Escrito por: NDM

En lugares diferentes y en exhibiciones unipersonales, varios artistas nacionales jóvenes y una grabadora paraguaya ofrecen aspectos poco transitados por sus colegas generacionales.
Utilizan lenguajes disímiles aunque permanecen dentro de los cánones tradicionales de la modernidad (pintura, dibujo, diseño, grabado o reciclaje objetual). El hilo conductor es la preocupación por el medio empleado, la experimentación prudente con los materiales elegidos, sin audacias epidérmicas ni explosivas innovaciones.
Víctor Soldini (Minas, 1966) estuvo poco tiempo en la Cátedra Alicia Goyena, de escasa difusión mediática. Conocido en salones nacionales recientes por su solvente dominio técnico del grafito, seleccionó un conjunto numeroso de trabajos de los últimos años. Fueron varias sus preferencias temáticas. El retrato de carácter naturalista, ya transitado en sus inicios por el maragato Nelson Romero, con el que tiene alguna afinidad aunque prefiere el claroscuro, la suave transición de grises para modelar los cuerpos. No siempre la línea tiene la suficiente flexibilidad para definir un escorzo, dominar la perspectiva o capturar la anatomía de una mano. En cambio, cuando se apoya en elementos mecánicos, sin someterse a los dictados de la representación humana, la composición corre con mayor libertad y logra cierta atmósfera espacial sugestiva. Lo más atendible se sitúa en formas abstractas o en el bestiario fantástico.
Marcelo Urtiaga (Montevideo, 1972) se atreve con grandes telas (1,50×2, 1,30×1,50 mts) para desplegar una suerte de narrativa pictórica que no quiere formular con claridad al construirla con planos extendidos con violencia gestual, sin límites precisos; la pincelada suelta se transmuta en signos escritos o navega perezosa, pero vital, por una caligrafía errante de referentes figurativos entrevistos. Sin duda tiene en cuenta al grafitero de Nueva York, Basquiat (de irregular trayectoria oscilante entre lo admirable y lo comercial) así como ciertos aspectos de los españoles Tapies y Broto. A veces la torpeza deliberada lo acerca a un expresionismo convincente aunque todavía la necesaria articulación interior de las formas no cuaja en plenitud. Hay un talento cierto todavía aferrado a un pasado pictórico pero una pequeña pieza que menta a Torres García sugiere una posible instancia nueva a investigar. (Discount Bank).
Marcial Patrone, formado en metalística con Ruben Zina Fernández y egresado del Ienba, revela una singularidad nada frecuente. Feliz autor de un también singular montaje en el corredor de la planta alta del Cabildo, transforma los viejos utensilios de metal esmaltado de cocina, encontrados en ferias barriales, ensamblados, aplastados y recortados, con salpicaduras del esmalte (predominio del blanco, el color clásico de la vajilla doméstica, aunque también lo fueron posteriormente el verde y el rojo), para (re) crear objetos de fresca inventiva.
Sin duda, por ahí circulan los nombres consagrados de Marcel Duchamp y Arman (a la entrada del edificio en planta baja) aunque consigue sortear esos antecedentes con una inventiva propia, más elaborada, que alcanza sus mejores momentos en las acumulaciones serradas ( Ni la sombra espera) o en las composiciones encajonadas. Hay un desplegable que parece homenajear a Wifredo Díaz Valdez y entibia el atractivo cuando intenta coquetear con la representación figurativa.
Diego Tocco es un diseñador gráfico respecto al cual, como la mayoría, es más familiar la obra que el nombre propio. Afiches para Cinemateca Uruguaya y Fundación Buquebús, carátulas de revistas, libros y discos, logotipos variados durante largos años, lo han identificado con un estilo minimalista cargado de intencionalidad que trasciende el simple hallazgo visual. La lectura es siempre clara e impositiva, atrapa la mirada del paseante o del lector por la síntesis formal y el íntimo acuerdo entre los caracteres tipográficos y las imágenes siempre al servicio de la función solicitada. La muestra en la Sala Carlos F. Sáez recoge aspectos decisivos de una trayectoria heredera de la honorable escuela gráfica uruguaya.
A Gloria Velilla (paraguaya de 1962) le tocó la más ingrata sala del Cabildo. Aun así, supo encarar la desventaja del enorme y dividido espacio con un montaje sencillo de sus minigrabados impresos sobre grandes soportes de papel gamuza naranja o cartulina blanca. El intencionado contraste impone el acercamiento del receptor para descubrir universos mínimos que aluden a otros mayores. En los linograbados la atomización de formas asemeja a lejanas galaxias enfocadas con telescopio, miríadas de estrellas o fugaces cometas, de netos contrastes de blancos intensos y profundos negros. Los xilograbados, el corte del taco de madera (que también se exhiben) afirman su condición terrenal y cercana, el golpe decisivo que penetra la madera y deja los contornos irregulares de una mano firme que sabe lo que quiere.
La muestra es el resultado de un proceso de investigación de la artista, egresada del Instituto Superior de Arte de Asunción del Paraguay y actualmente docente en ese mismo lugar de la cátedra de semiótica. Vino personalmente, sin vínculos con el escenario uruguayo, aunque tuvo oportunidad de establecer contactos directos que acaso sean provechosos para el intercambio entre dos países tan cercanos y lejanos a la vez, a pesar de integrar esa entelequia llamada Mercosur. *
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