La genial desmesura de Anselm Kiefer
No es casual la elección de esas famosas instituciones. Kiefer, nacido en 1945, alumno del carismático Joseph Beuys, está signado por el romanticismo germano y la grandiosidad operática wagneriana. Toda su obra, por las dimensiones físicas que trepan a 2,80 x 7,60 metros en los acrílicos y 17 metros de altura en las esculturas de cemento, y la amplitud de los referentes (literatura, mitología, religión, ocultismo, alquimia, historia del arte) orquestan una grandiosa sinfonía visual y táctil. Cada cuadro gigantesco se asemeja a un bajo relieve escultórico amasado de barro, paja, madera, alambre, ceniza, polvo, colores orgánicos, muchas veces expuestos a la intemperie, regados por la lluvia.
Mientras en el edificio de Frank Gehry Germano Celant efectúa una antología de Kiefer, en parte conocida en el Palacio de Velázquez de Madrid en 1998 y allí se vio Veinte años de soledad (1971-91), utilizando el plomo de la catedral de Colonia y en alusión al exilio del artista en Francia, donde está radicado desde 1992, debajo de la imponente cúpula de arquitectura art nouveau de la capital francesa, creó obras expresamente para el lugar, recientemente renovado.
Renuente al principio, aceptó la invitación al considerar que durante la noche el Grand Palais es similar a contemplar el firmamento y las estrellas a través de la cúpula vidriada. Por eso, el título de la exposición, La caída de las estrellas, si bien el título en alemán, Sternenfall, es más concreto en cuentos sobre caída de estrellas transformadas en oro o la caída de ángeles, el nacimiento y la muerte de las estrellas. Exposición dedicada a los poetas Paul Celan (1920-70) e Ingeborg Bachmann (1926-73), una de las mayores del siglo pasado. Al gigantismo de los cuadros se agrega el gigantismo del montaje. El visitante parece una hormiga en el interior del colosal recinto y debe inventarse un recorrido propio en una experiencia del propio cuerpo y del pensamiento entrando y saliendo de las siete Casas, construcciones de metal acanalado de 12 metros de altura que albergan los grandiosos cuadros.
Cada Casa es única. El país de la niebla, inspirado en un poema de Bachmann, mixtura la mitología egipcia, los rituales de sacrificio azteca y versos de la poeta (escritos en la pared) en una reflexión plástica sobre el destino de estas civilizaciones y la poesía de Inge. Se suceden El secreto de las fogatas, de un poema de Paul Celan, La vía láctea, cuadro que marca el tiempo circular que une el hombre al cosmos, poblado de semillas de girasol y anotando la cifra de cada estrella establecida por la NASA, Aperiatur Terra («Que la tierra se abra»), según el versículo bíblico del libro de Isaías, con el cuadro surcado de gruesas aperturas resecas y algunas flores renacientes, Viaje al fin de la noche, recuerda la novela de Louis Ferdinand Céline (1894-1961), La caída de las estrellas, biblioteca monumental de libros de plomo, Domingo de Ramos, referida a la entrada de Jesús a Jerusalén, con un impresionante tronco de palmera atravesado en el suelo.
La golpeante exposición, también por la intensidad del pensamiento, incluye tres torres de cemento, una alusión a la de Babel, en equilibrio inestable, otra derrumbada, como un interminable escombro y otra, también dedicada a Ingeborg Bachmann, saliendo de sus agujeros girasoles, la flor emblemática de Van Gogh, composiciones en negativo, cargadas de múltiples significados en su imponente grandeza de melancolía como del fin del mundo. El exceso y la brutalidad formal se imponen al receptor que por momentos se siente perturbado, aplastado por la violencia del impacto formal para después sucumbir ante el genio creador de esa titánica, salvaje hermosura. *
(Sexta de una serie de notas sobre un reciente viaje a Europa)
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