Hollywoodland: sexo, alcohol y kriptonita
La serial pionera del hombre de acero ( «¿Es un avión, es un tren?….») se lanzó a mediados de la década del cincuenta en la pantalla chica y se convirtió en un suceso arrollador que catapultó al estrellato al actor George Reeves a lo largo y ancho de los Estados Unidos de América. Lo paradójico del caso es que dicho éxito también significó, a la vez, una condena para el intérprete, que nunca se pudo deshacer de la imagen del personaje en su carrera artística. Entre los pasillos de Hollywood, el rol del hombre de Kriptón también parece sufrir el estigma de una extraña maldición; la platea contemporánea conoce bastante bien la historia de Christopher Reeve (quien personificó a Superman en la década del 70) y sufrió un accidente hípico que lo dejó parapléjico hasta el día de su muerte.
El caso es que este primer actor también experimentó el «hechizo» de este superhéroe invulnerable que lo llevó a la depresión, el alcoholismo y un presunto suicidio (que el filme cuestiona mientras desliza la sospecha del homicidio), a la vez que pasa revista a la fugaz carrera de Reeves (apellido similar al del actor Christopher, casualmente) en medio de una infraestructura hollywoodense que legitima apariencias y oculta algún que otro secreto tenebroso. Probablemente este último aspecto resulte el espacio más valioso e interesante de un filme al que, en resumidas cuentas, se le notan más las aspiraciones que los logros. Reeves, como tantos otros apellidos ilustres de la farándula, logró ascender gracias a los favores sexuales que otorgó, en este caso, a la esposa de un magnate de la Metro Goldwyn Mayer, y terminó pagando bastante caro el precio de la fama. Una historia que puede multiplicarse en otras carreras conocidas pero que aquí funciona como eje temático de un mundo ilusorio generador de millones de dólares e ídolos con pies de barro.
Hollywoodland no es una gran película, por cierto, aunque tiene el mérito de lograr cierta sinceridad sin retoques a la hora de mostrarnos el patio trasero de la meca. Lo hace en medio de una investigación policial que barniza al largometraje con una sutil atmósfera de trhiller, entrecruzando los dramas existenciales de investigador y víctima en un juego de anécdotas paralelas que puede descubrir varios puntos en común. Es esto y poco más dentro de un plus de calidad que cabe reconocer tanto al promocionado Adrien Brody como a Ben Affleck y Bob Hoskins en sus respectivas caracterizaciones, sin desmerecer una cuidadosa reconstrucción de época y vestuario que bien podría haber arañado alguna nominación al Oscar. No tuvo ninguna, quizás porque a la industria no le gusta demasiado que le saquen los trapitos al sol. Y menos si no recauda como corresponde.
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