Luces y fulgores de un drama sombrío
Jorge Cifré y Estela Jauregui son un binomio animado de un amor al teatro por sobre todas las cosas. Lo han demostrado muchas veces. Presentaron en temporadas anteriores Esperando a Rodó, de Carlos Maggi, y Una carta perdida, de Ion Lucca Caraggiale, y ahora nos hacen conocer la obra, mucho más moderna en todos sus aspectos, de un muy interesante escritor norteamericano contemporáneo, Lyle Kessler.
«Conocer» es un decir, porque no es mucho lo que explícita y claramente dice Kessler y mucho menos lo que de él puede saberse a través de su obra. Huérfanos está escrita en el estilo de narración indirecta que ensayó magistralmente Chejov y que cultivaron Harold Pinter, Joe Orton y aun David Mamet: las palabras no siempre quieren decir lo que parece, la acción real es distinta y mucho más grave que la acción aparente.
Los huérfanos son, por lo menos, Pin (Fernando Pignolo) un hombre de modales y conducta gangsteril que sin embargo protege, en su estilo autoritario, a su hermano Daniel (Daniel Bello), que sufre de neurosis, de timidez, de soledad, de angustia, de falta de buen desarrollo psíquico o de todas estas cosas a la vez.
Allí aparece Miguel (Jorge Cifré), un hombre del que no se conoce mucho más que sus frecuentes alusiones a una peligrosa pandilla juvenil a la que pudo haber pertenecido y que se trae algo entre manos; pero también la pandilla o sus sobrevivientes parecen traerse algo entre manos.
Por momentos Miguel es la víctima de Pin, otras veces parece su mentor o su jefe. Se infiere, a partir de los cabos sueltos que el autor esparce sobre las tablas, una acción densa, ominosa, quizás maligna y trágica; pero sólo se ven algunos efectos a los que restamos importancia: amenazas, armas que relucen y cambian de manos, diálogos fragmentarios, un herido que agoniza.
Como en la vida misma, sólo conocemos una parte del tablero, la parte sumergida del iceberg nos está vedada pero sabe actuar a distancia. La escritura de Kessler, muy sobria, tiene la seducción necesaria para atrapar con la intriga al espectador; a medida que avanza la pieza, la conducta de los agonistas se rodea de interrogantes, el espectador siente que camina a tientas; por momentos se adivina que el autor es demasiado hábil y que juega con el público mostrándole y ocultándole la trama, como en una versión escénica del juego de la mosqueta. Al fin nos oprime imposibilidad de comprender la vida y quedamos tan intrigados como ante muchos sucesos de la vida real a los que no encontramos explicación.
La puesta en escena (Cifré y Jauregui) es cuidadosa, con una buena diagramación de los movimientos de los actores, que llenan cabalmente el espacio del teatro del Mercado. El ritmo de la pieza está logrado, el interés no decae, la iluminación es precisa y dramática; el espectador tiene la convicción de que se ha realizado fielmente el nada convencional proyecto del autor.
Merece un elogio especial la interpretación, bien integrada y unificada, donde la experiencia y el acierto permanente de Jorge Cifré, de larga y fecunda carrera como actor, encuentra un adecuado complemento en los más jóvenes Fernando Pignolo y Daniel Bello.
Huerfanos, de Lyle Kessler, en traducción y adaptación de Daniel Bello, con Daniel Bello, Fernando Pignolo y Jorge Cifré. Escenografía de Lucía Dorrego, vestuario de Ema Mahil, iluminación de Haydée Chocca, dirección de Jorge Cifré y Estela Jauregui. En Teatro del Mercado.
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