Un buen salón con aspectos polémicos
El 52º Premio Nacional de Artes Visuales María Freire (Museo Nacional de Artes Visuales) correspondiente a 2006, prolonga, sin nombrarla, la tradición de los salones. Hay cambios sustanciales, sin embargo. De anual pasó a bienal, se editó un importante y bien diseñado catálogo que, por primera vez, es digno de la máxima convocatoria de artistas nacionales. Una doble inauguración es una bienvenida innovación (marcadamente oficial en Maldonado, más apagada en Montevideo por ausencias notorias aunque sin retacear el carácter de fiesta cultural) y la selección ostenta un parejo buen nivel, inevitable al limitar la admisión forzada a 52 artistas para coincidir con el numeral de la edición. La idea es simpática pero recorta por anticipado la representación general del país que debió ser, imperiosamente, más amplia ya que es una de las escasas posibilidades que tienen los artistas de integrarse a un panorama general.
El discutido reglamento, confuso en sus disposiciones, indispuso a muchos interesados en participar y así se notó la ausencia de figuras relevantes y, las que se animaron, obtuvieron el desdeñoso rechazo. Hubo dos jurados. El de selección nacional, el más arduo, transcurrió en un cuarto piso abandonado y de nada valieron las encrespadas protestas de los concursantes, algunos al borde de la dimisión. En condiciones desfavorables de apreciación, no es de extrañar la ocurrencia de flagrantes injusticias. Por primera vez, no se publicaron las actas del jurado ni tampoco los fundamentos de aceptaciones y premios. Al segundo jurado, el de premiación, se agregaron además de los tres miembros del anterior, dos provenientes del exterior (Argentina y Paraguay). Si bien es interesante escuchar el punto de vista ajeno, siempre se corre el riesgo de apreciaciones incorrectas al no estar familiarizado el jurado con las obras. Sucede con las bienales famosas. Y después de todo, un solo invitado era suficiente.
Otra novedad se introdujo al incluir un curador del salón que además de elaborar las discutidas bases pergeñó un extenso texto y se responsabilizó en crear apartados «poéticos» en el montaje que en la práctica no funcionaron ya que las obras podían ser fácilmente intercambiables. Las leyendas de pared no facilitaron la comprensión del vasto público, que, en parte, se vio compensado con las visitas guiadas, otro acierto.
Al admitir trabajos ya exhibidos, se resintió el factor sorpresa en realizaciones recientes y si en algunos casos se beneficiaron (Claudia Anselmi, Rafael Lorente, Alvaro Gelabert y Felipe Secco en generoso espacio donde luce su integración a la arquitectura) al potenciar pocas obras de las instancias individuales conocidas, en otros resintieron su impacto (y la comprensión de la idea) en la reducción numérica (Alfredo Ghierra, Daniel Gallo). Esas limitaciones o alteraciones al contexto espacial original, no disminuyen el atractivo del salón. Predomina la pintura, como era de esperar, con sólida representación (Javier Bassi, Analía Sandleris, Linda Kohen, los jóvenes en significativo ascenso Sergio Porro, Fabio Rodríguez y Santiago Velazco). Faltaron escultores y los fotógrafos (que forman legión) si bien Juan Angel Urruzola, Federico Rubio y Juliana Rosales se hacen notar. En el lenguaje audiovisual, los representantes son más esforzados oficiantes que logros conseguidos. Hay aspectos parciales sumamente interesantes en Javier Gil aunque la integración de neorrealismo y pintura no parece bien articulada; destacan las bondades de Fernado Sicco y su impecable técnica, mientras ya resulta fastidiosa la insistencia de Martín Sastre en el collage narrativo procedente de programas televisivos.
Las discrepancias con las premiaciones son inevitables. Es compartible la distinción a las xilografías monumentales de Gabriel Lema: constituyen un acierto en su visible aprovechamiento de la madera y la contundencia de la imagen. Y si hay audacia en otorgar la recompensa principal a Cecilia Vignolo con la performance de cuatro horas de poética desnudez sobre la tierra y en caja de vidrio, más el registro videográfico y la intervención urbana, obra en tránsito que se extenderá 35 años (tema obsesión de la artista desde hace una década que ahora adquiere dimensiones socioculturales específicas), tuvo mejores hallazgos en la Unión Latina, si bien es obvia la creciente devaluación de género performático, que tuvo su auge en otros tiempos.
Una de las obras mayores, por su inventiva y su fuerte expresión, es la de Olga Bettas, utilizando elementos cotidianos como objetos de la sexualidad y sus connotaciones agresivas, donde cada elemento está cuidadosamente elegido e integrado con inteligente expresión; el barroquismo pujante y desacralizador de los collages de Juan Burgos, la serena, empecinada búsqueda de la verdad en el fallecido Mario D’Angelo; la densidad conceptual de la instalación de Rulfo con presumibles guiños secretos a Bruce Nauman y Mona Hatoum; la sencilla, eficaz instalación de Paulino Duarte, la emocionante conceptualización de Diego Focaccio y la encantadora instalación parietal de Andrea Filkenstein además del ajustado proyecto de intervención urbana a cargo de Andrés Cribari, Claudia Ganzo y José Giovannoni.
La respuesta del público ha sido ampliamente positiva y aunque escasean revelaciones de peso como en anteriores ediciones más desparejas, pero al mismo tiempo más abarcantes en su inclusiva comprensión de obras menores pero de referencia en el escenario artístico nacional, el 52º Premio, sin deparar grandes sorpresas, manteniendo una tonalidad monocorde de calidades, es uno de los más aceptables de los últimos años. *
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