De una simple limpiadora a una figura de talla mundial
Los productores de Salzburgo se inspiraron especialmente en ella para las más recientes puestas en escena de La Traviata y Las bodas de Fígaro, creación del hijo predilecto de esa ciudad, Amadeus Mozart. Los británicos la proclamaron recientemente la mejor voz del año en una encuesta sobre música clásica.
Orgullosos, los rusos ya le perdonaron el disgusto masivo que provocó hace un año cuando decidió convertirse en ciudadana austríaca, poco después de recibir de manos del presidente Vladimir Putin el Premio Estatal, el mayor lauro que Rusia otorga a sus artistas. Netrebko declaró entonces que no tenía nada contra su país natal, pero por razones de trabajo tuvo que establecerse en Viena.
La vida de esta artista nacida el 18 de setiembre de 1971 en la sureña ciudad rusa de Krasnodar en buena medida se parece a la del personaje principal del cuento escrito en 1697 por el francés Charles Perrault, Cenicienta.
Desde pequeña le fascinaba cantar y ganaba todos los concursos de aficionados en los que participaba. En busca de la realización de su sueño viajó a San Petersburgo para estudiar el bel canto y, tras vencer no pocas barreras, obtuvo una plaza en el afamado conservatorio de la Venecia del Norte.
Tras el derrumbe de la Unión Soviética, para sobrevivir y al mismo tiempo estar cerca del sueño de su vida, buscó empleo como limpiadora en el legendario teatro Marinski, donde aprendió de memoria todo el repertorio de la ópera.
Tenía 22 años cuando la descubrió el prestigioso director de la orquesta de la compañía Kirov, del Marinski, Valery Gergiev, quien fascinado por la calidad de su voz y su encanto personal la incorporó de inmediato al elenco.
Gergiev perfeccionó su técnica y la preparó para encarnar a Susana en Las bodas de Fígaro, papel en el que convenció al exigente público petersburgués. Con la compañía Kirov dio vida a la Amina de La sonámbula; la Pamina, de La flauta mágica, y la Rosina, de El barbero de Sevilla, tres de sus personajes más reiterados y aplaudidos.
Durante su debut en Estados Unidos, a los 24 años, con la Opera de San Francisco en Ruslán y Ludmila, cautivó al público, pero su consagración en ese país llegó en 2002 cuando el Metropolitan Opera House, de Nueva York, la contrató para que interpretara a la Natasha de La guerra y la paz.
Los críticos destacaron su figura «graciosa como la de una bailarina» y el poderío de sus cuerdas vocales. Uno de ellos sostuvo que a la escena neoyorquina había llegado una Audrey Hepburn con una voz excepcional.
Desde entonces su presencia es reclamada por los más importantes escenarios del planeta, en los que ha interpretado los papeles más exigentes para una soprano de su tipo y ha cantado acompañada por las voces masculinas más reconocidas.
La crítica internacional la ubica al mismo nivel del tenor español Plácido Domingo, con el que compartió en Idomeneo, y del peruano Juan Diego Flórez, con quien alternó en Don Pascual.
Con el mexicano Rolando Villazón ha logrado una pareja de un éxito comercial sin precedentes en la llamada gran escena. El dúo ha popularizado, en diversos continentes, piezas como Romeo y Julieta, La Bohemia y, sobre todo, La Traviata.
Aún sin cumplir 36 años, muchos de sus fervientes admiradores y algunos críticos comparan a Anna Netrebko con María Callas, pero la «Cenicienta de Krasnodar» parece sentirse más feliz cuando se le reconoce su propia personalidad escénica, su estilo y presencia muy diferentes a los de ese irrepetible mito.
Le basta saber que los más prestigiosos teatros del planeta se empeñan en contratarla, aunque sea para una velada, y que su agenda está totalmente comprometida en los próximos años. *
* Corresponsal de Prensa Latina en Moscú.
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