La moda en las cortes barrocas italianas

En los últimos tiempos surgieron en las principales capitales del mundo museos dedicados a la vestimenta y la moda. La pintura y la escultura, desde sus orígenes, registraron las transformaciones del traje. Reconstruir a partir de esas representaciones plásticas, más el agregado de documentación escrita y textos literarios, los vestidos originales supuso una paciente tarea. Sólo algunos casos aislados o fragmentos de un pasado subsistieron. Reconstruir las telas costosas de antaño (sedas, brocatos, terciopelos, encajes, hilos de oro y plata, joyas) y encontrar los artesanos capaces para realizar los trabajos, juntamente con historiadores y diseñadores, no fue fácil. Lo demostró Soledad Capurro en el Centro Cultural de España en su excelente sintética visión de la moda en Uruguay.

Fiesta en la Corte (Museo de Artes Decorativas, palacio Taranco) es otra exposición fuera de lo común. Sucesora de la anterior, Esplendor del Renacimiento, está referida a uno de los períodos más renovadores del arte, extendido hacia todos los lenguajes, con predominio del teatro, la ópera, las artes visuales y derivadas en una concepción fuertemente unitaria. La vida diaria (en los ámbitos cortesanos, claro está) se modificó sustancialmente durante el siglo XVII, con la teatralidad en los gestos, las grandiosas escenografías y los pasos de danza. Un vendaval de vitalidad recorrió las cortes europeas, más fuerte que las guerras y las pestes, agitando a las personas, la arquitectura, las representaciones pictóricas y escultóricas, con pliegues interminables en los tejidos y la piedra, por momentos surcados de erotismo.

Italia acogió el barroco con intensidad. Y uno de los aspectos más atractivos para entender la cultura epocal fueron las fiestas cortesanas y los desfiles espectaculares. En esos rituales aristocráticos, a los cuales pertenecieron los mayores artistas, se filtró el gusto y la sensibilidad de una sociedad. Partiendo de Carrusel en honor de Cristina de Suecia, cuadro de Filippo Gagliardi y Filippo Lauri, un equipo de especialistas reconstruyó los suntuosos trajes cortesanos con rigor minucioso en el diseño, texturas y colores. El asombro se instaló en el palacio Taranco: caballeros y caballos ricamente vestidos y enjaezados con tocados de plumas enormes, un vestido femenino con gorguera y una cola de ocho metros de largo, el baldaquín que llevan los nobles, todos de blanco, las mujeres de alegorías teatrales, trajes de príncipes y princesas, trajes de cardenales y obispos (los únicos que subsisten, aproximadamente, hasta hoy con parecido lujo en las ceremonias religiosas) son objetos hermosísimos de una artesanía llevada a su máximo poder expresivo.

Sin embargo, el palacio Taranco no es el mejor lugar para la exhibición. A excepción de la sala principal, las demás son demasiado pequeñas para obras que reclaman amplios espacios para ser estimadas en el contexto adecuado. El museo del parque Rodó era el más adecuado. Tampoco el catálogo, con excelentes reproducciones, es satisfactorio en el diseño gráfico lejos del refinamiento barroco y los textos descriptivos, de corto aliento conceptual, no están a la altura de la extraordinaria muestra. *

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