Leonilda y Rimer, frente por frente
Leonilda González, uno de los tres distinguidos en la XII edición del Premio Pedro Figari 2006, fue una activista cultural de amplia repercusión en la sociedad montevideana. Su empuje y tenacidad confluyeron a la creación de Club de Grabado, institución que supo gestionar y animar con firme convicción a partir de 1953 y hasta 1976, cuando la dictadura militar la obligó a un largo exilio. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes al lado del grabador Adolfo Pastor, el dibujante Ricardo Aguerre y el pintor Miguel A. Pareja, como referentes fundamentales. Joven aún, viajó a Europa durante un año y tomó contacto con André Lhote y Fernand Léger pero fueron los museos y el románico catalán que la atraparon. Al regresar, con conocimientos de experiencias brasileñas, fundó con otros colegas Club de Grabado y logró, con apoyo del maestro Luis Mazzey, recuperar las tradicionales técnicas del arte de grabar, la xilografía. Esa elección no fue arbitraria ni caprichosa. Tenía una intención social, conducir la expresión artística a la mayor participación popular posible. Del Club de Grabado, que llegó a tener 10 mil socios, surgieron obras multiplicadas de calidad inventiva y técnica precisa: afiches y los inolvidables almanaques estructurados colectivamente, comentarios a la realidad nacional en creciente deterioro social y político. Esos almanaques, vendidos en las ferias de Nancy Bacelo, eran también un instrumento de concientización de la comunidad, acompañando al canto popular, las huelgas de los gremios y las protestas obreras. Un país conmovido por los desórdenes callejeros, la violencia de los poderosos y el cercenamiento de la democracia.
En 1967 hizo su serie xilográfica memorable, Las novias revolucionarias, íntimamente ligada a sucesos inmediatos, animadas de bronca y rabia, de ironía y sarcasmo, en dramática oposición de blancos y negros, de sintética elaboración formal, casi esquemática para comunicar la provocativa escena, pero también la riqueza de los grises que atenúan la violencia. Es una lástima que en la exposición no está la serie completa y ni siquiera el catálogo la registra. Si Las novias revolucionarias estuvieran completas, colocadas una al lado de la otra (no alternando con las pinturas) el conjunto de los trabajos, presentados con cuidado en sus diferentes aspectos, hubiera adquirido una dimensión más intensa, golpearía la sensibilidad del espectador y actualizaría un momento histórico del país. Sin duda que la enorme responsabilidad de mantener la actividad en Club de Grabado le restó el tiempo necesario a Leonilda para la investigación más audaz que otros obtuvieron (Fossatti, Bresciano, Cardillo, Afamado), pero su contagioso dinamismo posibilitó la aparición de esos y otros talentos, logrando atraer un enorme público hacia la estimación del grabado y sus diferentes técnicas, algo que nunca se volvió a repetir. Posteriormente, por problemas de visión, incursionó en la técnica del pastel, amables variaciones acerca de ciertas costumbres de las clases medias y las más desfavorecidas de la sociedad montevideana.(Espacio Pedro Figari).
Bajar para subir
La Galería del Paseo estuvo durante varios años en la parte superior del edificio remodelado de la calle Juan Carlos Gómez. No era nada atractivo subir una incómoda escalera y toparse con un espacio vetusto de caserón. Por eso, Silvia Arrozés, su directora, resolvió cambiarlo. Reacondicionó la parte izquierda de la entrada al edificio de tal feliz manera que actualmente es la única galería particular de nivel internacional. Es pequeña, bien iluminada, con tres espacios diferenciados acogedores.
Eligió muy bien para la reinauguración. Caparazones, cajas y pájaros de Rimer Cardillo invade las instalaciones de la galería con elegancia de presentación y fuerza comunicativa. El proyecto, limitado a las dimensiones del local, se adivina más amplio, de largo aliento y tiene antecedentes en la prolija, constante investigación que Cardillo viene realizando desde hace años, recorriendo el país, Brasil y zonas aledañas del río Hudson.
Aunque la idea se remonta a la década del setenta, el antecedente más visible es Araucaria, instalación de Cardillo en el Museo Bronx de Nueva York, en 1998. Como el artista no se complace en los facilismos y la repetición, se produjeron modificaciones y, en especial, en el soporte, pasando de la cerámica al aluminio. Quizá la reducción al espacio disponible fue beneficioso. Ese viaje de identificación precisa a los restos arqueológicos del continente, la minuciosa observación y la exacta selección de elementos naturales (piedras fósiles) y ficcionales (aluminio fundido, bronce, serigrafía), libres o encajonados, habilidosamente articulados en concepción unitaria, convidan al rescate de una naturaleza y un pasado extinguidos, recuperados y presentificados por la inspiración creadora, basada en una ardua, compleja experiencia personal. El olor de la madera (cedro, caoba, castaño, palo de rosa), la sensualidad del bronce, la aspereza del aluminio, la elocuencia finísima de la trama serigráfica (recuerda al mejor Vasarely o Pavlovsky) y las variantes del color de cada materia, el descubrimiento de insectos y animales (ñandúes, patos, palomas, chingolos) aislados o en acumulaciones/ caparazones ( Cono de pájaros de 206 cm. de altura) conjugan una muestra oscilante entre el plano del grabado y el volumen escultórico de singular poder expresivo, que entrega todo su sentido en la observación demorada de las formas. *
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