Con un concierto en el Teatro Solís serán celebrados los 90 años de "La Cumparsita"
El espectáculo se denomina «Tributo a La Comparsita» y cuenta con la dirección musical del Juan Mouro, los textos del poeta Carlos Soto, la voz de Ignacio Suárez y artistas invitados, bajo la dirección y coordinación artística de Alexis Buenseñor.
Nada le hacía suponer en los comienzos del siglo XX al entonces desgarbado y bohemio estudiante de Arquitectura llamado Gerardo Matos -ni a sus compañeros de estudio y de comparsa- que lo que inicialmente iba a ser una festiva marcha carnavalera se convertiría, con el paso de los años, en una marca de la identidad nacional a nivel mundial. Un espejo sonoro de la cultura del Río de la Plata y, más lejos aún, un referente mundial de planos elevados de una sensibilidad sin fronteras.
El propósito de la juvenil comparsa era salir por tablados y zaguanes y hacer sonar su Estudiantina sombrero en mano como una forma de divertirse y, además, de recabar fondos para las alicaídas arcas de la Federación, ubicada en la calle Ituzaingó y Buenos Aires, en pleno casco histórico de Montevideo.
La Comparsa o Comparsita -o Cumparsita al final no salió. Pero quedaron sonando en el corazón de aquel muchacho artista los acordes de unas frases musicales que, reiteradamente, aparecían en los afiebrados insomnios de una enfermedad que padecía, muy común en el Uruguay del 900.
La tisis o tuberculosis -quizá producto de la bohemia alocada y abacanada de la época- llegó a tener hasta cierto prestigio social, por ser casi un patrimonio exclusivo de los artistas, de los poetas y de los amantes, hecho cultural producido, sin duda, por las ondas expansivas del Romanticismo.
Era, no obstante, naturalmente muy temida. Podía ser la muerte y es precisamente en esa imprecisa frontera entre la vida y la muerte, entre los cuidados familiares y de amigos, entre la angustia y la desolación, que surge desde lo más intimo del joven «Becho» esa música profunda, intensa, melancólica y sensual como un poema escrito dolorosamente con los colores de su propia alma.
Después vendrá la historia -y las historias- de «La Comparsita», tan novelescas como la propia vida de Gerardo Matos Rodríguez: que su hermana intenta llevar al pentagrama vanamente los grafismos difícilmente comunicables de lo que, además, resultó ser la insolencia casi pecaminosa de un tango, que su amigo Carlitos Warren tal vez escribiera la música silbada por Matos Rodríguez, que Roberto Firpo la estrenó en el palco de La Giralda, en el actual Palacio Salvo, que luego Becho vendió sus derechos de autor por cinco reales de antes a la Casa Breyer, que Alberto Alonso, con el bandoneón de Minotto, la grabó en Buenos Aires.
La leyenda y el mito de un tema que superó tiempos y distancias y que hoy tiene merecida inmortalidad. *
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