Deslumbrante museo de las artes primeras
Lo consiguió impulsado por el coleccionista Jacques Kerchache, al reunir las colecciones del Museo Nacional de Artes de Africa y de Oceanía (hoy desaparecido) y parte de la extraordinaria colección etnológica del Museo del Hombre.
En la actualidad el Museo del Quai Branly es la estrella museística de mayor atractivo. Largas colas desfilan por sus amplios jardines y el bullicioso hall de entrada, para acceder lentamente, como un pasaje ritual, a las colecciones permanentes. Del concurso internacional de 1998 exhibido en el Centro Pompidou, el ganador fue el arquitecto Jean Nouvel (había un proyecto más logrado, no contemplado) que superó el tecnicismo del Instituto del Mundo Arabe en la misma ciudad o de la Opera de Lyon y el gigantismo de la ampliación del Museo Reina Sofía y obtuvo un raro equilibrio entre el espacio interior y el volumen exterior con forma de cajas en un emplazamiento urbanístico de muro vidriado vegetal diseñado por el paisajista Patrick Blank, y el jardín diseñado por Gilles Clément, todavía con plantas (15 mil de 150 especies) jóvenes desplegadas en 800 m 2. En el futuro aumentará el encanto y también, el misterio.
Es una experiencia única. Diferente a la de cualquier museo. La arquitectura privilegia la línea horizontal, en contraste con la cercana torre de Eiffel. Los 180 metros de la larga rampa de acceso, «río arriba», describe Nouvel, es un ondulante camino iniciático que prepara el ánimo del visitante hasta desembocar en la intrincada geografía de los genios anónimos de Asia, Oceanía, Africa y América con 3.500 objetos que rotan en una colección de 300 mil piezas. Hay una deliberada teatralidad en la iluminación baja, en los muretes moldeados como superficies de caverna rocosa que permiten el descanso y la contemplación demorada. Es cierto que las vitrinas son convencionales, que quizá las obras sean excesivas, los espacios de circulación angostos y por momentos la arquitectura compite con las obras, pero la fascinación y variedad del acervo finalmente se imponen, celebrados en toda su magnífica imaginación: no tienen nada que envidiar a las más audaces creaciones contemporáneas de los maestros occidentales y acaso, las superan, ya que supieron saquear sin asco esas formas sin entender muy bien el significado.
Es imposible, y menos en una nota periodística, sintetizar la intensidad de los múltiples objetos, muchos familiares de los museos que proceden, que ahora se engrandecen por un criterio museístico innovador con proyección de videos de danzas y rituales, monitores manipulables, textos en escritura Braille y ausencia de fastidiosos textos de pared. Todo apuesta a la visualidad, al contacto directo con piezas de cuatro continentes que dialogan respetuosas de las diferencias, en la aceptación incondicional del Otro.
A la colección permanente, se agregan las muestras temporarias. Descubrir el arte del Pacífico Sur, con los creadores de Nueva Irlanda su infinita capacidad de inventiva formal al servicio de rituales propios, así como el sugestivo Jardín del Amor, de Yinka Shonibare, una mirada penetrante inspirada en tres pinturas de Fragonard y transferidas, con agudo sentido crítico, al ámbito africano en instalaciones reflexivas de maniquíes descabezados (alusión a la guillotina) y en trajes wax, ese tejido de color vivo impreso en ambos lados, usual en Africa y Asia. Inolvidable. (Cuarta de una serie de notas sobre un viaje a Europa). *
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