"LOS PADRES TERRIBLES", DE JEAN COCTEAU, Y "FINALES FELICES", DE EDUARDO ROVNER, EN BUENOS AIRES

Dos formas distintas de querer ser terrible

Cocteau tiene a su favor, como Baudelaire y Flaubert, las prohibiciones (o los procesos judiciales); pero es hora de preguntarse hasta dónde era original e innovador; y no encontramos en «Los padres terribles» nada más terrible que los conocidos triángulos y adulterios que poblaron los escenarios del siglo XIX y comienzos del XX. Vemos aquí de todo: un amor semiincestuoso entre madre (Mirta Busnelli) e hijo (Nahuel Pérez Biscayart), dos o tres traiciones, algunos planes maléficos (a cargo de una parienta, ni padre ni madre); pero no nos impresiona ni nos inquieta. No incomoda la digestión: eso queda para Laclos, y por supuesto para Sade. Cocteau tiene ante sí a la familia tradicional burguesa, donde los problemas de dinero existen tan poco como para que el padre (Luis Machín) mantenga o auxilie a una amante y, a través de ella, a su joven hijo, quizás lo menos terrible de la familia; pero esa familia cojitranca sigue siendo un pilar de la sociedad. El autor ve muy poco lo evidente, el papel social que juega la familia, en particular la familia autoritaria. No duda de su necesidad ni de su eficacia; y la hermana solterona, Leónie (Norma Frenkel) no parece afectarlo, ni le significa nada especial; Cocteau no tiene la clarividencia de Williams en la contemporánea «El zoo de cristal», como para ver a la tia Léonie en una perspectiva histórica: es sólo una arpía, de bajo voltaje. Ni siquiera hay en «Los padres terribles» algo que se parezca a la visión de la familia patriarcal de «Las tres hermanas» de Chejov o de su ilustre tía, Eugénie Grandet. Hemos visto en escena algunas miserias, pero ninguna maldad. Aquello funciona mal; no sabemos bien por qué; la muerte que cierra la obra no es trágica, no tiene grandeza. Más parece un impromptu que una fatalidad, un capricho más que la voz del destino, un azar desdichado que pudo ser sustituido por uno feliz.

Algo de esto ha visto la directora, Alejandra Ciurlanti. Nada tuvo que agregar al texto de «Casa de muñecas» de Ibsen, una de sus puestas en escena anteriores: aquí parece dudar si se toma en serio a Cocteau y su melodrama, al que creemos encuentra más desagradable que conmovedor. Se despega de Cocteau mediante un estilo de actuación que es el natural y llano con el agregado fortuito de algunas sorpresas aleatorias en gestos y dicción, que funcionan como señales de que aquello no va del todo en serio. Toma distancia; y nos distancia de la escena. Pero nos preguntamos, ¿qué se propuso, en esta hipótesis, la directora? Por momentos aquello nos recordó las carreritas en puntas de pie y las persecuciones en círculo de las obras «cómicas» de cierta época pretérita que querían decir, y no podían, «comicidad», «farsa» o «levedad». Es posible que a Ciurlanti la tentó la idea de hacer «Los padres terribles» dentro del metro del vaudeville; y en el programa de mano, donde se reproduce sin decirlo el primer prefacio de Cocteau, se dice que el autor proyectó «…un drama que fuese una comedia y cuyo centro fuera un nudo de vaudeville…» Drama, comedia, vaudeville. Demasiados géneros a la vez para que alguno pueda realizarse. Es curioso que esto le sucedió, exactamente, al autor: poeta, novelista, dibujante, dramaturgo, cineasta, académico, enfant terrible. Su prestigio fue inmenso; lo tradujo para Losada Aurora Bernárdez, y en nuestra Biblioteca Nacional hay no menos de diez títulos del autor. Su talento es innegable; pero parece demasiado aéreo, como si siempre le hubiera faltado el punto de apoyo con que pudo mover al mundo y le hubiera sobrado siempre levedad.

