La sagrada familia, en el teatro de Agadu
Creemos que la obra, como la anterior «El Señor Galíndez», tuvo el valeroso propósito de atentar contra la dictadura militar, y la claridad del mensaje le valió a Eduardo Pavlovsky (Buenos Aires, 10 de diciembre de 1933) una tentativa de secuestro por «paramilitares» y el exilio en España. Toda esta historia, que supo de lances acrobáticos y amigos arriesgados como para «Los tres mosqueteros», parece hoy indivisible del autor y su obra; un análisis crítico de la pieza en sí misma, separándola de su sentido político originario, corre riesgo de parecer un acto inamistoso, una mano tendida a los perpetuos enemigos, esos que nunca vacilaron ni vacilarán en adoptar lo que se llama hoy, horrible neologismo, un «estilo confrontativo» (como si no se echaran nubes de incienso, un día sí y otro también, en loor de la «competitividad» y las «ventajas comparativas»).
La pieza de Pavlovsky tiene una fecha. No ya la de la dictadura argentina, sino la de Wilhelm Reich («Psicología de masas del fascismo») y Theodor W. Adorno («La personalidad autoritaria»). Dice Pavlovsky en el programa de mano que «El fascismo alemán se fundó en el fascismo familiar». Es la tesis de Reich: que la familia autoritaria es el prototipo del estado fascista. Pero Pavlovsky agrega que «la violencia familiar –ejercida por los padres sobre el hijo– era la reproducción de lo que ocurría en el exterior». Así la dictadura militar es efecto, porque sólo puede existir donde la sociedad se construyó sobre la familia patriarcal y autoritaria, y es causa, porque moldea la conducta familiar, la que a su vez reactúa sobre las instituciones políticas, reforzando el poder y programando su propia reproducción.
Si «Telarañas» puede parecer una demostración, análoga a la de los teoremas de las matemáticas, de la interacción fatal entre familia patriarcal y gobierno autoritario, donde encontramos al psicólogo y al militante de izquierda, la redime ampliamente la potencia explosiva del lenguaje, donde encontramos al artista. Los diálogos iniciales en los que se discute si al hijo le gusta o no el puré, son literariamente brillantes, en cuanto recogen puntualmente la naturaleza catatónica de las discusiones familiares, que, como lo muestra Pavlovsky, no son tales, porque no son sinceros intercambios de ideas, sino agresiones alternadas. El debate de quién fue primero, si el puré cotidiano (aquí la imposición «social» de una conducta por la sociedad, en el caso por la familia) o la decisión del hijo (aquí el microcosmos que reacciona sobre el macrocosmos), esquematiza la cuestión de dónde está el origen y, sobre todo, cómo cortar la cadena del autoritarismo que produce víctimas que sólo pueden enseñar, lo quieran o no, más y mejor autoritarismo. Pavlovsky no cree en el ridículo sonsonete de «sentarse a discutir», jugada de espera, de sabia apariencia, que oculta muy mal la negativa a toda discusión. El se pone de pie y nos fuerza a seguirlo. Nos convoca, perentoriamente a discutir: a la satanizada «confrontación». Nos permitimos recordar que así de incómodo era Sócrates el preguntón, que a nadie dejaba en paz, y al que sus conciudadanos persiguieron hasta la muerte. En Montevideo Pavlovsky tuvo pleno éxito en sus propósitos: la noche que vimos «Telarañas», no menos de tres personas se retiraron de la sala por la mitad de la obra. Hay problemas y cuestionamientos que no todos toleran.
Debemos esta sesión de teatro vivo al grupo CLAP y a la puesta en escena de Carlos Aguilera, que no trepidó ante ninguna de las temibles escenas de «Telarañas». Escenas que, muy bien realizadas, con la intensidad y la valentía que requieren, se hacen asimilables, nos convencen aunque no nos seduzcan, y las sentimos al fin redimidas por el arte y transformadas en nuestra propia vida y sustancia.
El elenco estuvo a la altura de tan difícil compromiso. Entendemos que los mejores elogios deben ir para los personajes más difíciles, a cargo de Sebastián Silvera (el padre). Luciana Acuña (la madre) y Javier Barbosa (el hijo); pero fueron muy satisfactorias y articuladas en un solo estilo las de Julio Lachs (Beto) y Richard Torres (Pepe). Entre todos, lograron sacudir la platea; y sin esa sacudida no hay teatro válido.
TELARAÑAS, de Eduardo Pavlovsky, con Sebastián Silvera, Luciana Acuña, Javier Barbosa, Julio Lachs y Richard Torres. Espacio escénico de Sebastián Silvera, Ayelén Gastaldi y Ximena Seara, iluminación de Carlos Torres, banda sonora de Carlos García, dirección general de Carlos Aguilera. Estreno del 14 de julio 2007, teatro Agadu.
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