La extravagancia de Rafael Spregelburd

Más allá de los límites

Hoy, no menos terrible, La extravagancia de Rafael Spregelburd. ¿Qué pensar, si no, de esta historia de tres hermanas gemelas, María Bruja, María Socorro y María Axila, más una cuarta que murió prematuramente, de las que dos son legítimas y una adoptada, donde las legítimas están afectadas de un virus trasmitido por una madre que agoniza? Al lado de esta catástrofe triple o cuádruple, los desmayos de Marguerite Gauthier y las crisis nerviosas de su enamorado Armando parecen sobrios documentales sobre la vida y la muerte en el siglo XIX.

Lo anterior es todo lo que sabemos de la obra. Su desarrollo es complejo: una sola actriz (Susana Anselmi), salvajemente maquillada, peluca azul que oculta un dos en escena y pelo rapado amarillo limón, interpreta a las tres hermanas –dos en el escenario y la tercera, vestida de rojo, en un video–.

El estilo narrativo es la fragmentación de los episodios, lo que no deriva en ningún efecto dramático, sino en un movimiento circular, donde todo vuelve a suceder. La puesta en escena (María Dodera) abusa de la percusión en la parte musical, por supuesto que a todo volumen, y emplea las luces (Daniel Machado) perversamente: ilumina el piso junto a la actriz pero no a la intérprete, que pasa la obra entre ominosas sombras. Faltos de la perspicacia necesaria para comprender la obra en su totalidad –sólo podemos asegurar que la obra es extravagante– debe valernos la decencia: el propósito del autor es tan extraño, tan personal y privado, que no logramos siquiera conjeturarlo; y aun los medios empleados por la puesta en escena, que quizás pudieron ayudar al espectador, no sólo no contribuyeron a aclarar el panorama sino que posiblemente lo oscurecieron con sus paralelas extravagancias técnicas.

A falta de una buena crítica queremos ofrecer a nuestros lectores una síntesis del comentario del licenciado en Psicología Mauricio Ostria, que se distribuye con el programa y que explica, con claridad meridiana, esta obra. Brindamos a los lectores este magnífico fragmento de prosa española con la advertencia de que, dada la riqueza del lenguaje de Ostria, debimos sintetizarlo.

Nos informa el licenciado que la obra es didáctica: nos enseña que nuestra vida se formó en un tiempo, anterior a nuestro nacimiento, donde los significados carecían de signos; nos dice que la frecuentación de La Extravagancia es útil a quienes quieren conocer los sentimientos humanos o trabajan en el campo de la salud mental: la obra sacude –Ostria dixit– sentimientos de inseguridad, temor, desintegración psíquica y falta de identidad y además «…nos permite vivenciar la fijación al objeto especular (sic) la vizcosidad libidinal (sic) y la relación simbiótica que impide no sólo la separación sino el logro de la identidad…».

Pero el licenciado va más alla: deja por un momento la psicología profunda e incursiona en la crítica de teatro. Adelanta, siempre es bueno abrir un paraguas a tiempo, que la puesta en escena contiene «… un prolijosísimo (sic) trabajo de sonido y luces, lo que nos muestra un intento sino (sic) de ruptura por lo menos de inovación (sic)».

Comprendido. Si el lector es aficionado a la desintegración psíquica o a la viscosidad libidinal, La Extravagancia será un ‘must’ en su próxima velada de teatro.

La extravagancia, de Rafael Spregelburd, con actuación de Susana Anselmi. Escenografía y vestuario de Nelson Balbela, luces de Daniel Machado, música de Sylvia Meyer, dirección general de María Dodera. Estreno del 15 de octubre, Teatro del Carrasco Lawn Tennis, Eduardo J. Couture 6401.

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