Expreso Porto Alegre en Montevideo

* El "Expreso Porto Alegre" que organizó el profesor Sergius Gonzaga, secretario de Cultura de la Prefectura de Porto Alegre, conjuntamente con nuestro director de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo, Mauricio Rosencof, llegó por fin, y con felicidad, a la estación de destino Montevideo. Allí desembarcó gran número de artistas, unos ochenta si no calculamos mal; pero más que número hubo calidad, hombres y mujeres comprometidos con el arte, en teatro como en música, en cine como en la enseñanza de música y literatura.

Escrito por: JORGE ARIAS

Sábado 24 de marzo de 2007 | 3:14
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En el área del teatro el “Hamlet” dirigido por Luciano Alabarse anduvo muy cerca de la perfección. Tal como vimos en ocasión de su estreno en el teatro San Pedro de Porto Alegre (7 de julio de 2006) las escenas se sucedieron, con orden y concierto, con claridad en su armado y con potencia en su resolución. Hubo un diestro manejo de los distintos tonos, de los claros y de los oscuros: las partes legítimamente cómicas, como la escena de los sepultureros, no fue menos que la orgía final de sangre, veneno y muerte. Esta segunda visión de “Hamlet” nos permitió, además, apreciar con más exactitud otras facetas: en primer lugar la banda sonora, original y compleja, con percusión en vivo y una grabación de inquietantes sonidos, que siempre significaron algo, sea acompañando sea contraponiéndose a la acción. La obra conservó intacto su misterio: las puntas y cabos que Shakespeare y Luciano dejan sueltas y que nos aguijonean con sus enigmas, la mantienen, como al príncipe inmortal, eternamente joven. Como en toda tragedia, cuando comienza la acción ya está todo consumado; y Luciano hizo del fin un comienzo, con una escena de muerte, desolación y silencio que se reproduce en el último minuto de la pieza, con el importante agregado de la llegada de Fortinbrás, y su sensato discurso, después del cual bajarán las aguas y tendremos de nuevo los pies en la tierra. Termina la tragedia; pero allí comienza la historia y la leyenda, a cargo de Horacio, que apoyará sumiso al orden establecido por la fuerza militar y escribirá en su retiro sus anales.

También comprendimos mejor al “Hamlet sincrético”, por una mejor identificación de las figuras mitológicas (El mensajero, Oxalá, Oxum, el malandro, Ogum, Iemanjá) y una mejor comprensión del empleo de la música, donde, si no nos equivocamos, Jessé Oliveira lanza un dardo cuando hace que Polonio, un predicador muy siglo XX, cante una canción con la música de “The star spangled banner”. Encontramos a veces a la música de “Hamlet sincrético” como un complemento de la acción; otras, es un interludio; siempre, en la línea de las ideas de Brecht, está enlazada con la tragedia.

“Sonho de uma noite de verao” con dirección de Patricia Fagundes, acertó en las notas de imaginación, en el buen humor y en la música. La interpretación fue muy buena, pero no vimos que contribuyera al espectáculo el estilo frontal, de cara al público, del decir. No obstante, la pieza tuvo el suficiente “glamour”, ritmo, vida y excitación como para entusiasmar a los espectadores que colmaron las instalaciones del teatro Solís.

Se nos dice que “A tempestade e os misterios da ilha”, dirección de Jezebel de Carli (de la que vimos en el último festival de Porto Alegre la emprendedora y audaz “Parada 400″), fue concebida para un público de adolescentes; a algunos decenios de dicha edad, disfrutamos sin escrúpulos de una pieza que, ágil y divertida como es, no incurre en ñoñerías y recupera, en cambio, el espíritu juguetón y melancólico del original. Nos felicitamos al encontrar un Próspero joven; recordamos que las indicaciones de Shakespeare nos muestran a un hombre que tiene una hija adolescente y que podría tener, como el actor que lo interpreta aquí, unos cuarenta años.

La presencia de cuatro conjuntos extranjeros invita a la comparación. En conjunto y por partes los brasileros resultaron a la vez sobrios y brillantes, con gran comunicación con el público; a menudo lograron la admiración y el entusiasmo de los espectadores, visible en las largas ovaciones que rubricaron todas las obras. La fraternidad y el mutuo respeto no impide que nos preguntemos: ¿Son superiores a nosotros? Si es así, ¿en qué aspectos?

En primer lugar, creemos que los trabajos de dirección que mostró Porto Alegre son muy superiores a los que vemos en nuestro medio. También “Titus Andronicus” es de Shakespeare y “Las traquinias” de Sófocles; también se dieron, con muy buenos actores, en el Solís. Hemos visto un drama grandioso, “La muerte de un viajante” de Miller, arruinado en El Galpón y una obra tan poética como “A moon for the misbegotten” de O’Neill convertida en ruin prosa. En cambio, tanto Luciano Alabarse como Jessé Oliveira, principalmente, pero también Patricia Fagundes y Jezebel de Carli demostraron haber examinado y analizado a consciencia, centímetro a centímetro, tomándose el tiempo necesario, cada línea del texto entre manos y, por sobre todo, las posibilidades de su versión a la escena. En los detalles, como en la armonización de movimientos, palabra y acción, se vio un pulido que es el resultado necesario de un trabajo asiduo; en la interpretación, sin perjuicio de los méritos que llamaríamos clásicos, como las brillantes contraescenas de Ida Celina en el episodio de los comediantes, encontramos que los actores son promedialmente más jóvenes que los nuestros y que poseen un entrenamiento físico insuperable. No conocemos ningún actor uruguayo que pueda dar el salto hacia el bidón de Juliano Barros (“Hamlet”) en el “Hamlet sincrético”. Hay en el teatro que nos mostró Porto Alegre más alegría en el encuentro con el arte, más emoción interior, menos rigidez y empaque, más de aquella palabra que tanto gustaba a Feijóo, “desenvoltura”. *

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