Contra toda idea de desencanto
Cualquier liberalucho con aire yuppie o simplemente despreocupado, al toparse con el patrón de imágenes y la línea discursiva de Recursos Humanos, bien que podría inquietarse o hasta sufrir de cierta susceptibilidad por el sistema reflexivo crítico que se va imponiendo a lo largo del metraje. Saldría disparado de su butaca, seguramente. O en todo caso en esta era del punto com, calificaría esta estructura temática y narrativa –lejos de cualquier arsenal de efectos especiales, etcétera– como frontalmente anacrónica.
Pero, en rigor, Laurent Cantet en el filme se propone una meditación a través de los personajes –la mayoría no son actores profesionales, sino obreros y sindicalistas y también algún que otro empresario– y no tendrá frenos en efectuar desde la propia gestión visual y desde el propio roce de los individuos en el universo de una fábrica de provincia, un severo ejercicio crítico contra los efectos tremendos del neoliberalismo y la globalización y esa idea tan moderna y tan en principio alarmante del «pensamiento uniforme» y sin contrastes, sin la confrontación revulsiva, solventemente democrática.
Para muchos todo esto puede sonar, debe insistirse, anacrónico. Pero Recursos Humanos instala un eje de discurso, como para que el espectador se ajuste el cinturón y logre articular un fluir reflexivo paralelo a la acumulación de datos y a la acumulación de imágenes donde esos rostros lucen inconfundiblemente carnales, de credibilidad a prueba de cualquier idea de simulacro. Se puede disentir o adherir, parece esta historia de Cantet, pero si se lo hace desde un sistema de pensamiento crítico.
Desde ese sitio, entonces, es que parten las ideas y su potencial intercambio, la más noble confrontación, las iniciativas y la recreación profunda de pertenencia a un mundo que se moderniza pero que sigue pegándonos abajo en términos de igualdad-desigualdad, aun cuando en el filme ocurran historias tan conocidas como actuar a espaldas de los sindicalistas para literalmente joderlos. Como que el cómo puede cambiar, pero no así sus contenidos.
Desde luego que la película de Cantet, posee su otra historia: la de un joven universitario pasante (Jalil Lespert, su protagonista y el único actor profesional contratado) que llega con sus pergaminos de la a la fábrica antedicha y, a la vez, con un programa que busca aplicar a las horas de trabajo y que ciertamente desata contradiciones y oposiciones y algo más turbulento que lo coloca en el ojo de una tormenta inminente.
Paradójicamente el muchacho –con las mejores intenciones para aludir al título de Bille August– es el hijo de todo un héroe de la clase obrera (Jean Claude Vallod). Es otra clase de héroe para ese padre surcado por las largas jornadas de trabajo, el sindicalismo y esa idea de jugarse por todos y especialmente por concretar el sueño de un hijo que lograse zafar a la grisura, otra paradoja, y que la ha logrado.
Esa historia dentro de la historia de Recursos Humanos (el título alude mordazmente a la denominación que hoy llevan las oficinas o departamentos de personal); el hijo es la encarnación de las ideas neomodernas y, su padre, la bandera flameante de algo que –en estos días también parece haberse vuelto anacrónico– de la dignidad y la ética no importa el modo o las modas o el tramo epocal que nos manche con su fashion de última hora.
En el acuerdo, el desacuerdo y las tensiones, las líneas dramáticas, los roces de ese mundo interior con sus otras historias personales.
Pero desde el desacuerdo, una necesidad emotiva y por qué no intelectual de volver a empezar, de revisarse por dentro todas esas certezas que vuelven a volverse dudas y allí por lo tanto el filme se eleva con una fina capa conmovedora en una historia inconfundiblemente humanista que devuelve la fe y derriba desencantos. Imperdible.
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