La felicidad no es para los mortales
El final no es un golpe de efecto, no es el remate de una pieza de suspenso; es todo lo que no admitiríamos jamás, y que, por eso mismo, desterramos de nuestra consciencia; pero era algo posible y hasta previsible.
Algunos detalles debieron alertarnos. Al comienzo, Medea se dirige a las mujeres de Corinto y su discurso señala, con objetividad y pena, la dependencia social de la mujer: «… Entre todos los que respiran y tienen un pensamiento, nosotras las mujeres somos las más miserables…» Pero Medea no es griega, y ella misma hace ver que es extranjera, y su situación diferente de la mujer corintia. Los espectadores saben, además, que nunca fue una mujer sumisa, capaz de combatir con la lanza y llevar el escudo. Más aun, ella es nieta de Helios, y por tanto ni su origen ni su destino son del todo humanos: Medea mata al dragón que custodia al vellocino de oro, que entrega a Jasón, y es ella quien organiza el horrendo asesinato de Pelias. El preceptor (Alexandre Magalhaes e Silva) anuncia la trama; pero no queremos verla. Al fin, Eurípides hace sonar de nuevo la nota de lo inesperado, cuando el coro dice «…Los dioses, contra lo que esperamos, cumplen muchas cosas, y no dejan ocurrir las que esperamos». Como en sus demás obras, no hay moraleja, y casi no hay conclusión, porque la obra termina abierta al Elíseo, con Medea guiando un carro celestial donde lleva, para ser sepultados en el bosque sagrado de Hera, los cadáveres de sus víctimas, sus dos hijos.
Luciano Alabarse ha puesto en escena «Medea», según lo ha manifestado en parte como un homenaje a la actriz Sandra Dani, a partir de su visión de la «Medea» de Pier Paolo Pasolini, que encarna María Callas. El papel, con sus paradojas y dificultades, es a la medida de las capacidades de Sandra, de quien no conocemos ninguna actuación que supere la de esta pieza. Sus rasgos faciales clásicos, de líneas muy definidas, concuerdan a maravilla con el carácter de excepción de su personaje, del que recibe y comunica la difícil mezcla de dolor humano, pasión que se alimenta de su propio fuego, incontrolable fuerza y cuasi divinidad; en su luminosa y penetrante mirada parecen caber tanto las glorias del Elíseo como las sombras del Hades.
La puesta en escena de Luciano Alabarse puede asemejarse a la anterior de tema clásico, «Antígona» de Sófocles en cuanto a la perfección del estilo y la profundidad de la interpretación, pero hay una importante innovación. El coro ya no canta. Es un grupo móvil de mujeres, seguramente las «mujeres de Corinto», a las que guía una de ellas como corifeo (Ida Celina); pero el coro habla, dialoga con los personajes y hasta cambia de parecer, condoliéndose de Medea al comienzo pero invocando a Helios, al fin, para que detenga a la mano criminal.
Como siempre en las producciones de Luciano, el ritmo de la acción no tiene hiatos. Todo se sucede con presteza, hay un ajuste de piezas sin estridencias, como si se contara con un mecanismo perfecto, suave y eficiente.
En una puesta en escena de esta categoría destacamos el comienzo, con luz de sala y los espectadores ingresando aún al teatro. Los argonautas, en un navío que se convertirá en un anexo de la construcción de la casa de Jasón y Medea, reman, mientras sobre una vela se proyecta un filme con el movimiento de un horizonte marino, las olas rompiendo sin pausa contra la nave Argos; en el correr de la misma melodía cesa la proyección, se esfuman los argonautas y estamos en Corinto. Los elementos accesorios contribuyen a redondear la pieza: la iluminación, sobria y expresiva, a cargo de Claudia de Bem, el brillante vestuario de Ro Cortinhas, la banda sonora, con temas griegos de ayer y de hoy, de Mateus Mapas, Moysés Lopes y el mismo Luciano y por fin, pero nunca lo menos, la impecable, sencilla y clásica escenografía de Sylvia Moreira.
Ya mencionamos el triunfo de Sandra Dani en el papel principal, pero dentro de un cuadro de intérpretes en el que todos alcanzaron lo mejor, destacamos especialmente a Ida Celina, en el muy difícil papel del corifeo, que se apoya continuamente en variables y complejas contraescenas. Fue una grata revelación el joven Rafael Sieg como el desventurado Jasón, y Mauro Soares, un Creonte majestuoso y digno, mostró con una sola escena su refinado arte de intérprete.
En la platea, participando de la ovación que premió a «Medea», Ljiz Paulo de Vasconcellos -dramaturgo, actor, director, profesor de artes escénicas de la Ufrgs, se complacía en el triunfo de dos de sus ex alumnos: Sandra Dani, su esposa, y Luciano Alabarse. *
MEDEIA, de Eurípedes, con Sandra Dani (Medea), Rafael Sieg (Jasón), Lurdes Eloy (ama), Alexandre Magalhaes e Silva (Preceptor), Mauro Soares (Creonte), Paulo Fernandes (Egeo), José Baldiserra (Mensajero) e Ida Celina (Corifeo). Coro de mujeres corintias: Vika Schabbach, Luciana Eboli, Elisa Viali, Regina Rossi y Lucía Bendatti. Argonautas: Daniel Bacchieri, Fernando Zugno, Thales de Oliveira, Fabricio Gorziza y Tito Ravaglia. Niños: Vitório Azevedo y William Ren Dientsmann. Escenografía de Sylvia Moreira, iluminación de Claudia de Bem, vestuario de Ro Cortinhas, banda sonora de Mateus Mapa, Moysés Lopes y Luciano Alabarse, asistentes de dirección Marcelo Adams y Alexandre Magalhaes e Silva, dirección de Luciano Alabarse. Estreno del 28 de junio, teatro San Pedro, Porto Alegre.
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