No todos los amores son correspondidos
Los problemas de «Por amor al arte» comienzan con los textos. No es suficiente que la pieza sea un monólogo; no es suficiente que sea breve. Acosta tiene buen oído para el habla común, y no hay una sola línea que no suene a cierto; pero la autora parece complacerse demasiado en su destreza y presenta demasiadas líneas. En el primer monólogo la reiteración de la letra que la actriz trata de dominar, puede corresponder, con precisión documental o científica, a la realidad, pero es exasperante para el espectador, que no quiere palabras sino acción, drama o comedia. En el segundo monólogo, con más sustancia dramática, también se habla demasiado; y aquí un trabajo de crítica y limpieza podría haber producido una obra aceptable. Se puede ser conciso en varios tomos y gárrulo en dos minutos: es suficiente oír los reportajes en vivo de los noticiarios de televisión, ya sea a jugadores de fútbol o a gobernantes, para verificar cómo se puede hablar como diciendo algo y sin decir nada.
Le falta también a Acosta un poco de ambición. Todo es deliberadamente pequeño, seguramente vulgar, común y corriente; y aquí nos parece ver la mano del autor de la puesta en escena, Dino Armas. Pero hay no sólo drama, sino tragedia en la vida cotidiana: sin salir del lugar de trabajo, el hogar, con personajes que no son muy diferentes de los de Acosta, Florencio Sánchez pudo dar con «La pobre gente» una denuncia de la opresión de la mujer y de la explotación del hombre por el hombre.
Un segundo error, y muy considerable, es la escenografía. En el primer monólogo no se entiende qué hace una cama, aparentemente vacía, en un velorio; la actriz se mueve hacia el fondo del escenario y hacia el proscenio, pero nunca se sabe dónde está. Llega el segundo monólogo y entendemos que nadie quiso tomarse el trabajo de trajinar con la cama; que la escenografía podía ser la misma en los dos monólogos. Suponemos que hubo un pecado de pereza, que origina todos los demás y que pudo no cometerse.
La tercera objeción es al vestuario del primer monólogo. Por momentos no podemos creer que la protagonista, maquillada, traje negro ajustado, amplio escote, tacos altos, esté en un velorio. Aún los desplazamientos de la actriz no concuerdan con lo que dice y hace. Más acertada está Diana Bresque, en «La bailarina de la comparsa»; pero no puede con el abundoso texto y se queda en una dicción monocorde, sin matices, sin cambios de tono y volumen, sin silencios.
POR AMOR AL ARTE, dos monólogos de Teresa Acosta, «Monólogo por medida» con Daniela López y «La bailarina de la comparsa», con Diana Bresque y Gianina Urrutia. Escenografía de Gabriela Montes de Oca, vestuario de Diana Bresque, puesta en escena de Dino Armas, dirección de Teresa Acosta. En Teatro AGADU, Canelones 1122. *
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