No es sólo resistir, falta aún memoria
Comienza el protagonista diciendo que viene de la sala de torturas; la obra se ocupa de esas treguas, de la vida en el penal de Libertad, de la muerte de los padres y de la libertad; esperamos el diálogo torturado torturador, pero no llega. Hay un momento en que empieza a ponerse interesante, cuando el preso habla de su «responsable», que lo atormenta en exclusividad e impide que otros lo hagan, cosa que el preso parece, retrospectivamente, agradecerle. Este relámpago de una verdad más penosa que el submarino o la picana, el síndrome de Estocolmo, es el único momento en que la pieza logra captar nuestro interés.
El tratamiento del tema parece, como decían los comunicados de las Fuerzas Conjuntas, de carácter informativo: el vocabulario es reducido, la atmósfera fría y nada se dice que no supiéramos previamente. Si recordamos «Paso de dos» de Eduardo Pavlovsky, vemos cuán tenso y desgarrador para ambos puede ser el dúo del verdugo y la víctima; y no debemos olvidar que en la pieza de Pavlovsky la mujer, a la vez, muere y triunfa. Se dirá que esta trama es novelesca; diremos que el binomio perseguido perseguidor es real y que hay victorias a lo Pirro o a lo Napoleón en Rusia, y derrotas que triunfan, como Leónidas en las Termópilas o Jesucristo en la cruz. No se encontrará tensión, drama, emociones en «Resiliencia». Toda la obra es superficial, lineal, exterior. Nada o casi nada sabemos del protagonista: por qué estuvo preso, revolución pretendía, cómo modificó su vida el cautiverio. No conocemos ni su edad, ni sus amigos, ni sus amores. Se tiene la sensación de que el héroe ha pasado por experiencias extremas que no le han servido de nada o que no quiere expresar. El autor ha visto el infierno, pero no quiere o no puede describirlo. La nueva de la muerte de la madre equivale, en la escena, a una notificación. Luego nos dice el preso que el padre se suicidó; pero no hay ni una conjetura de si lo hizo porque no pudo soportar la vida sin su compañera. Incidentalmente, nos parece falsa la reacción del preso ante el suicidio del padre: cuando alguien que amamos se suicida, no pensamos en todo lo que aún lo necesitamos (podemos no necesitarlo; podemos no necesitar a nadie). Nos duele saber que nuestra existencia, nuestra amistad o nuestro amor, no fue suficiente motivo para mantenerlo vivo.
Este rasgo gélido, casi diríamos mortecino, es una constante en las obras de Liscano que hemos visto en teatro. En «Mi familia», que se dio primero por la Comedia Nacional (dirección de Ernesto Clavijo) y luego por El Galpón (2003) sucedían cosas tan horrendas como padres que venden a los hijos e hijos que venden a los padres, pero no había dolor ni indignación. » El informante» narraba una complicada historia, también a través de un monólogo; no había un solo momento en que aquello pareciera vivir.
En la convicción de que podemos estar equivocados, buscamos otras opiniones sobre el arte de escritor de Liscano y encontramos un fragmento de Alicia Migdal, cuya prosa corresponde punto por punto a la nebulosa glacial que vemos en la obra del autor. Escribió Migdal: «El mundo literario de Carlos Liscano es un mundo de dos, de un dúo fantasmático» (sic) «el de la víctima y el victimario en un diálogo imposible que adopta distintas definiciones, posiciones y situaciones en la organización escrita…Es (Liscano) el único varón que a partir de la revelación de su cuerpo torturado ha indagado literariamente la detallada intimidad de ese cuerpo con la consciencia». Diálogos imposibles, pero lo bastante corpóreos como para adoptar posiciones, intimidad del cuerpo con la consciencia, de la que se sabe, además, que es una intimidad detallada… demasiado sutil para nosotros. Pero han habido varones, además de las mujeres, que supieron hablar, con elocuencia y belleza, de la experiencia del dolor y de la tortura. Mauricio Rosencof, Eleuterio Fernández Huidobro, María Condenanza en «La espera», (el monólogo final de Paola Venditto en «Memoria para armar» de Horacio Buscaglia), Luis Fourcade en «Compañeros».
La puesta en escena rimó con la aridez del texto. Aparece Alvaro Armand Ugon, un buen actor, con personalidad y presencia, vestido con saco y pantalón y una lámpara cerca o en la mano. Se da vuelta el saco, queda en paños menores, juega con la luz; habla por espacio de una hora. No hay una conclusión, porque nada había comenzado. Se nos dice un texto de memoria; muy poca diferencia habría con haberlo leído.
Incidentalmente, el tema de los presos políticos, las desapariciones, las torturas tiene tanta y tan apasionante actualidad en el escenario judicial, que el teatro no puede competir con él. Queda por tratar, virgen aún, el tema de los cómplices civiles de la dictadura, los que integraron el Consejo de Estado, los ministerios, los directorios de los entes autónomos, los asesores civiles de la Justicia militar. En Alemania están aún en eso, firmes en el propósito de erradicar al nazismo. No se habla de reconciliación con el nazismo. *
RESILIENCIA, de Marianella Morena, basada en «El furgón de los locos» de Carlos Liscano, con actuación de Alvaro Armand Ugon. Banda sonora de Paola Dalto, iluminación de Alvaro Armand Ugon, dirección de Marianella Morena. En el teatro Off Metro.
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