Los últimos paisajes de Van Gogh
Las salas temporarias del Thyssen-Bornemisza suelen hospedar exposiciones memorables. En la actualidad, y hasta el 16 de setiembre, Van Gogh, los últimos paisajes es el imán de multitudes que agotan las entradas del día. La muestra está integrada por 27 óleos y tres dibujos del genio holandés, más seis cuadros de Daubigny, Pisarro y Cézanne, provenientes de los museos de Detroit, Boston, Amsterdam, Basilea, París y colecciones particulares. Una excepcional oportunidad para ver reunidas piezas desparramadas en diversos países y tener un enfoque concentrado en la temática del paisaje. No de cualquier paisaje de Van Gogh, sino aquel ejecutado en Auvers-sur-Oise, su última residencia, dos meses antes de morir.
Después de superar un período de crisis en el manicomio de Saint Rémy, en la Provenza, Van Gogh se instaló el 20 de mayo de 1890 en Auvers-sur-Oise, aldea a 35 kilómetros de París. Frecuentada por los pintores impresionistas (Renoir, Monet, Cézanne y Pisarro, que vivía cerca de allí, en Pontoise) fue sin embargo el paisajista Daubigny el primero en radicarse en una espléndida casa-taller que sería decorada nada menos que por Corot. También vivieron el pintor-confitero Eugène Murer, coleccionista y mecenas, y Guimard, el maestro del Art- Nouveau. Aún hoy Auvers-sur-Oise mantiene el encanto provinciano del siglo pasado, escasamente mancillado por el turismo, con calles estrechas, caminos serpenteantes y empinados sólo aptos para caminantes empedernidos. En las cercanías, los campos de trigo donde a Van Gogh se le ocurrió suicidarse una tarde de verano, el 27 de julio de ese mismo año, para morir a la 1.30 del otro día, luego de terrible agonía que pudo ser evitada y que por oscuras motivaciones no ocurrió. Fue enterrado en el cementerio local al lado de la tumba de su hermano Théo.
Por eso, Auvers-sur-Oise es una de las aldeas más universales en la pintura. Es por esencia la aldea de Van Gogh, la que celebrizó en sus trigales, su castillo, sus jardines, sus caseríos y en especial, la iglesia romano-gótica, una de sus obras maestras de las 70 que ejecutó en esos últimos meses de vida, de enorme fecundidad creadora. También vivía el Dr. Gachet, sugerido por Pisarro para ayudarlo. Van Gogh se alojó en la taberna Ravoux, en el último piso, un cuarto amansardado, pequeño, donde apenas cabían una cama, la cómoda y la palangana. El local fue refaccionado y reinaugurado el 17 de setiembre de 1993 por su dueño, Dominique-Charles Janssens, un flamenco que tuvo un accidente automovilístico delante del café y resolvió convertirlo en centro cultural. Lo consiguió. En la actualidad es una impecable demostración de recuperación arquitectónica-urbanística a cargo de Bernard Schoebel, responsable de la restauración de los museos de Chagall en Niza y de Picasso en Vallauris. El cuarto de Van Gogh y la escalera de acceso, son auténticos, como el de al lado, donde vivió el pintor holandés Antón Hirschig, que asistió al pintor moribundo hasta el último momento aunque la historia se niega a registrar su nombre. En 1956 Vicente Minelli filmó la vida de Van Gogh interpretada por Kirk Douglas.
La exposición del Thyssen- Bornemisza recorre, con sentido didáctico, las viejas y nuevas casas de Auvers, el empeño del pintor en destacar las diferencias entre lo viejo y lo nuevo, el rescate de sus humildes orígenes, en particular su experiencia en el Borinage. En el aplastamiento de las techumbres, la resistencia al desmoronamiento se convierte en un insinuante símbolo de su propia condición humana. Cada obra, cada trazo (calculado en su dimensión, dirección e intensidad cromática) es un ejercicio de vitalidad y energía expresiva que tiene en Casas de Auvers (foto), del Museo de Bellas Artes de Boston, su máximo esplendor, casi similar a la ya citada Iglesia de Auvers, la obra maestra que quedó en el Museo d’Orsay. Van Gogh, al contrario de lo que se supone, fue un maestro en dominar sus emociones (diferente de su vida privada) y orientarlas en la superficie pictórica con total seguridad, buscando el poderoso ritmo interior siempre a punto de estallar y detenido en su justo momento. Paisajes ausentes de figuras, sólo en A orillas del Oise en Auvers, del Instituto de Arte de Detroit, las incorpora, en una suerte de recuerdo a las barcas de sus colegas impresionistas. Pero la mano del genio está siempre presente en las treinta obras del genial holandés, en una exposición de altísima gratificación y, más aún, para quien conoció en profundidad la aldea de Auvers-sur-Oise. *
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