Humor corrosivo y desprejuiciado
El título puntual de esta versión animada, que supera los ochenta minutos, es «Los Simpsons. La película» y tiene todos los condimentos, por cierto, de esa serie de dibujitos animados creada por Matt Groennig a mediados de la década del 80.
La leyenda urbana del asunto cuenta que el creativo ideó la propuesta en un rapto de inspiración mientras aguardaba en un pasillo para ser recibido por un importante productor televisivo que, posteriormente, se sumó al proyecto. Algo relativamente similar sucedió con la popular Mafalda de Quino que, inicialmente suponía ser la caricatura estándar de una familia tipo que iba a ser utilizada para promocionar una marca de electrodomésticos.
Lo cierto es que «Los Simpsons» primero aparecieron en un tímido formato de dos minutos de salida al aire como manera de ir tanteando el ambiente por miedo a una reacción negativa del público. En realidad, las dudas y vacilaciones de la productora fueron totalmente infundadas: como ya se sabe, el éxito fue prácticamente inmediato y generó casi desde el arranque un producto de culto que, hoy por hoy, lleva dos décadas en el aire. Es probable que las razones de este suceso fulminante tengan que ver con ese humor corrosivo y bastante desprejuiciado que esta singular familia viene exponiendo desde siempre. Abundante en chispazos satíricos, «Los Simpsons» no han dejado títere con cabeza, dándose el lujo de decir cosas verdaderamente fuertes bajo la pátina del entretenimiento. A través del sarcasmo y la crítica humorística, Matt Groenning y sus secuaces guionísticos han sabido amalgamar una puesta en escena irreverente y desprejuiciada que, ahora, el filme reitera con eficacia a pesar de triplicar la duración sin mayores problemas narrativos.
En este caso, la anécdota se optimiza a través de una aventura que compromete la propia existencia de la emblemática ciudad de Springield. A punto de ser arrasada por el Servicio de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América, la comunidad desarrolla un héroe accidental: Homero Simpson. (Algo que ya puede considerarse un chiste, aunque no es el único si pensamos que Arnold Schazzenegger es el presidente de turno). De todas formas, este personaje analfabeto funcional logrará redimirse en una vuelta de tuerca que recobra sonrisas y las mantiene, incluso, hasta en los créditos finales. No agrega nada nuevo a la serial pero los fanáticos se pueden dar una verdadera panzada sin tandas. La auténtica humorada, quizás, es la que surge al principio cuando el mismísimo H.S. impreca a la audiencia, gritándoles que no es muy inteligente pagar por algo que se puede ver en la tele. Para divertirse a lo grande… y con los chicos. Salve, Homero. *
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