"ANIQUILADOS" DE SARAH KANE, EN EL PORTON DE SANCHEZ, BUENOS AIRES

Más allá de los mundos de Harold Pinter

Comienza la obra con una escena que recuerda a Pinter. Un hombre mayor (Patricio Contreras), que porta una pistola, teme ser asesinado y se le presume vinculado a los «servicios», está en un cuarto de hotel, no se sabe bien ni en qué ciudad ni cuándo, con su muy joven amante (Belén Blanco). Pronto sabremos que el hombre, del que no conocemos ni las señas, fue amante de la madre de la jovencita.

Se nos muestra una lucha por el poder, más que los escarceos sexuales, que hay también: los envites, las insinuaciones y las groserías que intercambian los protagonistas están en un registro diferente a la dulzura de vivir que, todavía, asociamos con los placeres de la carne.

No hay una sonrisa, salvo las irónicas, las que cortan como cuchillos. Es el sexo utilizado como arma, y la pistola del hombre, como el rifle del soldado superveniente, son todo un símbolo.

Más armas y más sexo irrumpen hacia la mitad de la obra, y la atmósfera ya no es Pinter. Ha entrado en escena la guerra, personificada en un soldado; su arma es muy superior a la pistola y sus propósitos, que también son de dominación, son mucho más amplios; la escenografía, con gran efecto, cambia, y ya no estamos en los límites de un cuarto de hotel, sino en el campo abierto y mucho más peligroso de una ciudad devastada por la guerra. El soldado quiere mucho más que matar. Es el agente del terror y su arma, más que el rifle es la humillación, la muerte en vida. Para ello emplea la violación y la mutilación, que evocan a «Titus Andronicus», a «La duquesa de Malfi» de Webster (que llevara a la escena contemporánea Bertolt Brecht) y a una escena del «Rey Lear»; el final, con el hombre derrotado con su mujer ­hija recuerda con fuerza a Lear y Cordelia. El protagonista, el pistolero del cuarto del hotel, ni siquiera puede suicidarse. Hay una clara política detrás de los gestos del soldado, que actúa y casi no habla, que no procede como un hombre sino como una máquina.

Es fácil ver en «Aniquilados» la proyección del microcosmos en el macrocosmos: cómo la violencia individual está en escala con la destrucción masiva, a la que da origen y sirve de soporte social. Si tenemos una guerra en nuestra intimidad, parece decir Kane, no deben extrañarnos las «limpiezas étnicas», los gobiernos autoritarios, los pueblos desplazados, el genocidio.

El hombre del comienzo concluye la obra destruido; pero acepta aquello, como si fuera una ley; y en los hechos cayó en su ley.

La conclusión es una visión de la especie humana afectada de una enfermedad terminal que ha de concluir con nuestra civilización. La inquietante frase de Nietzsche que ilumina el programa parece profética: «Así como la civilización romana volvió a la barbarie, así toda la civilización humana podría volver al embrutecimiento». Con esta visión casi desesperada del mundo actual, Sarah Kane se aproxima a Heiner Müller, que pese a su compromiso ideológico con el comunismo tiene mucho más de Nietzsche que de Marx. Como «Máquina Hamlet» «Aniquilados» puede ser vista como una elegía al ocaso de una civilización.

Es posible otra interpretación de la pieza, que no contradice lo anterior. Sarah Kane fue violada por su padre; y esa herida fue mortal, por más que ella luchara valerosamente por sobrevivir, trasmutando su desdichada experiencia en arte. Así, el hombre no sería tanto el amante de la joven, sino su padre; en el escenario se hace por fin justicia a aquel agravio pendiente de redención desde la infancia, y el padre sufre el mismo golpe, humillante y aniquilador, que la autora.

La puesta en escena de Leonor Manso se adecua con toda claridad y precisión a lo que Kane quiso decir. Son muy eficaces y a la vez muy controlados los golpes de efecto, las sorpresas; también apreciamos la coherencia de la ambientación, las luces y las sombras, hasta la disposición de los pocos muebles del cuarto de hotel.

Patricio Contreras ha interpretado al hombre con una variedad de expresiones, tanto vocales como gestuales, que causan admiración. Es siempre sobrio y controlado; pero cuando el libreto lo indica, sacude la escena. Belén Blanco cumple una muy señalada interpretación, con una gracia triste y como derrotada de antemano, y Fabio di Tomaso encarna con precisión al soldado, también anónimo, al hombre máquina.

Guardamos un recuerdo respetuoso y difícil de borrar de esta recia y conmovedora pieza. *

ANIQUILADOS, de Sarah Kane, en traducción de Patricia Zangaro, con Patricio Contreras, Belén Blanco y Fabio di Tomaso. Espacio y escenografía de Leonor Manso, iluminación de Eli Sirlin, vestuario de Mariana Paz, sonido de Gabriel Barredo, preparación y asesoramiento corporal de Roxana Grinstein, dirección de Leonor Manso. En El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034, Buenos Aires.

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