A CUARENTA AÑOS DE LA PUBLICACION DE UNA OBRA MAESTRA DE LA NARRATIVA DE TODOS LOS TIEMPOS

Cien años de soledad, una crónica en la que está contenida la humanidad entera

«El coronel destapó el tarro de café y comprobó que había más de una cucharadita», comienza El coronel no tiene quien le escriba. «Por primera vez he visto un cadáver», empieza el relato del narrador de La hojarasca.

Pero los pergaminos de Melquíades se inician con esta frase: «Muchos años después, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

Aquí ya no es realista, no trata de retratar o de analizar psicológicamente. No se concentra en un punto específico del tiempo, el de un personaje observado en su diario vivir, ni se cuela en la memoria de uno que recuerda.

Impersonal, la frase se refiere a un pasado remoto y a un futuro ambiguo que tendrá y no tendrá lugar. El coronel Aureliano Buendía sí tendrá que pararse de espaldas «ante seis maricas armados y sin poder hacer nada», pero su hermano José Arcadio lo salvará de la muerte.

Estamos en el principio de una intrincada metáfora que en los múltiples matices de su interpretación, en la inagotable riqueza de sus sugerencias y la realidad de su fantasía no es otra cosa que la crónica entera, exacta y verídica, de una estirpe mestiza y de un pueblo –una región, un país tropical.

Aparecen en ella, según el orden cronológico de su nacimiento, los Buendía, llamados todos los hombres José Arcadio o Aureliano, para desesperación e irritación de los lectores perezosos; y sus mujeres, Ursula, Amaranta, Rebeca, Remedios, la bella, Pilar Ternera, Santa Sofía de la Piedad, Fernanda del Carpio, Renata, Meme, Amaranta Ursula. Toda una familia.

En la sangre «de locos, como diría Ursula de sus hombres, están el conquistador, el científico, el guerrero y el poeta, el aventurero, el desmedido y el vicioso, una inagotable galería de caracteres en la que en cierto modo está contenida la humanidad entera, no por tratarse de una familia de superhombres, sino porque es una estirpe vista en su totalidad, desde su principio hasta su fin, un microcosmos que, así como una célula reproduce el universo en su estructura, es el reflejo exacto de una realidad mucho más amplia.

La ambigüedad de los nombres masculinos es sólo una de las múltiples formas, y de las más superficiales, de cómo García Márquez universaliza su mensaje y nos transporta, como Melquíades, de una realidad cotidiana a otra, más vasta y profunda.

Macondo, ese nombre que tuvo una resonancia sobrenatural en el sueño de José Arcadio, su fundador, es una aldea «de veinte casas de barro y cañabravas construida a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitan por un lecho de piedras enormes como huevos prehistóricos, donde nadie ha muerto y donde nadie tiene más de treinta años».

«El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo». Es pues el paraíso, el principio del mundo. Pero no literalmente, porque también estamos en los comienzos de Aracataca, el pueblo de la zona bananera donde nació García Márquez.

La historia ya ha tenido lugar. La conquista española es esa armadura oxidada «cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras». Pero la fundación del pueblo y de una estirpe nos lleva al principio de las cosas, a una época de primitiva inocencia, de eterna y calurosa siesta del trópico donde el conocimiento del mundo exterior llega en las manos de gorrión de Melquíades, un gitano prestidigitador verbal que después de muchos años será el primer muerto de Macondo, marcado el pueblo de entonces con un puntito negro en «el abigarrado mapa de la muerte».

Estamos en un punto fuera de la historia pero metidos en su torbellino porque, a medida que la deslumbrante fábula se desarrolla, nos vamos alejando de esa Arcadia tropical donde reinan la imaginación y el mito para vivir el presente de ruina y depredación de Aracataca, devastada por la explotación de la compañía bananera.

La peste del olvido, nos damos cuenta, como de tantos otros reflejos multiplicados en el libro, pasa del nivel alegórico de la metáfora a su nivel histórico. El pueblo olvida la matanza, del mismo modo como el país entero olvida su pasado de injusticia, de sangre, de egoísmo y estupidez. Macondo es palabra que evoca un reino en las profundidades del inconsciente, el reino de lo maravilloso pero también de la memoria que conserva el escritor, y no sólo de la memoria de un hombre, sino de la memoria o desmemoria colectiva de una región que el escritor, genial periodista de la imaginación, logra encerrar con nombres y hechos en tres y medio centenares de páginas.

Esta saga de la costa Atlántica colombiana es una gigantesca recopilación de cuentos, leyendas, chistes, dichos y hechos históricos y antropológicos que García Márquez oyó y leyó desde niño, que conservó en su memoria privilegiada y que aprendió a contar desde su juventud en la práctica del periodismo, provisto además del don único de la escritura.

Su gran acto creador es darle a todo este material, a todo ese pasado conservado en su mayor parte en la tradición oral, un marco novelístico que implicó un atrevido salto, un abandono del punto de vista naturalista y una vuelta al pasado literario, cuando la novela era narración pura y su fin no era cambiar el mundo, sino entretener al lector. Pero esto, que hubiera podido parecer un paso hacia atrás, era una atrevida solución que preconizó un nuevo cambio en la literatura mundial, una vez más en busca de sus fuentes. Tanto el estudio de las influencias como la identificación de los personajes, la revelación de las innumerables alusiones privadas, la búsqueda de las cuarenta y dos contradicciones o de los seis errores graves (datos del autor) serán pasto para los críticos por más de cien años.

Porque si bien algunos datos de sus biografías corresponden, uno se podría pasar la vida tratando de probar, por ejemplo, que el coronel Aureliano Buendía, poeta y guerrero, que murió en Macondo haciendo pescaditos de oro y con la frente contra el tronco del castaño, es el mismo prosaico general Rafael Uribe Uribe, que murió en Bogotá de cuarenta y tantos hachazos, en un oscuro crimen probablemente fraguado por el gobierno conservador.

Así con todos los mitológicos Buendía, híbridos de imaginación y realidad que no mueren de enfermedad, como el resto de los mortales, sino de soledad.

*Escritor colombiano. Exclusivo de Cronopios, para Prensa Latina. 

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