El canon uruguayo de la moderación
Un recorrido por las salas de exposiciones montevideanas confirma la discreta actitud de los artistas uruguayos en la creación. Rara vez el riesgo, la aventura, la violenta innovación, el corte brusco en la normativa establecida. La historia de arte local es la historia del pausado ritmo de alternancias sin estridencias, salvo ráfagas aisladas y sacudidoras, aunque no siempre permanentes.
Mercedes Bustelo (Sala Cero del Centro Municipal de Exposiciones), con antecedentes de refinado ensayo dibujístico (Meridiano, 2006), realiza el pasaje de la línea al color, de lo casi inmaterial al plano delimitado, de la insinuación a la solidez, predominando la pintura en Continuará, un lenguaje reforzado en la Alianza Francesa con demostrativa convicción, en una muestra colectiva que, por carencias habituales de la sala (las obras sin identificar, la ausencia de catálogo), no vale la pena referir. Dejó atrás esa trémula sensibilidad, muy personal por cierto, para internarse por la convencional discreción matérica, equilibrada e intimista, con pequeñas y escondidas señales de su personalidad. Codirectora junto con el curador y asesor artístico del MEC, Gustavo Tabares, de la Galería Marte Up Market, esa acumulativa actividad y dispersión, infrecuente hasta ahora en el medio local, no la favorece.
Hilos y costuras
Debió ser el título de Pliegues, la muestra de Margaret Whyte en la sala principal del ex Subte Municipal. Los frondosos textos del catálogo esquivan las inevitables referencias locales (Pilar González, Cecilia Brugnini, Blanca Villamil, Cristina Casabó, Olga Bettas, Mariana Duarte) e internacionales (Niki de Saint Phalle, Louise Bourgeois, Mike Kelley, Andreas Slominski, Paul McCarthy, Annette Messager, Tracy Emin), algunos antecedentes que surgen espontáneamente. Contrariamente a lo que se afirma, el arte de la costura y de la moda no es exclusivo de la mujer. Los grandes costureros son, en su gran mayoría, hombres. Como los sastres. Insistir en cuestiones de género es dar una puntada floja y retórica. Barcala cosió y usó trapitos con intensa sabiduría formal. No fue el primero, desde luego.
La perseverante e inquieta Margaret Whyte (personalidad resiliente, asiste a talleres, cursos y exposiciones) documentó en numerosas unipersonales y participaciones colectivas un entusiasmo inquebrantable por establecer un diálogo con el receptor. Lo hizo con firme voluntad y resultados erráticos. Aquí tiene la oportunidad de exponer con amplitud sus propósitos. Los artistas arriba citados concurren como a una cita inevitable. Las comparaciones son odiosas pero constituyen la sal de la crítica. Whyte emplea todo el traperío olvidado en el desván de su casa y el de amigas: sedas, tules, terciopelos, brocatos, pieles, lanas y otros materiales de bisutería envueltos, cosidos, armados en largos «chorizos» de diferente grosor, o en superficies rellenas a la manera de blandas esculturas, conformando elementos figurativos y abstractos, en maniquíes, carpas de campaña-vagina (Niki de Saint Phalle en los años 60 hizo por ese órgano la entrada triunfal a su exposición) y acumula formas cosidas, de manera tan cuidada y formalista que anula el efecto erótico y barroco que Cecilia Brugnini logra con espontaneidad. El equivocado montaje y la deficiente iluminación, en vez de integrar las diferentes piezas, las separa y aísla y, abandonadas, «desanjeladas» en su potencial cromático, elegante y sensual, en su tímido erotismo, impide adquirir esa envolvente conditio sine qua non de atrapar al receptor.
Sábat, fotógrafo
Aunque siempre anduvo con la cámara al hombro, recién ahora Hermenegildo «Menchi» Sábat se decidió a presentar las imágenes recogidas a lo largo de muchos años. Entre una casi abstracta y minimalista de Punta del Este, tres planos rigurosos de cielo, agua y arena, el tierno detenerse en los muros de la ciudad y sus graffiti, en sorprender una pareja de enamorados en un parque o un perro paseandero por la vereda, Menchi consigue recrear con la misma atenta mirada de sus caricaturas que lo catapultaron a la fama internacional, la aguda percepción del entorno en que vive. (Centro Cultural de España).
Bombero pintor
Andrés Barboza, maragato de 1975, se desempeña como fotógrafo en el Cuerpo de Bomberos. Vinculado al Foto Club Uruguayo, concurre también a los talleres de Sergio Viera, quien dejará una marca visible en su pintura, Oscar Ferrando en el grabado, cerámica con Ricardo Pickenhain, sin dejar la escultura a un lado. Esa nutrida diversidad de intereses, más la asistencia a las clases teóricas de María Yuguero, es propia de los jóvenes de hoy, poco proclives a mantenerse en un mismo lugar. En sus numerosos cuadros dependientes del informalismo histórico, demuestra sensibilidad para el tratamiento de la materia, bien trabajada, con predominio de la paleta baja poblada de signos abstractos y, eventualmente, la incorporación del collage. Una promesa en busca de un estilo.(Sala Carlos F. Sáez). *
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