Historia prohibida

La alienación, como temática artística particularmente taquillera, ha sido explotada desde tiempos inmemoriales y con disímiles resultados, pero, al parecer, la fascinación y el temor que despierta, aún hoy, la convierten en materia redituable y recurrente.

Si bien se han estudiado, catalogado y analizado concienzudamente las patologías mentales, algunas tan antiguas como el hombre y otras paridas por las vicisitudes propias de nuestra convulsionada realidad actual, parece persistir en el ser humano una morbosa atracción hacia aquellos estados de la mente que se consideran alterados.

Lejos estamos de la justificación mística o filosófica de la locura de otras épocas, aunque, muchas veces, el límite de lo que se considera cordura y lo que se ve como un estado malsano, varía considerablemente con el tiempo, las culturas y las concepciones existenciales.

Por lo tanto, aún es dificultoso discernir qué se considera sanidad mental y qué se ubica dentro del terreno de la enfermedad, despertando esta catalogación encendidas polémicas entre expertos, aficionados y legos.

El autor uruguayo Alejandro Nathan, al escribir «Historia prohibida», tuvo la misma inquietud de tantos otros que lo precedieron, de retomar una temática atrayente, de probado impacto y de innegable atractivo para el público consumidor.

Cabe recordar, por otra parte, que tanto la literatura como el cine, principales formatos artísticos en los cuales se ha abordado el tema hasta el hartazgo, ofrecen actualmente una nueva visión sobre el alienado, retratándolo, en algunos casos, como un ser dotado de una gran inteligencia, evidente aún en medio de su perturbación mental.

Esta es precisamente una de las características principales del personaje que protagoniza esta novela: la inteligencia, la capacidad de análisis, que, en un principio, pone al servicio de una profunda introspección, para luego utilizar a favor de su locura.

El autor de este anodino relato ensaya una pormenorizada descripción de las actividades más rutinarias que realiza su personaje, con una recurrencia rayana en la exasperación.

En este contexto, sorprende la permanente alusión al aseo personal del protagonista, la cual abunda en detalles irrelevantes que poco aportan a la narración. Resulta realmente incomprensible el esmero del autor por detenerse en estas vaguedades, que ocupan casi la tercera parte de la obra.

Luego de casi medio libro de largas y pormenorizadas duchas, el protagonista se enamora de una vecina que reside en el edificio de enfrente. En esas circunstancias, descubre, sin aparentar demasiada sorpresa, que en el living de su casa yace apuñalada una persona con la cual tuvo un trivial entredicho callejero.

Luego de llamar a la Policía, es detenido y encarcelado, aunque sigue sin establecerse fehacientemente si el personaje creado por Nathan es realmente el responsable del misterioso crimen.

Estando en prisión por un homicidio que no queda claro si realmente cometió, el protagonista comienza a padecer la fase más crítica de su alienación, proceso que ya se evidenciaba tímidamente en la primera mitad del libro.

Lo que sigue es, obviamente, un insólito catálogo de lugares comunes, disquisiciones pseudo filosóficas, esquizofrénicas «revelaciones» y poca cosa más.

Al leer «Historia prohibida», del empresario Alejandro Nathan, recordamos aquella célebre sentencia del genial Ortega y Gasset: «No sé por qué tanta gente se siente en la necesidad de escribir un libro». *

(Ediciones Trilce)

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje