Ansia, de Sarah Kane, en el teatro del Anglo
«Ansia» se asemeja a «4.48 Psicosis» en cuanto no se advierte la acción y apenas puede sospecharse que existen personajes. Hay cuatro actores en escena, cuatro personajes distinguidos por letras (A,B,C, M.) que no se mueven de sus lugares, hablan como para sí mismos y a veces dialogan sin consecuencias. Nada sucede.
Hay en todo el texto rencor contra la vida: todos los personajes (o aspectos de una misma personalidad; no se sabe bien) tienen profundas y a menudo razonables quejas contra la mera circunstancia de vivir. Los temas de sus frases son los previsibles en Kane: el sexo, la violencia, la soledad, el rechazo emocional, la amargura de una derrota sin levante; todos los personajes están atrincherados en sus penas, sin mucha lucidez y con ningún autodominio; ninguno parece ni vulnerable ni accesible a la comunicación, menos aún al amor o la esperanza. Pero los personajes están en esa situación con plena consciencia y tranquila desesperación, como si ya hubieran muerto y hablaran desde ataúdes paralelos y fraternales. Toda la obra, con su evidente propósito de golpear, nos sugiere una reedición del existencialismo de los años 50. Las reflexiones (o provocaciones) de Camus sobre el suicidio, la frase, para nosotros ininteligible, de Sartre «El hombre es una pasión inútil» y aún su obra «A puerta cerrada», riman con «Ansia» y reflejan, desde su Elíseo de cincuenta años atrás, su atmósfera. El estilo, directo y punzante, monótonamente iracundo, siempre quejumbroso y a veces histérico, pertenece sin embargo, de pleno derecho, a la «république des lettres»: hay, que sepamos, varias alusiones literarias (Shakespeare, Eliot, Yeats) pero debe haber más y mejor.
Como en el caso de «4.48 Psicosis» seguimos encontrando en Sarah Kane más nervio que alma, más psicosis que dolor, más narcisismo que introspección. Cuesta decirlo de quien rubricó su corta vida con el abismal acto del suicidio; pero «Ansia» nos resultó un texto donde, con fugaces destellos de autenticidad, prevaleció un énfasis vacío.
De todos modos, esta puesta en escena de Roberto Andrade es una valiosa contribución a nuestro conocimiento del teatro contemporáneo. El , director ha dado con toda precisión, sobriedad y economía de medios el extraño y original clima de la obra. Merece señalarse la escenografía, tan artística plásticamente como inquietante y sugestiva, de Gerardo Bugarín; la interpretación es de primer orden, donde destacamos a Leonardo Franco y, con la alegría adicional de verla de nuevo en una obra de teatro de arte, a Jenny Galván. *
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