ARTE

El Museo Nacional de Artes Visuales cambia de mando

Largamente anunciado, desde fines del año pasado, el nombre de Jacqueline Lacasa circuló en los medios artísticos generando polémicas, cartas, reuniones de artistas, declaraciones y entrevistas que, lejos de apaciguar el enrarecido ambiente, contribuyeron a crear tensiones inconvenientes. Desde luego, y es consenso unánime, el principal reparo se disparó con la designación directa, como ya es tradición en el país, y no el llamado a concurso, una práctica que los políticos proponen desde sus plataformas electorales para luego olvidarla en el poder. Un tema tan delicado debió ser manejado con mayor discreción hasta su resolución definitiva. Por fin se llegó a la solución con la firma del Poder Ejecutivo de la designación propuesta.

Jacqueline Lacasa (36, casada, 3 hijos, psicóloga, artista, docente y curadora) propuso un plan, todavía no divulgado, de dos años para orientar la principal pinacoteca del país. Enorme responsabilidad para el corto tiempo. Lacasa, que comenzó a ejercer el periodismo cultural en LA REPUBLICA, en excelentes entrevistas a jóvenes artistas locales, junto con la publicación La hija natural de J.T.G, indagando en personalidades nacionales, tiene antecedentes de buen profesionalismo en las muestras que realizó y se caracteriza por el temperamento comunicativo, franco, cordial y entusiasta hacia los problemas artísticos, vinculada a las generaciones últimas pero en contacto con las anteriores. Ese impulso jovial y el compromiso que asume en su labor es bienvenido en una sociedad donde los gestos adustos y la incomunicación, la ausencia de diálogo, la no aceptación del Otro y de las diferencias, predominan.

Desde luego, enfrentará graves problemas. Desde administraciones anteriores el MNAV ni siquiera cuenta con un rubro de mantenimiento, los funcionarios escasean, el edificio tiene serias limitaciones de espacio para desarrollar una actividad múltiple, atender el arte del pasado y del presente, nacional e internacional, informar y formar al público, atender el aspecto educativo de niños, jóvenes y adultos, comunicar en tiempo y horma sus actividades. Aún con la buena disposición de colaboradores, que desde ya no son pocos, y de la vitalidad que pueda contagiar Lacasa, el desafío es enorme pero los hechos irán dando cuenta del acuerdo entre esos antecedentes y las realizaciones.

 

El museo y Kalenberg

Lacasa no se encuentra con un museo moribundo. Es cierto que ha sido marginado por las autoridades de antaño y hogaño, por cierta prensa y ciertos críticos, indiferentes a una labor que en numerosos períodos supo estar a la altura de los más exigentes centros internacionales durante varias temporadas pero que no fueron registradas.

Cuando Angel Kalenberg asumió en 1969, designado también directamente, tenía la misma edad de Lacasa. Venía de crear y dirigir el Instituto General Electric (1963-68), un centro de vanguardia por donde circularon personalidades descollantes del ámbito nacional (Alamán, Sposito, Nóvoa, Ramos, Cuneo, Sábat, Ventayol, Teresa Vila, Costigliolo, Amalia Nieto, Cristiani, Suárez, Tomeo, Martín, Bresciano, Platschek, Barcala, Frasconi) e internacional (Julio le Parc, Carlos Alonso, Rómulo Macciò, Jorge de la Vega) realizando el primer festival de música aleatoria con participación de Viglietti (hizo la primera performance que se conoce en el país), Conrado Silva, Diego Legrand, Ariel Martínez dando a conocer piezas de Luciano Berio, John Cage, Nam June Paik, Stockhausen, Ligetti, Maciunas y Varese, entre otros memorables compositores, realizar festivales de cine independiente, simposio de escultura al aire libre e invitar a conferencistas ilustres (Clement Greenberg, Michel Ragon, Pierre Restany, Jorge Romero Brest, Luigi Nono, Umbro Apollonio, Waldo Rasmussen) y de integrar la Comisión Nacional de Artes Visuales a partir de 1967, dos importantes experiencias que lo pusieron en contacto con personalidades del exterior.