Quizás porque la familia de «Los padres terribles» está fallada, las disimilitudes de estilo de actuación se notan poco; pero existen, y a la larga incomodan.

Hemos visto otros trabajos de Mirta Busnelli, en particular en una tragedia como «Los pretendientes de la corona» de Ibsen (obra a la que Augusto Fernandes dio, arbitrariamente, el título de «Madera de reyes») en comedias como «Nunca estuviste tan adorable» y aún en la audaz «Manjar de los dioses» de Paco Giménez. Su composición de Ivonne en «Los padres terribles» es correcta; no es inspirada. Luis Machín, un actor de múltiples facetas, llega a hacer inquietante, patético y por momentos hasta terrible, a Georges, el padre maquinador y frágil, que no se atreve a dar por concluida una experiencia matrimonial sin salida y sigue dando vueltas, como en una noria, en el interior de la familia. Debe destacarse el mérito adicional de hacer creíble y compartible un personaje sin atractivo: lo que en la jerga teatral se llama un «hueso». Nadie podría haber hecho algo mejor. Nahuel Pérez Biscayart, a quien vimos brillar en «Los mansos» de Alejandro Tantanián (sobre «El idiota» de Dostoiewski) como Michel, el hijo, nos pareció demasiado infantil, físicamente: sus aptitudes de actor son superlativas, pero en este caso encontramos una discordancia, puramente material, entre el actor y el personaje. Noemí Frenkel, que si no nos equivocamos viene de la danza teatro, mostró firmeza y presencia sobre la escena. María Alché es agradable de ver y dice bien, pero su estilo evoca por demás al teleteatro.

 

Finales felices

Ni «El poeta y el sepulturero» ni «Viejas ilusiones», dos obras en un acto que se dieron bajo el título conjunto de «Finales felices» harán por el merecido prestigio de Eduardo Rovner, ganado en piezas como «Lejana tierra mía», «Cuarteto», «Compañía» y «Volvió una noche», hasta ahora su mejor pasaporte a la perduración.

El poeta es un redactor de lápidas, solemne y vulgar; por algún motivo que no nos quedó muy claro regentea un bar donde ni siquiera hay vasos.

El sepulturero llega con una botella de vino, pide un vaso, se entabla un diálogo que deriva de un tema al otro hasta que… aquí una sorpresa final. «Viejas ilusiones» postula una mujer de 120 años, razonablemente decrépita, a quien cuida su hija de 90; no hay ni felicidad ni ilusión posible. El estilo se vincula al llamado grotesco, en el que ha abundado tanto Roberto Cossa; como sucede en las obras de Cossa (pensamos en la tan aplaudida «La Nona», o en la más reciente «El saludador») hay una dispensa general de verosimilitud de comienzo a fin; y todos los personajes son, irrevocablemente, o malvados, o desagradables o estúpidos; y a menudo son las tres cosas a la vez.

Hay un culto de lo sórdido y desaseado, que es un úkase tan arbitrario como cualquier otro, y no más inteligente que aquel inevitable final feliz de los filmes de antaño, con la sonrisa de Doris Day en la cúspide de su felicidad, siempre matrimonial y cristiana.

LOS PADRES TERRIBLES, de Jean Cocteau, en traducción de Ignacio Apolo, con Mirta Busnelli, Luis Machín, Noemí Frenkel, Nahuel Pérez Biscayart, María Alché. Escenografía de Jorge Ferrari, luces de Eli Sirlin, vestuario de Andrea Mercado, dirección de Alejandra Ciurlanti. En teatro El Cubo, Zelaya 3053 (Abasto) Buenos Aires.

EL POETA Y EL SEPULTURERO y VIEJAS ILUSIONES, dos obras en un acto de Eduardo Rovner, con Alfredo Castellani y Santiago Ríos. Vestuario y escenografía de Cecilia Stanovik, luces de Horacio Efron, música de Pablo Rovner, dirección de Eduardo Rovner. En teatro El Nudo, Corrientes 1555, Buenos Aires.

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