Bajo el agua
Hasta el verano de 1911, Winston Churchill, secretario de Interior de Gran Bretaña, solía criticar el creciente gasto militar. En julio de ese año, el káiser Guillermo envió un barco de guerra al puerto de Agadir, en la costa de Marruecos, a fin de comprobar la influencia francesa en Africa. Aunque el barco retornó muy pronto a Alemania, esto bastó para convencer a Churchill de que la guerra era inevitable y había que prepararse para ella.
Inspirado por este recuerdo, le pregunté a un amigo cómo Uruguay podía prepararse para lo que se viene de la mano del cambio climático. Y me dijo: -Si las ciudades fueran mujeres, bastaría con que usaran tacos más altos.
No fue una humorada. Apeló a un sentido común chispeante porque se dio cuenta de lo que vendrá: las inundaciones no cesarán; cada vez serán peores. Lo sabe porque se informó de las consecuencias del calentamiento global calculadas para las próximas décadas. Y sabe también que el drama mayor no son las familias asentadas en zonas de alto riesgo, sino la ubicación de demasiados centros poblados al borde o muy cerca de vías de agua de caudal diverso. Es algo que nació con Artigas: cuando mandó fundar lo que hoy se conoce como Carmelo dio orden de que la gente se instalara al borde de un arroyo.
Haría bien el gobierno en desarrollar sus ideas sobre la cuestión partiendo de esta cruda realidad. Es muy compleja la tarea que alcanza a divisarse, una cosa de años y años. Ah, pero no hay camino que pueda recorrerse si no se da el primer paso.
Lo esencial es el objetivo. Está bien realojar a quienes viven en las áreas más comprometidas. Sólo que no bastará. Habrá que hacer obras de infraestructura enormes y pensar en quién sabe qué otros originales cambios y nuevas defensas.
De otro modo, a nuestros descendientes no les quedará más remedio que lograr el estado anfibio. Salvo que la evolución de la especie los bendiga con un regreso a los orígenes y les permita vivir bajo el agua.
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