"EL UNICO ACONTECIMIENTO SIGNIFICATIVO ES LA MUERTE; TODO LO DEMAS ES DISCURSO"

El poder de la palabra

En una de las películas del ya fallecido Alec Guinnes, un adinerado joven inglés decide irse, en una expedición científica, a parajes desconocidos y distantes. En esta aventura, se extravía, desfallece y recobra el conocimiento rodeado por indígenas cuyo jefe es un hombre blanco.

Este promete al inglés ponerlo en contacto con los suyos, a condición de que le lea, todos los días, un cuento. El ritual se instaura y cumple religiosamente, para beneplácito de este curioso y ya anciano personaje, que disfruta tanto de la vida salvaje, como del encanto de la narración.

Al saber que hay extranjeros en la zona, preguntando por el extraviado científico, el viejo (Alec Guinnes), lo hace dormir, le roba el reloj y se entrevista con los buscadores para enseñarles esa prenda, como muestra de la desaparición del expedicionario. Mientras en Inglaterra se celebran sus simbólicas exequias, el joven comprende que ha quedado encerrado para siempre en manos de este ser enviciado de historias.

No he olvidado la anécdota de esta película, aunque sí los detalles de fechas, nombres de personajes y lugares, porque su tema es de cómo el ser humano puede ser llevado a situaciones límite, por el uso y abuso de la palabra. La literatura se ha servido de este motivo ­la fuerza transformadora del lenguaje­ para enfatizar su propia energía.

Alonso Quijano se convirtió en el alucinado Don Quijote, bajo el influjo de la ya decadente novela de caballería, por eso su sobrina hace quemar todos esos libros, a excepción del Amadís de Gaula, para la gloria de Cervantes.

Antes, en la Toscana medieval, Pablo y la mal casada Francesca de Rimini, se dejan arrastrar por un torbellino apasionado, leyendo los encuentros galantes de Lanzarote y Ginebrina. Torbellino envolvente que luego en la obertura de Chaikovski y en la imponente puerta del infierno de Rodin, los amantes girando unidos dentro de un cono de aire, como los describe en el infierno el genial florentino, queda fijado con otros lenguajes, para siempre.

En el siglo XIX, otra pareja inmortal, Carlota y Werther, llegan por fin a juntar sus bocas, suave y fugazmente, en un solo beso, a pesar de las resistencias y reticencias de la joven casada, porque se han inflamado con la lectura del falso Ossian, con la descripción romántica de ingentes pasiones en parajes nórdicos de mares enhiestos y cumbres borrascosas.

El ejemplo emblemático de la impronta de la palabra es cómo aquella mujer oriental, Scherezada, logra escapar a la muerte contando historias y seduciendo con ellas a su potencial verdugo.

La palabra puede arrullar o excitar, deleitar o alucinar, porque desata la imaginación y anima el ánima; porque construye universos posibles y codifica el entorno. Desde la infancia de la humanidad, además de servir para la comunicación elemental y cotidiana, la palabra explicó lo ignoto, intentó sortilegios, articuló conjuros, instauró modelos de conducta, contó historias.

Como dice Roland Barthes, el único acontecimiento significativo es la muerte; todo lo demás es discurso. De la adhesión ritual a la palabra, el ser humano no se despoja nunca, pues en el lenguaje yace el mundo.

Y aunque no llegue a esclavizar a su semejante, con tal de asegurarse la generación creativa de palabras, como lo hiciera el personaje de Alec Guinnes en la película, cual amante apasionado, no escapará jamás a sus formas de consumo.

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