja con Christa-Maria Sieland (Martina Gedenk), una actriz que también es investigada por el régimen.
El espía comienza a fascinarse por la vida de la pareja y al mismo tiempo a cuestionarse su propia intromisión en esa intimidad. Los artistas reaccionan distinto, al ver en riesgo sus carreras, sus vocaciones, familias y subsistencia. Hay aquí un viejo tema: el colaboracionismo. Lo acertado del enfoque es que no entran falsas dicotomías, sino una conmovedora escala de grises que permiten acercarse a una tragedia desde la cotidianidad de sus protagonistas: espías y espiados. Reflexionar sobre la monstruosidad de los regímenes que aplastan esas pequeñas y dignas «historias mínimas», y generan víctimas también en sus victimarios sometidos al poder.
Con fotografía magistral, música y arte al servicio de una honda reflexión sobre un episodio reciente que afectó al mundo del siglo XX y continúa provocando consecuencias en las vidas de millones, este film se para sobrio y demoledor como solo las grandes obras maestras pueden hacerlo.
Hay quien ha comparado a ‘La vida de los otros’ con ‘La conversación’ de Francis Ford Coppola. Sin duda se trata ya de un clásico del género del espionaje, pero desde una perspectiva humana alejada del encumbramiento como héroes de estos profesionales del voyeurismo bajo la excusa de regímenes totalitarios vista en films típicos de la Guerra Fría, por ejemplo.
Parece que se barajan planes de remake a cargo de productores y cineastas estadounidenses, bajo el razonamiento de que volver a filmar un filme exitoso, pero en inglés, sería una pegada segura. Ojalá que no. Por la reciente y vigente calidad del opus de Henckel-Donnersmarck, por su genuina identificación como realizador joven y alemán que vivió de cerca el lastre de los acontecimientos que narra, y por la solvencia y altura con que los contó en este filme impecable, mayor, que no necesita clones por el momento. *
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