VA A CAER EL TELON

Las pequeñas patriotas, en el teatro Solís

El teatro hecho por actores es un tema para monografías. Es un error casi siempre; su destino es a menudo feliz. Un brillante actor, Oscar Martínez, escribe una obra deslucida, «Ella en mi cabeza»; Roberto Suárez, único como actor (carácter, un rostro singular, presencia, intensidad, matices), es autor, entre otras obras, de «El bosque de Sasha» y «Rococó kitsch» y logró que para ambientar su última obra, «El hombre inventado», a la que asistió muy escaso público, casi se demolió la sala Verdi («A los creadores no se les pone límites», escuchamos).

Nos intriga que todas las obras escritas por actores tienen éxito: de público, de crítica o de ambas a la vez. Norma Aleandro tuvo encendidos elogios de un crítico como Ernesto Schóo para «De rigurosa etiqueta»; Martínez triunfa como autor, con «Ella en mi cabeza», tanto como fracasó, según crítica y público, como Valmont en «Las relaciones peligrosas» de Laclos.

El espectador está acostumbrado a solidarizarse con el actor. El actor padece para nuestra diversión: la dama lo engaña para que disfrutemos de sus celos; sentimos una intensa emoción, nada piadosa, cuando lo vemos morir atravesado por la espada de su rival. Adelantamos, además, una hipótesis de sobremesa: el actor ama lo que le fluye de los labios, a veces hermosas palabras; las asimiló tan bien que las siente propias. De ahí a creer bueno lo que le traspasa la barrera de sus dientes, que recita con la misma convicción con que dice a Shakespeare, no hay más que un paso.

«Las pequeñas patriotas» es una buena muestra de un defecto, aun más curioso que todo lo anterior, que aparece casi siempre en el teatro hecho por un actor.

Cuando interpretan obras ajenas, saben trabajar con réplicas y dúplicas, variados registros, cambiantes volúmenes de voz, escenas donde toman la palabra, contraescenas donde callan y comentan in pectore la acción. Perciben un desarrollo, un florecimiento que culmina en una crisis, en un relámpago de lucidez, luego de lo cual vuelve la paz a la platea. En cambio, cuando quieren ser autores pierden de vista a la dialéctica. «Las pequeñas patriotas» es monocromática y monótona; si se diera comenzando por el fin y concluyendo por el principio, apenas se notaría la diferencia.

La pieza muestra a dos escolares en la abominable fiesta de fin de año. La juiciosa abanderada (Adriana Aizenberg) que hace todo bien, arrastra, ordena y padece a la ingenua escolta (Norma Aleandro) dispuesta a que todo salga mal. Recitan, cantan, bailan: todo es tan aburrido como la celebración que se representa, pero más largo. Hay un espectáculo lateral, a cargo de la maestra, siempre entre solemne y ridícula, que toca el piano (M. Montes). Asoma como por azar la crítica al chauvinismo, a la vacuidad de las efemérides; es una crítica que no va lejos. Es una lástima, en estas épocas de delirante nacionalismo, donde vemos a gente dispuesta a pelear, y tal vez a algo peor, por no ver la chimenea de una fábrica de celulosa. Es preciso desmontar los mecanismos de manipulación social que llevan de marcar el paso, jurar la bandera, oír de pie el himno y espléndidos desfiles bajo el sol a los sombríos submarinos, picanas, cadenas y capuchas de los beneméritos ejércitos, marinas, aeronáuticas.

Norma Aleandro llevará público al teatro aun cuando a los 70 años haga de niña. La gente va a verla; a su público le importa muy poco el teatro. Sus últimas actuaciones en obras en serio fueron «Viaje de un largo día hacia la noche», de O’Neill, y «El juego del bebé», de Albee: aquella fue un error, de principio a fin; la obra de Albee vivió por la interpretación de Jorge Marrale. Sobrevinieron a Norma Aleandro penosos reestrenos, como «Escenas de la vida conyugal», de Bergman, «La señorita de Tacna» de Vargas Llosa, recitados insípidos como «Norma ríe» o «Sobre el amor y otros cuentos sobre el amor». ¿Todo está perdido? Algo en nosotros se resiste a creer que «Las pequeñas patriotas» sea, recordando aquí a la novela de Pedro Antonio de Alarcón, «El final de Norma». *

LAS PEQUEÑAS PATRIOTAS, con Norma Aleandro, Adriana Aizenberg y M. Montes. Escenografía de Cristina Villamor, iluminación de Omar Possemato, dirección de Helena Tritek. Estreno del 12 de abril, teatro Solís.

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