De la instalación a la fotografía
Eloísa Ibarra hizo dos unipersonales (en 2005 y 2006) y aunque fue una de las revelaciones en el campo del grabado el año pasado, su obra pasó casi inadvertida para la mayoría. En efecto, la galería elegida no era de fácil acceso (un segundo piso del Edificio Artigas) y no posibilitó la difusión de sus cualidades con un toque de distinción muy personal. En su breve trayectoria (montevideana del 68) se movió como diseñadora gráfica y creativa publicitaria, asistiendo al Ienba y a diferentes talleres, frecuentando una trilogía de maestros (Guillermo Fernández, Pedro Peralta y Nelson Ramos) que dejaron su huella visible en sus años formativos. No es difícil rastrear esos antecedentes, en especial de Ramos en el minimalismo formal y de Peralta en la depurada técnica de la estampa.
En Meridiano encontró el lugar ideal para su instalación Sueños. En el refinado ambiente del local sus trabajos recientes lucen con naturalidad, como una extensión proyectual de diseño interior. La salita se adapta como anillo al dedo (o quizá ella supo aprovechar el espacio y plegarlo a sus intenciones operativas) y aunque sin modificarlo físicamente resurge con prístina vitalidad. En el sugestivo texto del catálogo, Thiago Rocca recorre con brevedad los puntos esenciales de Sueños con citas apropiadas de escritores y una convincente poética interpretativa.
La instalación está signada por el número ocho: en una pared, ocho almohadas de tela blanca, donde implanta pequeñas cajas negras, alguna vacía, otras conteniendo diversos materiales orgánicos, alguna capturando la imagen del receptor para introducirlo al interior de la obra, que se enfrentan, en la otra pared, a ocho grabados y ambos enlazados por un libro con ocho grabados y ocho haikus. Una estructura dialéctica se establece entre los objetos volumétricos (casi escultura blanda) y los bidimensionales, entre lo visual-táctil y lo literario, en una suerte de transferencia espacio- temporal impregnada de sutiles connotaciones. La almohada como soporte y disparador de sueños, de realidades fantasmáticas que pueden decantar en formulaciones tangibles, asibles a través de los sentidos, la formulación plástica.
Con depuradísima técnica (aprovecha su actividad de diseñadora gráfica), Eloísa Ibarra activa la imaginación del visitante con mínimos (y suficientes) elementos visuales para invitar a la serena reflexión sobre la condición humana en un mundo convulsionado por la interminable violencia cotidiana.
Fotografías de un realizador
La Sala Cero del Centro Municipal de Exposiciones hospeda fotografías de la ciudad polaca de Lódz (pronunciar luds) de autoría del realizador cinematográfico Krzysztof Kieslowski (1941-1996). En su corta vida dejó películas memorables: La doble vida de Verónica, celebrado por la trilogía Tres Colores ( Azul, Blanco, Rojo, de la bandera francesa).
Las fotos en blanco y negro de la ciudad de Lódz, cedidas por María Kieslowska, proceden del archivo familiar y fueron sacadas en la época estudiantil del realizador, mientras cursaba el primer año de la Facultad de Dirección de la Escuela Superior Nacional de Teatro y Cinematografía, durante el año académico 1965/66. Tenía, pues, 25 años, la misma edad que Orson Welles cuando dirigió, libretó e interpretó El ciudadano.
Las fotografías de Kieslowski «Muestran la ciudad de Lódz: otoñal, lluviosa e invernal y cargada de nieve, con sus rascacielos nuevos y sus casas viejas, oscuros portales, patios, vitrinas de comercios, balaustradas de balcones. Y también a sus ciudadanos: adultos de caras fatigadas, frecuentemente viejos, y niños de caras alegres. Emocionan, evocan recuerdos, despiertan reflexiones. Estas fotografías forman un retrato de la ciudad, la cual podemos ver a través del prisma de un ser humano, que así como el tema principal de sus películas mostró el futuro. Podemos ordenarlas en pequeños estudios, analizar cada una separadamente, formando de cada escena una historia o podemos simplemente mirarlas. Pero algo es seguro, no podemos al lado de ellas permanecer indiferentes. Porque, además de eso, estas fotos en blanco y negro muestran la realidad cotidiana de Polonia de la época pasada, podemos encontrar en ella un particular encanto y mirándolas desde nuestra perspectiva, un evidente anuncio del futuro artístico de Kieslowski», escribe (y describe) Bárbara Kurowska en el catálogo.
A la exposición se agrega un factor más: las fotografías están protegidas por vidrios antirreflejo. Ese elemento, aparentemente cómodo para visualizar la obra, conspira desfavorablemente para observar las características individuales de cada una de ellas al extender una capa de gris uniforme y uniformar el conjunto. El resultado es molesto y de dudosa eficacia valorativa pues se asemejan a reproducciones y queda en entredicho la seguridad de estar ante originales. Si son, no lo parecen. Y tampoco hay informes fidedignos que lo confirmen o desmientan.
Aún así, y en ausencia de referentes al contexto político social de una Polonia comunista que luchaba erráticamente por la reconstrucción urbana arrasada por la guerra, se observa la cámara lúcida del documentalista Kieslowski, la potente síntesis narrativa y expresiva capturada en un primer plano o una escena colectiva, la sutileza crítica que desliza sobre esa ciudad y sus habitantes. *
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