Estaba pues, preparado para dirigir el Museo Nacional de Artes Visuales. Dispuesto a sacudir la modorra de una institución suavemente dinamizada por el arquitecto De los Campos y Kalenberg condujo con firmeza renovadora. La colección permanente se hizo rotativa (aunque siempre discutible en su concepción y el montaje), incorporó muestras temporarias de artistas nacionales (Barradas, Torres García, Carlos González, Gurvich, de Arzadun, Amalia Nieto, Testoni y trajo a uruguayos en el exterior (Camnitzer, Silva Delgado que dejó el jardín donde antes era un terreno baldío, Frasconi, Capelán). Se abrió a emprendimientos externos como el Premio Paul Cézanne, los salones nacionales, que se hacían en la Comisión Nacional de Artes Visuales, y el Premio NMB Bank, integrados por creadores locales. Desfilaron muestras internacionales de celebridades (Bauhaus, Gaudí, Calatrava, Calder, Klee en dos oportunidades, Rodin, Picasso, Mirò, Wifredo Lam, Rufino Tamayo, Kounnelis, Joseph Beuys, Bissier, Droese, Mucha, Uecker, Rembrandt, Rosemarie Trockel, obras del Museo Vaticano, dibujos del Ermitage de Leningrado, arte argentino actual, artistas alemanes contemporáneos, dadá y el surrealismo, la Colección Costantini, numerosos artistas españoles con destaque para el Equipo Crónica, una selección de videos de Bill Viola, entre otras) que lo convirtieron en un referente indispensable dentro y fuera del país. Reconquistó un público que trepó a 650 mil visitantes en la muestra del Vaticano y Rodin atrajo a medio millón de personas. Actualmente hay un público virtualmente asociado que frecuenta los videos de fin de semana y los cursos. La docencia no se descuidó. El grabado contabiliza a los maestros Solari, Cardillo, Pavlotzky, Testoni, Ramos, Leonilda González y David Finkbeiner, fabricación de papel artesanal a Lawrence Baker, videoarte a John Sturgeon y orfebrería en metal a Arlene Fisch, seminarios y conferencias estuvieron a cargo de Juan Acha, Romero Brest, Christos Joachimides, Damián Bayón, Pierre Restany, Anthony Blunt, Achille Bonito Oliva, Robert Ronenblum, Nelson Herrera Yslas y otros. El museo editó o participó en la edición de 192 catálogos y 83 videos. Se realizan cursos permanentemente y el referido a Arte en Uruguay, en 2006, desbordó la capacidad de la sala. Un lujo.

Los desmemoriados de siempre prefieren soslayar estos valiosos acontecimientos, que envidiaría cualquier museo del mundo, y enfocar las fallas, faltas y omisiones. Que fueron varias, por cierto. Nadie es perfecto, aunque no es el momento, el de la partida, para señalarlas.

Pero también amplió el museo con el arquitecto Clorindo Testa (colaboró en la fachada del Instituto General Electric, hoy tapada por anuncios comerciales), presentó obras polémicas, creó un auditorio, amplió la biblioteca con cerca de 20 mil ejemplares, instaló y equipó una isla de edición de video mediante la cual el museo filma y edita las exposiciones que presenta, multiplicó el área de exhibiciones y dispuso un enrejado perimetral también de Clorindo Testa y una cafetería refinada. De las 178 obras, más 54 copias y reproducciones, al abrir el museo en 1911, hoy en día suman 6.584, incluida la adquisición de 437 obras de Barradas, el mayor acervo de este artista. Y como se comprobó, luego de una denuncia inconsistente que no debió ser escuchada, no faltó nada según el dictamen de la investigación.

Kalenberg cumplió 38 años en la dirección. Demasiado tiempo. Mas allá de sus eminentes méritos de historiador, Pivel Devoto en el Museo Histórico Nacional batió el récord con 42 años, y nunca nadie chistó por el criterio anacrónico de la colección afirmando, él mismo, ser «muy quedativo». Una actitud similar parece contagiar otros ámbitos. Es cierto que 38 años y aún diez (un lapso razonable), por exitosa que sea una gestión cultural, no es conveniente para la permanencia directriz, más aún en los frenéticos cambios que se producen en la actualidad. Hay que atender una gran dinámica de transformación artística y asistir a la mayor
ía de las muestras internacionales para estar debidamente informado y actuar con conocimiento de causa. Por eso, es necesario brindar oportunidad a nuevas generaciones, preparadas sólida y convenientemente, con audaces ideas, para dinamizar una actividad que necesita evitar la rutina, esa pérfida condición inevitable, inherente a cualquier funcionario por inteligente que sea. *

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