Cerrazón y otros cuentos
En el primer tramo del siglo pasado era común que escritores uruguayos publicaran sus narraciones en las páginas de periódicos y revistas varias de Buenos Aires.
Luminarias como Juan José Morosoli, Horacio Quiroga o Javier de Viana, lograron, además de ganarse la vida, obtener mayor difusión y reconocimiento mediante esta modalidad.
Algunos de estos luego prestigiosos literatos recogieron aquellas tempranas narraciones en algunos volúmenes recopilatorios, en la medida en que el escuálido medio editorial rioplatense se los permitió.
Dicha práctica de acercar la cultura a la gente, a aquellos que tal vez por su condición económica o por falta de información no accedían normalmente a material literario, fue decayendo con los años, y ya a mediados de la década del cincuenta fue prácticamente abandonada.
Sin embargo, la costumbre recobró parte de su impulso en las páginas del suplemento dominical del hoy desaparecido diario «El Día».
Durante casi dos décadas, el autor compatriota José Monegal supo ganar merecida fama nutriendo el suplemento con sus trabajos literarios, que destacaban por un marcado tono costumbrista, pero despegado de la trillada apelación a la nostalgia y a la exaltación bucólica, tan común en muchos de sus colegas.
En «Cerrazón y otros cuentos» se recopilan veintidós de las más destacadas narraciones publicadas por Monegal en el suplemento de dicho medio de prensa, desde principios de la década del cincuenta hasta su fallecimiento, en 1968.
José Monegal (1892-1968) había sobresalido previamente en géneros como la poesía y la dramaturgia, además de narraciones, novelas y abundantes artículos sobre la historia del Partido Nacional, sobre cuyo héroe mítico, Aparicio Saravia, escribió la primera biografía documentada, aunque de tono marcadamente partidario.
Una destacada porción de sus relatos, al menos de los que publicó en el suplemento dominical del diario «El Día», mostró una notoria influencia ideológico partidaria, en la cual intentó recrear un Uruguay ruralista y caudillesco, del cual, por entonces, quedaban cada vez menos rastros.
Más allá de su adhesión política, el trabajo narrativo de Monegal está fuertemente marcado, más que nada, por su tono sencillo y por momentos crudo, alejado de toda mitificación telúrica.
El autor se vale de dos recursos fundamentales, que vertebran toda su obra: el humor por momentos paródico, caricaturizando personajes otrora típicos de nuestra campaña, y la minuciosa recreación de la psicología de cada individuo, a menudo conformada por diálogos breves pero elocuentes.
Monegal supo cultivar la modalidad del cuento corto, debido al acotado espacio del que disponía, que era apenas una página en formato tabloide.
Quizá debido a esta escasez de espacio, los ambientes en los cuales se mueven los personajes están esbozados escueta pero elocuentemente, dando preeminencia al desarrollo de la acción dramática.
El formato al cual debió ceñirse, lejos de limitar o encorsetar su capacidad narrativa, hacía a Monegal probar nuevas formas discursivas y valerse de la economía de adjetivos, lo que lo tornaba conciso y por momentos escueto. Sin embargo, esa circunstancia contribuía a potenciar el impacto dramático de cada metáfora y cada frase.
El escritor nutre también sus historias con referencias e impresiones de otras disciplinas artísticas que también supo cultivar, lo que otorga a los relatos que integran esta selección una inusual dimensión estética. *
(Ediciones de la Banda Oriental)
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