Estigma: las llagas de Dios
Una estatua en una iglesia de Belo Quinto, Brasil, llora. Sus lágrimas son la sangre de Cristo por ese sacerdote que acaba de morir: Alameida. Hasta allí arriba un sacerdote proveniente del Vaticano, interpretado dignísimamente por Gabriel Byrne (Los sospechosos de siempre), para investigar que está ocurriendo en ese santuario del tercer mundo: decide llevarse la estatua, pero los devotos se lo impiden. Una mujer de nombre Frankie (Patricia Arquette) recibe un obsequio de su madre que compró en Rio de Janeiro: es un crucifijo al que la muchacha deja olvidado en una mesa.
No obstante atea, Frankie comienza a tener visiones y a padecer de insomnio, además de poseer aparentes síntomas de embarazo. Todo en su vida parece dar un giro de 180 grados, ya que su realidad o su superficie cotidiana es la del ser una peluquera, un rostro en la multitud de Pittsburgh, y acaso un personaje algo desolado con el deseo de pertenecer afectivamente, a alguien. Pero ese hombre no llega. Visiones. Después cuadros de vómitos y vertigo. ¿Qué ocurre? Lo cierto es que, de pronto, sus manos en su aparente alucinación son atravesadas por clavos. Los médicos dan su diagnóstico: intento de suicidio.
Después en el subterráneo, otro ataque, que barre con todo: una fuerza poderosa la arrastra más allá de su capacidad emocional al personaje construido con la métrica de Linda Blair –la de El exorcista— por esta Patricia Arquette, cuyo personaje deriva en signos de interrogación y en un transcurso angustiante, cada vez más irrespirable para su salud mental, psíquica y corporal.
Hasta allí, al pie de su apartamento llega entonces ese sacerdote e investigador del Vaticano que construye cuidadosamente Gabriel Byrne. Posee un encuentro inicial con la muchacha en la peluquería y cuando pronuncia su nombre, Andrew Kerrin, el personaje de Arquette le responde que ha estado esperándolo.
Estigma, de Rupert Waingright, trabaja una paleta oscura y por momentos un montaje rápido para otorgarle nervio a esta historia de los estigmas de Dios. De ese Dios que está dentro tuyo y a tu alrededor y que, para el pensamiento ateo de Frankie, paradójicamente la está matando. Manos, frente y pies ensangrentados: la chica por momentos parece estar agonizando, y de pronto salta de la cama y comienza a escribir un largo texto en arameo: palabra de Dios, un posible tercer evangelio que Jesús escribió en la última cena con los apóstoles y que de conocerse cambiarían severamente los códigos de gestión de la Iglesia y en consecuencia de la Santa Sede. El superior de Byrne, encarnado por un eficientísimo Jonathan Pryce (Brazil), tratará de impedirlo. ¿Podrá hacerlo? Alameida, el sacerdote con estigmas muerto en Belo Quinto, habla a través de la muchacha y critica a la iglesia y a sus comensales.
Todo al final, efectos visuales y sonoros mediante, se transforma en una especie de caos que evoca nuevamente a El exorcista. Demasiados golpes de efecto, demasiada estridencia e histeria alrededor de esta historia. Queda la palabra de Jesús: «Levanta una piedra y me encontrarás». Y quedan las buenas performances de Byrne y Arquette. Y la estupenda banda sonora de Billy Corgan, el líder de los notables Smashing Pumpkins. Después todo se vuelve hojarasca, material descartable y desde luego previsible por el abuso de los efectos especiales y un relato que se adivina, adivinador. No se sabe muy bien qué pretendió el realizador con una historia que se descontrola a la media hora de metraje.
Estigma, por lo tanto, es un largometraje menor que ni asusta, ni maneja adecuadamente los mecanismos de suspenso ni de intriga. Todo es obvio y efectista. Un filme menos que mercía otro tratamiento pero ya se sabe que, en estos casos, Hollywood siempre se decide por la cáscara de los grandes temas, cuestiones de taquilla.
Y también, como para rubricar esta convención de lugares comunes, el amor será más fuerte entre el sacerdote y esa muchacha que finalmente logra el apaciguamiento.
Compartí tu opinión con toda la comunidad