Natalia Oreiro en el Velódromo

Pop directo

Natalia nunca había hecho un show en Montevideo –sí en Punta del Este este verano–. Habíamos visto productos suyos controlados: películas, teleteatro, discos.

Eligió el Medio Oriente para foguearse, y fue aplaudida a rabiar en Israel.

Pero su verdadero bautismo fue en El Gran Rex, de Buenos Aires, donde hizo despliegue de cambios de vestuario y logró comunicarse con un público adolescente. Como ayer.

El frío, si hizo mella, fue en los que no fueron, porque los presentes parecieron olvidarlo para comunicarse cálidamente con su estrella.

Desde su primer trabajo discográfico de 1998, la actriz y cantante uruguaya radicada en Argentina había copado velozmente el gusto de los más jóvenes con su música simple y accesible que podía tanto coquetear con el pop como con la balada melódica y los sonidos de aire salsero.

Para su segundo trabajo, Oreiro optó (al menos en su primer sencillo) por mostrar una veta más cercana al pop latino pos-Ricky Martin y su Livin la vida loca.

También aparecen aires más roqueros en su nuevo trabajo, en especial a través de un tema firmado por Andrés Calamaro.

Cambio musical, cambio de imagen y una cantante diferente a la chica de pelos largos y mirada dulce de hace un par de años fue lo que se pudo ver en el Velódromo.

Sin estar dotada de una gran voz y habiendo reconocido públicamente (al diario bonaeranse «Clarín») que se encontraba en pleno proceso de aprendizaje en lo que a cantar se refiere, Oreiro ofreció un show llano, jugado a la emotividad.

Pudo desplegar su hiperactiva y sonriente personalidad, deleitando a sus fans más acérrimos (especialmente acérrimas) con sus aires de vampiresa de la década del cincuenta. Resultó sorprendente la cantidad de chicas con el mismo cerquillo puntiagudo que luce la cantante «agitar» en las primeras filas al son de los nuevos hits como «Tu veneno» y viejos temas de su primer trabajo.

«Me hago cargo de lo que soy», declaró hace algún tiempo.

Dice que le gusta el rock, pero sabe administrar sabiamente su carrera.

Lo de Oreiro es simple y no pretende ser otra cosa que lo que es: pop adolescente modelo Britney Spears en versión rioplatense.

Por eso, cuestionar la falta de profundidad de sus letras o los escasos riesgos que corre su música es un sinsentido.

En sus propios términos, Natalia Oreiro ofreció un show que cumplió con las expectativas creadas: las suyas y las de su jóven público. Tarea cumplida, pese al frío.

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