"PELODURO", DE EDUARDO CERVIERI Y SERGIO ARRAU, POR LA COMEDIA NACIONAL

La Comedia Nacional, de mal en peor

Es la reedición del gastado esquicio de la conferencia imposible. En un club de alguna ciudad del Interior, un profesor (Daniel Spinno Lara) quiere disertar sobre Suárez pero no logra abrirse camino entre las cargosas tonterías de doña Eleuteria (Catherina Pascale), presidenta del club, que divaga a propósito de cuotas sociales impagas y de las empanadas de una vecina, y la pesadez del presentador, el poeta local Rigoberto (Duilio Borch), que incluirá en su discurso una de sus producciones. Gente de teatro suele imputar a la crítica adversa falta de respeto: eso fue lo que faltó aquí, tanto respeto al «homenajeado», Julio E. Suárez, como al público.

El esquicio de la conferencia frustrada tuvo un fin: disimular la ausencia absoluta de verdadero trabajo sobre la figura y creaciones de Julio E. Suárez, como el que hizo el mismo Eduardo Cervieri con «Cabrerita». Sea quien fuere el autor de la obra, es evidente que ni le interesó Suárez, ni lo leyó atentamente, ni repasó sus historietas para extraerles algo que pareciera una obra de teatro. Se recurrió a dos o tres lugares comunes de nuestro teatro. El primero, que debería prohibirse por reforma constitucional (única manera de librarnos de él) es el inútil reparto de un solo personaje entre varios actores. Así como tuvimos dos Delmira, tres Juana Inés de la Cruz, etcétera, aquí tenemos nada menos que cuatro Peloduro, de los cuales dos, nunca se sabrá por qué, son mujeres (Cristina Machado, Elisa Contreras). En el caso de Juana de Asbaje, por lo menos, la división de un personaje en tres podía justificarse por la variación de físico y gesto en diversas épocas de la vida; aquí todos los «Peloduro» tienen la misma edad. El resto de la obra, que incluye una larga sesión de Carlos Gardel, es el resultado de un desganado tijereteo, como se decía antes, o de un «cortar y pegar», como se dice ahora, del «Diccionario del disparate» de Suárez, de su prefacio a la selección de historietas editada por Jorge Sclavo, y muy poco más. Curiosamente no hay, que recordemos,

 

una sola palabra sobre el fútbol, que debió mencionarse, dado que «Peloduro» (el personaje) era un virtuoso jugador y que no pocas tiras sucedían en medio de un partido. Tampoco hay mención a las ideas políticas de Julio E. Suárez, transparentes en los comentarios internacionales de «El Pulga». Por discutibles que fueran, formaron parte de la persona del supuesto «homenajeado» y debieron subir a escena.

También por otras razones la obra funciona en el vacío. Los chistes de Suárez han envejecido. El «Diccionario del disparate» contiene muy poco más que juegos de palabras («Balbuceo: ómnibus 141 ­ 142″), algunos de ellos vueltos incomprensibles, para menores de cuarenta años, por el tiempo, y que no pudieron figurar en esta «versión» («Aedo: Bardo o poeta de la antigua Grecia que hizo carrera política comprándose una hache y una boina blanca que puso respectivamente en el apellido y en la cabeza»). Pero lo más importante es que el mundo que evoca Julio E. Suárez, el de los años 1930-1940, cuando Montevideo aún no había alcanzado las proporciones que la deshumanizaron, cuando no eran tan evidentes ni el crecimiento de la pobreza ni el avance de la criminalidad, cuando los barrios y su vida comunitaria no habían sido sustituidos por los shoppings, los apartamentos y los pubs. La frustrada tentativa de estrenar «Peloduro» en el teatro Florencio Sánchez del Cerro quiso rescatar una vida de barrio que hoy, sencillamente no existe. Los cafés y bares están hoy desiertos; el acto más viril y al mismo tiempo más transgresor era mandarse una o dos cañas con genciana; ahora tenemos cerveza y pasta base. La «calle», o sea el barrio, podía enseñarnos algo, porque en ella podíamos vivir; y podíamos vivir porque conocíamos por su nombre al farmacéutico, que nos vendía los caramelos de naranja, al guardia civil, especie hoy desaparecida, que sabía de todos, al italiano, su verdulería y su familia, al canillita que voceaba el diario y al almacenero gallego con sus libretas rojas y verdes.

Si se consideró valioso a Julio E. Suárez, lo menos que pudo hacerse era presentar su obra, su mundo, sus ideas, su experiencia de un Uruguay que ya no existe y discutir los valores del Uruguay de hoy. Pudo y debió decirse mucho más de la vida de Julio E. Suárez, de quien el espectador no sabe si era soltero o si tuvo matrimonio e hijos. En cambio se nos ha ofrecido una desamparada colcha de retazos que cuenta, además, entre las más aburridas producciones del año. *

 

«Peloduro, padre del humorismo uruguayo», versión teatral de Eduardo Cervieri sobre textos de Sergio Arrau y Julio E. Suárez «Peloduro», por la Comedia Nacional, con Catherina Pascale, Duilio Borch, Daniel Spinno Lara, Cristina Machado, Félix Correa, Elisa Contreras y Miguel Pinto. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Alicia Lores, iluminación de Leonardo Geicher, música original y banda sonora de Daniel Agosto y José P. Carlero, dirección de Eduardo Cervieri. Estreno del 6 de julio, teatro El Tinglado.

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