"LA REINA", CON HELEN MIRREN, EL OSCAR A LA MEJOR ACTRIZ

Apenas una mirada diplomática y superficial

No han sido las únicas condecoraciones, por cierto, ya que la actriz, además de quedarse con la estatuilla de Hollywood (un secreto a voces desde su candidatura), ha logrado múltiples distinciones internacionales que van desde el Festival de Venecia hasta el Premio del National Board Review de Estados Unidos. Una premiación personalizada que también compartió con otros méritos como el Goya a la Mejor Película Europea para un largometraje que, en definitiva, se apoya sustantivamente en su presencia y casi deja de latir cuando la actriz no está frente a la cámara.

De todas maneras cabe señalar, en plan de aguafiestas, que esta multipremiada producción también acusa ciertos detalles que, luego de apagados los bombos y platillos, pueden hacerla bajar varios peldaños hasta posicionarla en la razonable categoría de obra menor.

Es que, en sí misma, la realización no deja de ser una especie de abreviada miniserie sobre el trágico accidente de Lady D en 1997 y las repercusiones que esa muerte tuvo en la familia real. Con una visión más respetuosa que ácida, Frears no hace más que estructurar un diario de viaje de corte light con Helen Mirren como capitana de a bordo. Lo que sucede es que esa mirada es diplomática, superficial y bastante benevolente para con los personajes que retrata: como si se percibiera demasiado el cuidado que se tomó para no ofender a nadie, «La reina» impresiona ­en definitiva­ como un largometraje desabrido como el five o’clock tea sin azúcar.

Algo similar ocurre con la caracterización de Mirren en el papel de Elizabeth II ya que, más allá del buscado impacto visual que supone la similitud a nivel fisonómico y gestual, no existe mayor compenetración con el personaje en cuestión. Sin desmerecer la capacidad histriónica de Mirren, en «La reina» hay más retrato fotográfico que elaboración de carácter.

El espectador que busque el alma detrás del maquillaje no logrará mayor éxito porque tanto el desempeño actoral como el largometraje en su conjunto no parecen apostar al espíritu de una historia sino a una crónica doméstica de resonancia mundial. (En frío, luego de que las luces del escenario comienzan a menguar, quedan algunos espejitos de colores envueltos para regalo y poco más).

Es una lástima, porque la situación daba para más con esta historia ficcionada que podía desnudar los entretelones de una fachada monárquica pero que apenas se atreve a tirar algún dardo con anestesia.

Para un director que partiera de una base como «Ropa limpia, negocios sucios» o la célebre «Relaciones peligrosas», este filme plantea un traspié a nivel artístico, a pesar de los reconocimientos. El hecho de que Mirren y la propia reina Elizabeth hayan terminado tomando el té juntas en el Palacio de Buckingham (luego de que la actriz fuera premiada con el Oscar) es verdaderamente significativo. God Save the Queen. *

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