Hace 25 años moría Cátulo Castillo
En sus sesenta y nueve años de vida, fue músico, director de orquesta, ensayista, compositor, dirigente gremial, crítico teatral y en sus años juveniles destacado boxeador, llegando a ganar un torneo argentino, participando también de las Olimpíadas de 1924 en Colombes, esas, donde Uruguay obtuvo su primer lauro mundial en fútbol. Pero, toda esta variada consagración suya estuvo subordinada a ser un hombre de tango y el creador de una infinidad de temas que cantamos, oímos y celebramos todos los días.
Nacido un 6 de agosto de 1906, es un producto genuino del porteño barrio de Boedo. Contó como primer maestro a su padre, José González Castillo, sainetero, poeta y dramaturgo, quien junto a Roberto Arlt y los hermanos González Tuñón marcaron a fuego a toda una generación literaria entre la que se contaron Cátulo y Homero Manzi.
Su casa era frecuentada por varios amigos de su padre, entre los que se destacaban Rubén Darío y Evaristo Carriego, a quienes Cátulo conoce en su juventud cuando ya le había puesto la melodía a dos poemas de su progenitor «Organito de la tarde» y «Silbando», este último lo musicaliza con otro personaje de Boedo, el pianista Sebastián Piana.
El poeta
En su Libro del Tango, Horacio Ferrer escribe con acierto: «Cátulo Castillo se encuentra entre los intelectuales de auténtica extracción popular, más originales, más completos y más puros que haya dado Buenos Aires».
Pero es necesario reconocer que también está ligado por temperamento literario y exaltación emotiva a lo que se denomina dentro del tango la «generación del cuarenta».
Compartió con Homero Manzi las tradiciones de Boedo y del sur de Pompeya, con sus gringos laburantes, sus casitas bajas, con patios al cielo abierto, al borde de calles de tierra, bodegones de turbios colores y luces de almacén. Allí está la razón por la cual los personajes de su canto fueron el hombre gris y la mujer marrón a quienes dotó de una conmovedora dignidad y con un refinado tratamiento poético y literario.
Fue un recreador de la nostalgia a la cual acudió para rescatar memoria y paisajes con un vuelo de poesía descriptiva. La evocación del arrabal en Tinta roja, los recuerdos de la niñez en Patio mío y Caserón de tejas, los personajes de la noche y del alcohol en Café de los angelitos y La cantina.
En toda una obra pareja y de elevado nivel se encuentran temáticas dispares como María, Patio de la morocha, La calesita, Luna llena, Viejo ciego, El último café, el homenaje que realiza a Manzi con A Homero y su mayor obra poética La última curda, que musicalizada por Aníbal Troilo se ha constituido en una de las piezas fundamentales de toda la historia del tango. Ya en sus últimas creaciones gira hacia el grotesco discepoliano con versos estremecidos y un enjuiciamiento a los comportamientos humanos y sociales del hombre, ¿Y a mí qué?, junto con Desencuentro, son dos notorios exponentes de un sabor escéptico.
Hombre de tango, respetó siempre sus códigos y sus raíces, jamás renegó de los frisos del arrabal con su dolor y desamparo. Pero supo elegir los testimonios de su época y de esa forma realizó un temario más amplio, que los poetas que lo precedieron como Pascual Contursi y Celedonio Esteban Flores. Sus temas estaban emparentados con la problemática de una ciudad que cambiaba aceleradamente, y él, se convirtió en un cronista de esos cambios y un narrador de la inquietud de sus habitantes.
El hombre
Más allá de la obstinada presencia diaria de sus tangos, tan perdurables y tan nuestros, debe rescatarse su personalidad franca de «laburante de la cultura», como gustaba decir a Osvaldo Pugliese. Se plantó siempre en defensa del patrimonio cultural de nuestros pueblos ante todo amague de extranjerización y sostenía con fundamento: «Creo que la canción ciudadana va a terminar siendo una especie de liceo, donde se podrá efectuar todo tipo de evoluciones».
Mantuvo siempre un compromiso gremial y de solidaridad. El de la mano tendida y generosa hacia todos los artistas populares y a todas las «Marías», que poblaron su ciudad de Buenos Aires. Siempre fue fiel a su entorno y a sus principios, jamás se cruzó de vereda. Para Cátulo Castillo la vida no fue una herida absurda. Como hombre y poeta de tango no podrá hacerse ningún estudio, ni podrá realizarse ningún análisis revisionista de nuestra canción ciudadana sin recurrir al aporte valioso de quien concibió líricamente la letra de La última curda.
Una mano dura, un golpe seco lo golpeó en el pecho y derrumbó a Cátulo para siempre. Fue el 19 de octubre de 1975 en el que uno de los más valiosos y genuinos hombres que tuvo el tango, cayó abatido por un infarto en la ciudad que él pintó de gris, olvido y alcohol, y que lo recuerda, en ambas orillas del Río de la Plata, desde el guiño del dial, con sus temas que no tienen fecha.
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