Claroscuros de una diva entre el vino y el dolor
La semana pasada se anunciaron las nominaciones a los premios MTV, asociados al canal otrora musical y hoy devenido vendedor de realities y teen pop empaquetado. En la chatura de las ternas, se encuentran excepciones: Amy Winehouse. La cantante británica compite en las categoría ‘mejor videoclip del año’, ‘mejor artista nueva’ y ‘mejor artista femenina del año’. Con 23 años, ella es una de tantas estrellas cuyos escandaletes llenan los tabloides más que sus talentos. La prensa se ceba en incidentes públicos que protagoniza: vomitar en escena, cantar borracha en una iglesia, cancelar un concierto de los mismísimos Rolling Stones, pegarle una trompada a un fan, y gritar en medio de una entrega de premios, interrumpiendo un discurso de Bono, «¡Callate, me importa un carajo!». La diferencia es que de otras figuras ‘reventadas’ por las drogas y hábitos políticamente incorrectos, Winehouse se distingue por ser una artista inmensamente talentosa que se niega a posar.
El vino como sino
Amy Jade Winehouse nació en 1983 en Londres, y creció en una familia judía con tradición musical jazzera, de padre taxista y mamá farmacéutica. Escuchó soul, jazz, y rhythm n’ blues desde niña. A los 13 le regalaron su primera guitarra. A los 10 había fundado una banda de rap: Sweet ‘n’ Sour (‘dulce y agria’). A los 13 la echaron del colegio por «baja aplicación a los estudios», eufemística expresión para repudiar el hecho de que era una estudiante rebelde con un piercing en la nariz. A los 16 cantaba profesionalmente.
Su álbum debut ‘Frank’ (2003), fue nominado a los premios Mercury Prize. Lo produjo Salaam Remi, pero no fue ‘estrellita en manos de': Winehouse co produjo cada uno de los tracks. La crítica la comparó con Sarah Vaughan, Aretha Franklin y Macy Gray. Recibió el disco de platino y el Ivor Novello a ‘mejor canción contemporánea’ por su single ‘Stronger than me’. Ya entonces empezó a dar muestras públicas de rebeldía, arguyendo que el álbum era sólo «80 % suyo» puesto que habían incluido covers y mezclas que a ella no le gustaban.
Si con su primer trabajo llamó la atención, con el segundo Winehouse fulminó. Crudamente autobiográfico, ‘Back to black’ (traducido, algo como ‘vuelta a la oscuridad’) salió con una tromba de canciones llenas de vida, ira y sensualidad. Un álbum negro, de aire curiosamente afro americano, de una cantante pálida y británica. ‘Rehab’ se bailó hasta en los conventos (sobre todo por lo gospel). La canción hablaba de su alcoholismo, y aludía al talentoso (y ex heroinómano) Ray Charles como mentor: «intentan llevarme a rehabilitación/yo digo: no, no, no/prefiero quedarme en casa con Ray».
El remix del standard ‘Round midnight’ quitó el aliento a los más ortodoxos habitués del Blue Note de Nueva York. ‘Back to black’ se colocó 1º en los charts del Reino Unido y séptimo en los de Estados Unidos, haciendo historia. En febrero de 2007, le otorgaron un Brit Award a mejor artista solista femenina. ‘Back to black’ fue electo uno de los mejores 12 álbums de 2007 por los Mercury Prizes. ‘Rehab’ se convirtió en nº1 en los Billboard. Muchos fueron los respetos que Winehouse cosechó hasta ahora. La veterana Shirley Bassey declaró que ella le parecía la indicada para cantar el próximo tema central de James Bond. La Rolling Stone le dedicó la portada en de este año y la incluyó en la lista de las «10 artistas a las que hay que estar atento». La Spin Magazine la bautizó «La peligrosa nueva reina del soul».
‘Más fuerte que yo’
Alternando con entrevistas en la BBC, giras y actuaciones, Amy sigue «portándose mal». Confiesa que sufre mucho. Los nombres de las canciones de su último disco parecen constituir un discurso paralelo a todos los demás, apologéticos y detractores: ‘You know I’m no good’ (‘vos sabés que no soy buena’). ‘Wake up alone’ (‘me desperté sola’, ‘Tears dry on their own’ (‘las lágrimas secan solas’), ‘Stronger than me’ (‘más fuerte que yo’). Pero también expide un humor autocrítico: «No escucho a nadie más que mi voz interior, que es una voz infantil».
Confiesa: «Borracha soy violenta, una cabeza de chorlito». Admite: «Tuve bulimia y anorexia. Un poquito de cada cosa. Creo que no estoy del todo bien, pero creo que ninguna mujer lo está».
Bromea con su apellido: «Quizá eso sea un signo» (literalmente, ‘Winehouse’ significa ‘casa del vino’). The Independent publicó un artículo consignando su dolencia maníaco depresiva. Y ella dijo: «Por supuesto. Tras el alcohol y las drogas, siempre hay algo más».
Tiene el cuerpo tatuado con mujeres desnudas desde la época del liceo. Explica: «Me gustan las pin ups. Soy más como un chico que una chica, aunque no soy lesbiana». Su padre el taxista jazzero- se lleva horrible con el suegro, y acusa de inducirla a malos hábitos a su pareja, Blake Fielder. Cada vez que la internan es un tironeo en el hospital y se arma bardo entre los parientes. Pero ella sigue cantando.
Todavía falta, porque es joven, pero cuando deje de distraer su imagen ojerosa con rimmel corrido, y se evapore la resaca de su reputación, su voz seguirá sonando en los discos que grabó. Rasposa, ahumada, acongojada y desafiante. Seguramente inmortal. *
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