Pasión y muerte de un pequeño gran hombre
El grabador de Howard es un juguete, pero es un juguete peligroso, en tanto registra impulsos y anuncia, todavía en media lengua, el idioma digital de hoy. Los grabadores de cinta desaparecieron antes que los viajantes; pero su progenie, más duradera, hizo desaparecer al gremio de Willy en los agujeros negros de Internet.
Con el abismo ante sus ojos, Willy Loman, que tiene un nombre de conquistador y un apellido que alude a virilidad, afirma que el hombre prevalecerá. El hombre, por modesto que sea, es el legislador del universo. Vemos al mundo a través de un lente; pero construimos ese lente, y lo que vemos, deformado y parcial, es realidad. Willy es hoy mucho más un Don Quijote del siglo XX, listo a embestir molinos de viento, que en la época del estreno de la pieza de Miller; su ética del éxito nos suena arcaica, como extraída de un libro de caballerías. Por momentos sentimos que lucha, con muy desiguales armas, más contra el mundo que le sobrevino y que lo mata a distancia, que contra sus pecados y fracasos; y aquí Willy adquiere contornos heroicos. Esa sensación de fatalidad, de destino al que no se puede escapar y donde no hay más villano que la organización misma de la sociedad, hace del protagonista un héroe y de la obra un monumento perdurable.
Al comienzo de la acción Willy tiene una especie de revelación, su camino de Damasco, en un lapsus donde no se reconoce a sí mismo y al mismo tiempo se reconoce como la nada. La vida ha pasado por él como un sueño. Es propietario de su casa, porque está a punto de cancelar una hipoteca; está por terminar de pagar las cuotas de un seguro de vida que, como parece necesario, anuncia y realiza su fin. Hay una ruta de muerte, paralela a la vida de Willy: adivinamos que la organización del trabajo, la suma de ventas, comisiones, recepciones, despedidas, terminan en un cadáver. Dice el cantor del capital en la era de la globalización, Thomas Friedman, que «…puede haber una fase de transición…durante la cual se produciría una baja en los salarios…miles de empleados de grandes empresas …se quedan sin trabajo…puede que algunos de los trabajadores de la información y la comunicación de los Estados Unidos tengan que cambiar horizontalmente a otros puestos de trabajo…» («La tierra es plana», pags. 241-243). Qué descansado, qué flexible ese «cambiar horizontalmente». La angustia del desempleo se calma con unos pasos, horizontales: un nuevo puesto de trabajo nos espera al cabo de un paseo. Crudamente, el hombre se enfrenta a su valor: quién soy; cuánto valgo. El espejo que se nos muestra es el dinero; el rostro que nos devuelve es de papel.
En esta obra maestra donde hay una perfecta articulación entre la anécdota individual y la trama social, encontramos un solo punto objetable. Es la historia de Biff, el hijo de Willy, con quien mantiene durante casi toda la obra una relación tensa, dolorosa, que nos intriga. Al final, en una de las escenas menos logradas de Miller, se nos muestra que Biff descubrió accidentalmente una infidelidad matrimonial de su admirado padre. Deja de creer en él. Cayó el ídolo: lo ve falso, aparatoso, hueco. Esta condenación es a medias justa y a medias injusta. El viajante actúa, representa un papel; Willy es, en parte, un comediante; representa el papel de buen marido y buen padre, pero en buena medida lo es.
La puesta en escena de Rubén Szuchmacher da los múltiples significados de la obra con la difícil sencillez que es la prenda del arte. No se ve por dónde fue armada; el resultado es impecable. Esa sencillez esconde, necesario pudor, una larga y provechosa preparación. La escenografía es mínima; un espacio es una construcción, que puede ser varios ambientes; antecede a un espacio verde, que puede ser el césped del porche, la tierra que pudo y debió sembrar Willy y el parque de un cementerio.
No es un mérito menor la dirección referida a la interpretación. Alfredo Alcón es Willy Loman, en la que será una de sus más recordadas actuaciones: adecuado en figura y gestos, sobrio y expresivo en la dicción, a la vez pequeño y grande, risible y a las veces trágico, Alcón pasa sin dificultad de uno a otro registro, nos conmueve siempre. María Oneto, cuya personalidad como actriz se agiganta día a día, hizo, pulcra y emotivamente, a la sufrida esposa; los hijos, Diego Peretti (Biff) y Luciano Cáceres (Happy), completaron el zarandeado ámbito familiar de Willy; también lucieron, dentro de un elenco sin fallas, Roberto Castro (Charley) y Carlos Bermejo (Tío Ben).
P.S. Como las entradas para «Muerte de un viajante» se agotan con tres semanas de anticipación, los lectores que deseen ver la obra durante algún viaje a Buenos Aires pueden adquirir sus localidades mediante tarjeta de crédito por el teléfono 005411 6320 5350. *
MUERTE DE UN VIAJANTE, de Arthur Miller, con Alfredo Alcón, Diego Peretti, María Onetto, Luciano Cáceres, Roberto Castro, Carlos Bermejo, Javier Lorenzo, Pablo Caramelo, Mónica Santibáñez y Francisco Civit. Escenografía y vestuario de Jorge Ferrari, iluminación de Gonzalo Córdova, supervisión musical y adaptación sonora de Bárbara Togander, dirección de Rubén Szuchmacher. En sala Pablo Picasso de Paseo La Plaza, Buenos Aires.
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