LA VIDA ES SUEÑO, DE CALDERON DE LA BARCA, EN EL TEATRO SOLIS

De cómo el teatro puede ser un sueño

T enemos un desdichado ejemplo: «Bailando por un sueño», donde «sueño» es un deseo, un anhelo, una ilusión. Pero el filme que pasa por nuestros cerebros noche a noche, ocupando la tercera parte de nuestras vidas, no tiene prensa ni cámaras de televisión. El psicoanálisis ha buscado en los sueños pistas y claves para el laberinto de nuestras conductas; y sus exhortaciones sobre recordar los sueños, como las de J.W. Dunne («An experiment with time») tienen sentido, pese a haber sido dirigidas a revelarnos el «complejo de Edipo» y otras aflicciones que carga nuestra vida. Pero allí están, tan cotidianos y a la vez tan lejanos como las profundidades del mar. Algunas frases nos sumen en el mundo de perplejidad, azar y confusión que, para nuestro asombro, debemos reconocer como el nuestro. «Estamos hechos de la misma sustancia que los sueños» (Shakespeare), la primera frase de «Aurélia» (Gerard de Nerval), «El sueño es una segunda vida». El final de Segismundo es razonablemente escéptico: «…fue mi maestro un sueño/…llegué a saber/ que toda la dicha humana/ en fin, pasa como un sueño, /y quiero hoy aprovecharla/ el tiempo que me durare…». La deliberada confusión entre la vigilia y el sueño, la invasión del sueño por la vigilia y de la vida por el sueño, están en el no muy lejano modelo de «La vida es sueño»: el cuento de las Mil Noches y una Noche «El durmiente despierto», que ocupa desde la noche 622ª a la 653ª.

Adriana Lagomarsino ha puesto en escena «La vida es sueño», entrelazada con el auto sacramental, del mismo Calderón y el mismo título. Se nos dice que el autor de la idea fue José Estruch, a quien debemos reconocer un amplio conocimiento de la dramaturgia del siglo de oro. El propósito de esta mixtura o enriquecimiento no nos es claro, ni con la primera vez que vimos esta pieza ni con la lectura de ambos textos; ni ahora; suponemos que muestra a un Calderón un tanto crítico de la teología católica, quizá tout sonore encore de aquella obra del islam. El auto sacramental, nada fácil de seguir en esta versión, alude al pecado original: el Hombre ­ Segismundo pregunta al Cielo por qué la naturaleza humana nace con pecado, por qué hay un delito que se comete con sólo nacer. En el auto sacramental está el mismo estribillo por el que Segismundo se queja de tener menos libertad que un pez, un bruto y un ave: ante la superposición de dos planos, el plano anecdótico de Segismundo encerrado en su torre y la tragedia del hombre condenado a vivir en el error y la culpa, hay con qué soñar a un Calderón no sólo contestatario sino hasta esotérico. Lo era el autor o inspirador de la versión conjunta, José Estruch, que, basado en los textos y en estudios eruditos, interpretaba en forma simbólica a «El caballero de Olmedo», de Lope de Vega, el autor de la extensa, misteriosa y un tanto herética «La Dorotea». La insistente alusión a un libro mágico de oro y con once hojas de cristal, presente en ambos textos, sugiere con fuerza un conocimiento especial; y por otra parte no deja de tener cierta audacia (que nos asombraría si no hubiéramos leído las escenas de homosexualidad femenina de «Tirant lo blanc», de Joannot Martorell) la expresión de sentimientos harto cálidos de Segismundo hacia Rosaura, en el preciso momento en que la cree un hombre, como Riobaldo y Diadorim en «Gran Sertao». Casi las primeras palabras de Segismundo son el equivalente de Adán en el Paraíso cuando pretende saber tanto como Yahvé comiendo del árbol de la ciencia del bien y del mal, o árbol del conocimiento: «Apurar» (antiguo, por «averiguar») «cielos pretendo/ ya que me tratáis así/ qué delito cometí/ contra vosotros naciendo». Quizás estas interpretaciones son también un sueño, porque la pieza, tal como fue presentada, apenas la justifica.

Con o sin las imágenes virtuales de la transposición en términos teológicos, la versión plantea con claridad la presencia del misterio y la incidencia del azar en nuestras vidas. Segismundo se pregunta «¿Quién soy?» y por extensión hasta «¿Qué es el hombre?»; y en la historia paralela de Rosaura – Eva, que busca a un padre del que sólo tiene su espada, hay el mismo asomarse al pasado de Segismundo – Adán en busca de una explicación del presente y hasta del futuro. Esta presencia del misterio es el principal mérito de la dirección de Adriana Lagomarsino, pero no es el único. El drama, primera gran cualidad, es entretenido y atrapa la atención del espectador; luego, ha sido presentado con esplendor pero sin lujos dispendiosos, con efectos plásticos y cromáticos que apoyan y no estorban la magia del texto. La escenografía de Albéniz Martínez es un acierto particular: la torre, mística y humana, de Segismundo es un claustro monacal, que se abre, cierra y transforma, y que para nuestra percepción es, con nueva alusión a la Caída, una réplica del «Claustro del Paraíso» de Amalfi.

En la interpretación el protagonista es Segismundo ­ El Hombre; Mario Ferreira alcanza aquí una de las mejores interpretaciones de su amplia y fecunda carrera…si no derechamente la mejor. Dice el verso clásico a la perfección: no lo prosifica, error que desdichadamente se ve demasiado a menudo, evita el tono intermedio del puro recitado de un poema, donde los sonidos, todavía, hacen valer sus derechos a la música, pero mantiene una sonoridad melódica, tenue pero necesaria y también suficiente. Desde el momento en que arranca el gran monólogo ensimismado del comienzo («¡Ay mísero de mí! ‘Ay infelice!») hasta el fin, en que Ferreira resume la obra y entrega al público sus conclusiones, con una voz media, dulce y persuasiva, llena de la sabiduría que el héroe ha adquirido en sus aventuras y con un notable sentido de la comunicación con el público, el actor, cuya pose corporal y desplazamiento son los adecuados, está muy cerca de la perfección. Similares elogios merecen, en su conjunto, los demás intérpretes, con menciones especiales para Delfi Galbiati (Clotaldo -Entendimiento), Alejandra Wolff (Rosaura ­ La luz), Till Silva (el rey Basilio y el Poder), Estela Medina (Estrella – Sombra) Juan Worobiow (El capitán ­ El fuego) y Levón (Astolfo ­ Príncipe de las tinieblas). La música de Gustavo Muñoz, siempre acorde con la obra a través del jazz y de la canción brasileña, fue uno de los puntos altos de las artes anexas al teatro. *

 

LA VIDA ES SUEÑO, comedia y auto sacramental de Calderón de la Barca, por la Comedia Nacional, con Mario Ferreira, Levón, Delfi Galbiati, Luis Martínez, Estela Medina, Alejandra Wolff, Juan Worobiow, Oscar Serra, Isabel Legarra, Till Silva, Daniela Muñoz, Luján Fernández, Mauricio Chiessa, Stefanía Tortorella, Paola Volonterio, Victoria Soto, Germán Weinberg, Lito Eguren Christian Pomiés y Marcos Valls. Escenografía de Albeniz Martínez, vestuario de Luis Carlos Núñez, iluminación de Martín Blanchet, música de Gustavo Muñoz, coreografía y dirección de Adriana Lagomarsino. Teatro Solís.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje